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TRIBUNA

Somos como somos

jueves 13 de junio de 2019, 20:21h

Podría discutirse la fecha exacta en que nos tomó la ceguera, la pérdida de horizonte, la fecha en que se produjo el silencioso colapso del fundamento de nuestros pasos. Pero fue, sin duda, el día en que se alzó la voz que exaltó el progreso cuando se conmovieron los elementos de nuestra realidad. Ese progreso sustantivado significaba de inmediato un movimiento interminable: sin final y sin descanso. Realización infinita del Reino del Hombre, el progreso no puede definir su meta porque al hacerlo se estaría negando. Todo el que lo pretende delira, todo profeta de su advenimiento acaba por mostrar la mueca risible, pero aterradora, del fanático.

El progreso sólo admite una consideración negativa. Ni estado final, ni último resultado: su único referente es la utopía. Así fue desde sus primeros pasos. No es que ignoremos dónde y cuándo habitaremos el Reino Humano, es que siempre se encontrará más allá del lugar alcanzado. Y, sin embargo, no se quiere objeto de una fe supersticiosa y desvalida sino contenido de una razón absoluta que mide desde el presente el valor del pasado. El presente, que todavía no es la Era de la Razón, puede mirar con soberbia al pasado: oscuro en comparación, insuficientemente iluminado. Mañana será aún mejor y lo mejor será pronto pasado.

En estas mismas páginas Juan Luis Arsuaga, genial paleontólogo, rastrea el arcano de nuestra realidad “con una mirada puesta en el futuro” y formula una vez más la consigna del progreso: “No hemos tocado techo como especie”. Pero Arsuaga está prevenido y admite la hipótesis de un techo, lo que supone impugnar el axioma de nuestra infinitud. Las especulaciones transhumanistas le desagradan y recuerda a Huxley o a Orwell, recuerda los experimentos nazis de selección y, sin duda, le repugnan los programas de planificación humana porque “normalmente” son producto de regímenes totalitarios. Normalmente. Pero llega pronto al programa de planificación aceptable: “el futuro será lo que nosotros queramos que sea. Nadie nos va a imponer un futuro que no nos guste”, sólo aceptaremos una planificación “democrática”. Juan Luis Arsuaga es uno de los grandes paleantropólogos en ejercicio y su filosofía – ajustada a su sutil ciencia biológica – se atiene a las coordenadas negativas del pensamiento crítico. Nada tiene que decir sobre el oscurecido horizonte de la existencia humana: “…no hay una meta a la que llegar. No tenemos ningún objetivo que alcanzar”. Pero concluye: “Somos como somos”.

Pero ¿cómo somos?, o más lacónicamente: ¿somos? El progreso nos ha alcanzado hasta la íntima constitución biológica y se inició hace tiempo el inexorable programa de mejoramiento humano. Los términos de esa mejora sólo pueden ser técnicos, expresados en magnitudes precisas, rendimientos de todo tipo. Citius, fortius, altius según reza el lema del olimpismo tecnocrático. Esta mejora de unos recursos sustantivados, que incluyen como recurso al mismo ser humano – medio para el fin indeterminado del progreso – avanza en la constante negación – que llamamos crítica – de lo heredado. El progreso consume cualquier elemento de tradición o de costumbre en un afán de construcción interminable que ha alcanzado a la misma materialidad del cuerpo humano.

Pero “…con cada nuevo incremento de los recursos aumenta la tristeza. Al mismo tiempo, como si se bebiera agua salada, crece una sed insaciable”, (E. Jünger). En la vanguardia de ese viaje a ninguna parte que llamamos progreso se encuentra, desde hace siglos, Holanda. Allí se ha dado muerte una joven de 17 años, deprimida solicitante de asistencia para la muerte, un servicio legal en el país más avanzado en esa ruta sin término del progreso.

Noa Pothoven, con ella tantos otros, acaso careció de la habilidad precisa para identificar sus estados de ánimo. Es una dificultad que justifica un nuevo avance en el curso del progreso: la introducción en la escuela de la asignatura de Educación Emocional. Desamparados y menesterosos son los hijos del progreso, incapaces de conocerse y reconocerse, necesitan de pedagogías impensables en otro tiempo. Son incapaces de reconocer su fatal melancolía o su tedio abismal. En España se dotarán pronto estos recursos educativos, no en vano se busca, a través del juego de los pactos, la constitución de un gobierno de progreso. Y a la Educación Emocional y para la Creatividad seguirá – en un ministerio contiguo – la anunciada legislación de la eutanasia. Los que vayan a morir viajarán emocionalmente bien identificados.

“Somos lo que somos”, dice Juan L. Arsuaga. Su expresión esconde todavía un cierto aliento iusnaturalista, casi realista y anacrónico. El progresista responde: somos acaso dinámica sin límite, voluntad metamórfica y energética, somos lo que nos da la gana y si no nos da la gana no somos.

Tendrán que disculpar esos arcángeles del progreso mi enfática afirmación de una realidad que ninguna voluntad conmueve, porque su negación sería la negación misma de esa voluntad humana. El ser humano posee una condición, cuya negación nos arrojará irremisiblemente a la nada. Pero no a la plácida nada de esa presunta muerte dulce, sino al sinvivir de una existencia técnica, predatoria y estragada. Sólo cuando la voluntad crítica, que acompaña a la razón enloquecida, alcance a socavar esa realidad, cualquier eutanasia resultará innecesaria. Porque la culminación del progreso es vacía, silenciosa y deshabitada.

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