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TRIBUNA

5G. Telecomunicación pornográfica

jueves 20 de junio de 2019, 20:25h

Ante la irrupción próxima de las tecnologías 5G en nuestra vida cotidiana empiezan a extenderse las alarmas. Pero estas tecnologías anuncian tan sólo una nueva inflexión en un proceso cuyas coordenadas genéricas poseen ya una importante profundidad histórica. Las nuevas tecnologías avanzarán en el proceso de pérdida de nuestros vínculos con las generaciones anteriores, una ruptura – cuando no podía esperarse más extrema – con cualquier tradición, que acaso signifique la plena negación de nuestra calidad de herederos. A este respecto se habla simplemente de una “pérdida del adulto”, para señalar el olvido de los viejos por los más jóvenes a la hora de buscar orientación o consejo relativo al uso de los nuevos medios tecnológicos. Pero esa pérdida esconde un atentado contra el derecho fundamental a la continuidad que define nuestra tradicional condición humana. Esta ruptura con la continuidad de la tradición es resultado de un largo proceso de crítica, cuyas raíces se encuentran a distancia varias veces secular de nuestro presente y que han supuesto el ocaso de toda noción de autoridad.

Por otra parte, las tecnologías 5G intensificarán – se nos dice – el aislamiento mutuo porque significarán un nuevo grado en el consumo solitario de contenidos virtuales. A la desvinculación de los antecedentes se sumará un grado nuevo de desvinculación con los contemporáneos. Distanciados del pasado y del presente, de los mayores y los prójimos, el consumidor sujeto a las nuevas tecnologías 5G habrá alcanzado un grado extremo en el aislamiento que, con el nombre de individualización, ha caracterizado el desarrollo social de los últimos tiempos.

Ahora bien, también hay quien prevé, ante la intensidad de esta inflexión, un impacto capaz de producir un cambio extremo en la naturaleza de nuestras relaciones y, por lo mismo, en nuestra propia naturaleza. Ese consumo solitario – ajeno a toda autoridad capaz de definir una conducta vejatoria o humillante – tiene por objeto preferente la pornografía. Pero la pornografía no es un contenido análogo a cualquier otro contenido presente en el viento electrónico del mercado virtual. La pornografía esconde la capacidad de una completa aniquilación de la condición humana. Aunque esa potencia destructiva estaba ya inscrita en una concepción del sexo íntegramente naturalizada y secularizada, el nuevo grado puede suponer una auténtica superación de la realidad antropológica. Desvelar esa capacidad destructiva de la pornografía exige entender que la condición humana es sustancialmente comunicativa y concebir, a su vez, la idea de “comunicación” en un sentido ontológicamente pleno.

No es únicamente que se use al otro como instrumento para los propios fines. Esto se hace hoy en el trabajo o el consumo, en las relaciones de tiempo libre e interindividuales en las que se socializa al objeto de ir construyendo agenda… La instrumentalización de los demás es una práctica cotidiana porque en nuestro tiempo se realiza de manera general la guerra de todos contra todos. Así pues, aludiendo a la instrumentalización mutua no se caracteriza suficientemente el atentado contra la condición comunicativa de las personas que la pornografía supone. El predador sexual es, en principio, un momento de la condición predatoria de nuestra actual existencia social.

No basta constatar dicha instrumentalización para apresar la específica y radical incomunicación que la pornografía induce, extendida masivamente merced a las nuevas tecnologías: llamadas con una paradoja casi diabólica, tecnologías de la comunicación. No se insistirá nunca lo suficiente en que la incomunicación significa la destrucción misma de la condición humana. Tampoco basta con señalar al signo más evidente de esa incomunicación, el silencio de una relación “en que hay pocas palabras y no hay seducción”, como se dice en un reciente e interesante estudio de la Universidad de las Islas Baleares.

Los antropólogos enseñan la asombrosa realidad de las estructuras de parentesco que configuran nuestra vida de modo singularísimo. El parentesco es un rasgo sustantivo de la condición del hombre y no se entenderá su valor real si no se contempla la función tradicional y comunicativa de dichas estructuras. El vínculo parental, la filiación, no es un modo de abstracta reproducción social. La matriz de la persona, la comunidad, tiene su forma elemental en la unidad de parentesco. No es casual que, a la descomposición del parentesco tradicional, al grito de patriarcalismo, le acompañe la extensión masiva de actitudes pornográficas, a la vez que se anuncia la posibilidad de la reproducción artificial: un paso más allá de fertilizaciones optimizadas y gestaciones subrogadas. El hombre nuevo al que apunta la convergencia admirable de las nuevas tecnologías genéticas e informáticas será el Individuo Sustantivo: autónomo y autosuficiente, solitario y estandarizado. Ajeno a toda comunicación antropológica pero capaz de telecomunicaciones sobrehumanas.

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