Pequeño libro en el que el profesor Jordi Canal alterna la narración de los hechos protagonizados por los reyes de España en las últimas décadas con el análisis de la Monarquía vigente hoy en nuestro país, para concluir con unas relevantes reflexiones sobre el debate Monarquía-República.
La narración se inicia con los acontecimientos relativos a la familia real española desde la década de 1930: el exilio, su apoyo a las sublevaciones antirrepublicanas y al bando franquista en 1936, la abdicación de Alfonso XIII en su hijo, don Juan de Borbón, y las relaciones de este con Franco, concluida la Guerra Civil. En particular, se centra en el hijo del heredero de la Corona, Juan Carlos de Borbón: su venida a España, su educación, el matrimonio con Sofía de Grecia, y las relaciones con el dictador que culminaron con su proclamación como sucesor de Franco a título de rey, en diciembre de 1969. Aquello no era la restauración de la monarquía borbónica, sino la instauración de una nueva monarquía, (aunque Juan Carlos adquiriría la legitimidad dinástica en 1977, tras la renuncia de don Juan a sus derechos al trono). Desde entonces y hasta la muerte de Franco, el príncipe de España -título singular, en lugar del tradicional príncipe de Asturias- adquirió una mayor visibilidad; sobre su comportamiento en aquellos años, Canal recoge la declaración que años después el mismo Juan Carlos le hizo a Santiago Carrillo: durante veinte años tuvo que “hacer el idiota, lo que no es fácil”.
Tras la muerte de Franco, el proceso político -“de la ley a la ley a través de la ley”, en palabras de Torcuato Fernández Miranda- llevó de la dictadura a la democracia, plasmada en la Constitución de 1978. Por todos es reconocido que la actuación del rey fue decisiva en este proceso. En la Constitución se especificaba que “la forma política del Estado español es la monarquía parlamentaria”: quedaba así confirmada la instauración de una nueva monarquía en España, basada ahora, exclusivamente, en la legitimidad constitucional. La monarquía, afirma Canal, “era seguramente la única salida factible” en la medida que era “la única aceptable para los franquistas intransigentes y el ejército y, asimismo, para todos aquellos que temían el estallido de una nueva guerra civil”. Pero durante las siguientes décadas, “la monarquía se convirtió progresivamente en un símbolo unificador, moderador y de referencia en el seno de una España democrática y moderna”, gracias a la actuación del rey -especialmente con ocasión del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981-. Al acabar el siglo XX, seis o siete de cada diez españoles afirmaban preferir la Monarquía, mientras que solo uno de cada diez se decantaba por la República.
Las cosas, en gran medida, habrían de cambiar pronto, pero en este punto, el autor pasa a analizar la monarquía española actual, tal como está regulada por la Constitución de 1978. Se trata de una “Monarquía parlamentaria”, sustentada en la soberanía exclusiva del pueblo español, distinta, por supuesto, de las “Monarquías absolutas” de la época moderna -en las que la soberanía era del rey-, pero también de las “Monarquías constitucionales” del siglo XIX, tanto en España como en resto de Europa -en las que, de hecho, la soberanía era compartida por las Cortes con el rey-. De acuerdo con el texto fundamental de 1978, el rey es el jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, que no tiene poderes políticos pero ejerce funciones de moderación y arbitraje de la vida política, además de representar al Estado en las relaciones internacionales y corresponderle el mando supremo de las fuerzas armadas. La persona del rey es declarada “inviolable y no está sujeta a responsabilidad”: sus actos, para ser válidos, deben ser refrendados por el ministro correspondiente, excepto en lo relativo al nombramiento del personal civil y militar de la llamada “Casa Real”. Pero esta irresponsabilidad, de acuerdo con Francesc de Carreras, se refiere exclusivamente a los actos que deben ser refrendados, porque en el resto, la responsabilidad jurídica del titular de la Corona es la misma que la del resto de los ciudadanos.
¿Puede esta monarquía parlamentaria ser considerada democrática? En opinión de Jordi Canal, rotundamente sí. Es cierto que, desde un punto de vista teórico, monarquía y democracia parecen incompatibles, dado que el titular de la Corona no procede de la elección sino de la herencia. Sin embargo, en la práctica, monarquía y democracia pueden ser perfectamente compatibles, como de hecho demuestran otras monarquías europeas (Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda, Luxemburgo y el Reino Unido, entre otras) que, por cierto, figuran en los primeros puestos del índice de “calidad democrática” elaborado por The Economist, entre todos los países del mundo. Como afirma el autor, “buena parte de las democracias más avanzadas y modernas son, en la actualidad, monarquías”. Según algunos autores, la transición a la democracia es más fácil en las monarquías que en las repúblicas, las monarquías parlamentarias hacen la democracia más eficiente, aumentan la estabilidad, facilitan el cambio social y cultural ordenado, y aumentan la capacidad de representación simbólica. Por ello, concluye Jordi Canal, “democracia y monarquía parlamentaria no solamente no se excluyen sino que incluso podría pensarse que se fortalecen y consolidan mutuamente”.
