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TRIBUNA

La palabra traición o peronistas somos todos

miércoles 19 de junio de 2019, 20:03h

En el Oriente, tanto como en el Occidente, traicionar no es solo defraudar, es algo más, bastante más y, entre otras cosas irritantes, es desconocer los principios éticos y morales de la convivencia social. Cuando una persona confía en otra y ésta actúa de una manera contraria a la esperada, se dice que ha cometido una traición. En su Divina Comedia Dante Alighieri, ubica a los traidores en el noveno círculo, el más terrible del infierno, donde sufren los peores tormentos y son devorados por el propio Satanás.

En la obra de Shakespeare, cuando el rey Lear se entera de que su hija Regan le ha deshonrado públicamente, exclama indignado: “¡Traición, traición”, no podía hacer eso, es peor que asesinar!”. Para nosotros, los que pertenecemos al mundo católico, la figura de Judas Iscariote se utiliza para señalar el colmo o el máximo sinónimo de una traición. Cuenta La Biblia que este discípulo de Jesucristo, traicionando a su maestro, reveló a sus perseguidores dónde podían capturarlo.

La literatura antes y el cine ahora son, quizá, las dos artes que más se han sustentado en la traición a la hora de desarrollar historias que atrapen al lector o al espectador. En nuestros días la mítica saga de “Harry Potter”, nos muestra a Severus Snape, un descarado personaje que durante todas las entregas se plantea como un traidor.

Ahora bien, hay quienes coinciden con don Nicolás Maquiavelo, el célebre conciudadano de Dante Alighieri, artífice de la famosa frase “el fin justifica los medios”, para quien la traición es una parte fundamental de la política, y el que no estuviera dispuesto a asumirlo nada tenía que hacer en los lugares de poder. Visto en esos términos, acaso se ve como algo normal la actitud del senador Miguel Ángel Pichetto, que se pasa del peronismo a las huestes macristas y entiende a la traición como algo no degradante, ya que en el plano político para él no existe esa actitud.

No caben dudas de que vivimos una época de lealtades flexibles e identidades frágiles. Pero, si de perplejidades se trata, admito que toda capacidad de asombro ha sido superada al ver un programa político de notable audiencia en la Argentina, donde la mayoría de los panelistas, casi todos famosos periodistas, aceptaban la palabra “traición política”, también como algo natural dentro de esa corporación que mueve el destinos de las repúblicas. Enojoso asunto que viene a cuento como consecuencia de lo comentado en el párrafo anterior.

El caso creo, salvando algunas distancias, tiene semejanzas con lo que ha ocurrido en España con Juan Antonio Morales en los últimos días, que tras estar casi treinta años en el Partido Popular extremeño, se pasó a Vox, aunque decidió conservar su escaño en la Asamblea regional. “Me fui porque no sabía en qué partido estaba militando, si en el PP o en el PSOE”, se defendió. Compleja situación en España, pero mucho más aquí, en la Argentina, donde el peronismo plantea más confusión a la enrevesada situación política. A Morales se lo califica ahora como un “tránsfuga”, ya que aparece hoy como líder de Vox en la región, gozando del altavoz mediático que le permite su condición de diputado no adscrito. Si llega a la presidencia de la Junta, ha prometido derogar la ley contra la violencia de género, la de memoria histórica y eliminar el canal autonómico, en línea con las ideas que el partido de extrema derecha quiere implantar en el resto de España.

De este lado del mar, nuestro consuetudinario senador Miguel Ángel Pichetto, que también lleva casi tres décadas en el Congreso representado al peronismo, ante la consternación de sus compañeros de fórmula y de buena parte del arco político, ha aceptado ser el vicepresidente de Mauricio Macri en las próximas elecciones.

A todo esto, una buena parte de los ministros del actual gobierno se sacaron la careta confesándose peronistas y agasajaron al apóstata con un típico asado criollo, que culminó con las fervorosas estrofas de la famosa “Marcha” que los revela como adictos a Perón (“Los muchachos peronista, / todos unidos triunfaremos / y como siempre daremos / un grito de corazón: / Viva Perón, viva Perón…”). La confusión, obviamente, es grande, pero no tanto si tenemos en cuenta una reflexión del propio Perón.

