La Hija del aire, la gran obra de Calderón de la Barca, fue estrenada a finales de mayo en el Teatro de la Comedia, con el general aplauso de los críticos y de medios de comunicación. No se sabe el porqué de este apasionado entusiasmo. El hecho de que el director Mario Gas devolvió la obra a la escena después de cuarenta años de su ausencia, no es el pretexto para aceptar su versión sin rechistar. Por lo menos, el público de una de sus últimas representaciones, hizo justicia y aprovechó el descanso para irse y así expresar su profundo desagrado. La causa principal de esto fue la falta de profesionalidad de los actores, especialmente de la protagonista Marta Poveda, la mitológica reina Semíramis, a la cual apenas se entendía por el tono de la voz exageradamente rebuscado.
Pero aparte de esto, hay otros detalles dignos de atención, que no pasarían inadvertidos, si existiera crítica teatral en vez de habituales chupatintas por encargo.
Primero, es el verso. Mario Gas apela que encargó la versión del texto de Calderón a Benjamín Prado para obtener una versión inteligible para el espectador. No se entiende el empeño en mostrar Calderón como un autor complejo, “de verso intrincado y difícil”. Sin embargo, si alguien leyese los versos del Siglo de Oro y las comparase con la adaptación de Prado, pocas diferencias encontraría, excepto unas cuantas palabras y algunos recortes de escenas largas. Más bien, diría que el texto de Prado pierde el colorído de Calderón. Así las cosas, aunque Gas y Prado encarezcan su adaptación del “ilegible” Calderón, están lejos de haber hecho una “reescritura integral de los casi ocho mil versos”.
Segundo, la escenografía. Hay que reconocer que ha sido muy ingenioso el montage del escenario, pero los efectos efectos especiales, imágenes y vídeo distraían al espectador, cuyo uso en el teatro debería ser cuestionado. Sin embargo, lo verdaderamente inexplicable eran los trajes. ¿A quién se le ocurre vestir a los reyes orientales mitológicos con los atuendos de soldados soviéticos? Si no es para aprovechar los trajes de alguna otra pieza sobre la Segunda guerra mundial, será por el raro gusto que tienen a las botas relucientes de los milicianos. Terrible ausencia de la estética.
Y para rematar el sinsentido en que se ha convertido el mundo de la cultura, citamos de nuevo a Marta Poveda que dijo que Semíramis «siempre actúa por el bien de la patria... Y esa es su enfermedad». Por pudor intelectual, el periodista del ABC podría haber acallado esta frase, ya que demuestra la total incomprensión por la actriz de la obra. Mucho pedir, de alguien que no sabía recitarla bien.