Sucedió al regresar a la Argentina 1972. En esa oportunidad, en la que estuve presente como periodista, el viejo caudillo dio una conferencia de prensa en cuyo transcurso se le preguntó por las fuerzas políticas que competían por el favor de los ciudadanos. Perón mencionó a los radicales, los socialistas, los conservadores y otros partidos menores, pero ignoró (o pareció ignorar) al peronismo. Cuando un colega le marcó esta aparente omisión de su propio partido, contestó con su mejor sonrisa gardeliana, que le iluminaba toda la cara: “Es que en la Argentina, peronistas somos todos”. Los hechos parecen darle ahora la razón. El enfrentamiento es entre peronistas. Y nos recuerda otra no menos famosa: “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”.

Y no es que acaso esa corporación no se haya dividido mil veces. Sus peleas internas hasta amenazaron acabar con el llamado movimiento, pero aquí cabría recordar de nuevo a Perón cuando dijo que “los peronistas somos como los gatos: cuando gritamos creen que nos estamos destrozando, pero en verdad nos estamos reproduciendo”. Cosas del “Viejo Vizcacha”, el tutor de los hijos de Martín Fierro.

Evocaré ahora a mi propia experiencia. En 1971, en Madrid, mientras lo acompañaba a Perón en un paseo por las tranquilas calles vecinas a su residencia de Puerta de Hierro, me atreví a decirle que el problema quizá residía en que su movimiento contaba con demasiados votos y adhesiones, y que, si su techo no hubiera sido del 65 por ciento sino, digamos, del 40 por ciento, la política argentina habría sido más llevadera. El general se detuvo, sonrió compasivamente, guiñó un ojo con su tic habitual y apoyando su mano sobre mi hombro deslizó: “Lo que sucede es que cuando nos dividimos volvemos a tocar naturalmente aquel fabuloso porcentaje de los dos tercios. ¿Le parece poco? Eso es suficiente para ganar cualquier elección y en cualquier escenario. Ya verá que el tiempo me dará la razón, m’hijo”. ¿Ocurrirá ese en las próximas elecciones de la Argentina?

Más allá o más acá de cualquier especulación o espacio de poder, los hechos, aunque cueste aceptarlos, parecen seguir dándole la razón. El criollo viejo Perón (muy al estilo del criollo viejo Borges, aunque también su antítesis en ideas políticas, ambos maestros de la metáfora), leía la realidad argentina con una lucidez que aún hoy asombra. Tal vez por eso el peronismo sigue vigente. Después de haber desaparecido el nacismo, el fascismo y el franquismo, el movimiento de Perón sigue en pie. “Es que en la Argentina, peronistas somos todos…

Concluyo con una anécdota divertida. Cruzábamos una vez con el autor de El Aleph la avenida diagonal Norte, rumbo a un restaurante que estaba dos cuadras más adelante, y nos vimos de pronto rodeados de una manifestación de estudiantes peronista.

Borges, que estaba tomado de mi brazo se alarmó casi hasta el terror. “¡Bueno, cómo salimos de esto, Alifano”, balbuceo.

Los muchachos al reconocerlo, nos rodearon y empezaron a cantar: “Borges y Perón, un solo corazón…”.

“¡Caramba, parece que no son hostiles!”, reaccionó Borges, sonriendo al desaparecer su preocupación por nuestra seguridad.

“No, todo lo contrario”, le confirmé, y pidiéndole las debidas disculpas se me ocurrió bromear. “Hasta podemos pensar en una futura fórmula presidencia de la Argentina: Borges y Perón -luego el slogan-: un solo corazón…”

“¡Cállese, por favor! ¿Usted me cree capaz de una traición semejante?

Por supuesto que Borges abominaba de la política y les proponía a sus cultores que “no fueran personajes públicos ni matones, y que resolvieran el dilema de salvar sus dos caras a la vez”. En su famoso cuento “Utopía de un hombre que está cansado”, reflexiona con estas palabras sobre el futuro de los políticos:

Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen”.

No cabe agregar más.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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