En el caso español, hay que tener en cuenta, por una parte, que el sujeto de la soberanía sigue siendo el pueblo, o la nación en su conjunto, y, por otra, que la monarquía española “integra, defiende y garantiza los valores fundamentales de la libertad y la democracia”, elementos esenciales del llamado “republicanismo”. Por eso, puede hablarse de una “monarquía republicana”, lo mismo que existen “repúblicas monárquicas”, de las que Francia es el mejor ejemplo. Los modelos puros no existen en ningún país, sino “hibridismos múltiples”, afirma Jordi Canal. Por eso, se pregunta, “¿tiene realmente sentido un debate a partir de dos supuestos tipos ideales, sin tener en cuenta la Historia, las experiencias, las prácticas y los resultados generales y concretos?”
Lo que sigue a continuación es la crónica de la familia real en la segunda década del siglo XXI, durante la que se produjeron hechos que afectaron profundamente a su consideración social. Dos de sus principales miembros se vieron inmersos en distintos escándalos. La infanta Cristina y su marido, Iñaki Urdangarín, por los casos Nóos y Aizoon. El propio rey Juan Carlos, por su relación con Corinna Larsen, y por el accidente que sufrió mientras cazaba elefantes en Botsuana. El respeto con que los medios de comunicación se habían ocupado hasta entonces de los asuntos reales despareció por completo y estos empezaron a ser objeto de múltiples reportajes y comentarios. Los otros miembros de la familia real tampoco escaparon al morboso escrutinio. Las consecuencias afectaron a la valoración de la monarquía por los ciudadanos: según las encuestas del CIS, si la institución había merecido, en 1998, una puntuación de 7 sobre 10, en abril de 2013 era de 3,68.
Como buen historiador que es, Jordi Canal va más al fondo y se plantea el porqué de las cosas. En primer lugar, del comportamiento de rey, que atribuye a su excesiva confianza y, en el fondo, a la soledad en que vivió: la reina Sofía, en vista de las continuas infidelidades de su marido, estaba personalmente distanciada de él, y pasaba largas temporadas en Londres. Y, en segundo lugar, a los factores sociales que hacen comprensible que aquellos hechos tuvieran aquel resultado. Y encuentra la explicación en la profunda crisis económica y social que padeció España en aquellos años -que hacía particularmente indignante el enriquecimiento ilícito o el despilfarro-, el tratamiento mediático, el hecho generacional, y la (mala) salud del rey, las distintas operaciones a las que fue sometido -las visitas al “taller”- que afectaron a su imagen pública. Es importante destacar que la censura social no se refería al cumplimiento por el rey de sus obligaciones políticas: como escribe Canal, “a lo largo de su reinado, Juan Carlos I no se alejó del espíritu y la letra de la Constitución de 1978”. El problema era su comportamiento privado, lo que supone una novedad respecto a tiempos pasados: a los monarcas del siglo XIX, y a Alfonso XIII, les juzgaron sus contemporáneos -y, posteriormente, los historiadores- por el cumplimiento de sus competencias políticas, por su fidelidad a la Constitución, pero eso ahora no basta, es necesaria la “ejemplaridad” de su vida privada, su adecuación a los vigentes valores éticos y morales.
La solución que el propio rey Juan Carlos encontró fue su abdicación, en junio de 2014. Al hacer un balance global del reinado, Jordi Canal opina que, sobre todo, falta la necesaria distancia, pero confía en que, con el tiempo, el juicio mejorará. El relevo en el trono se realizó de una forma rápida y eficaz. Felipe VI -de cuya vida se traza un rápido bosquejo, con una especial atención a su matrimonio con Leticia Ortiz- ha inaugurado una nueva etapa de la monarquía, cuyas claves considera el autor que se encuentran en el discurso tras su coronación: “Al margen de su estricto y pulcro cumplimiento de la Constitución: cercanía, conducta íntegra, honestidad, transparencia, responsabilidad social, principios morales y éticos”; en una palabra, “ejemplaridad”: la lección parece estar bien aprendida. A lo largo del reinado de Felipe VI, hasta el presente, destaca tres momentos especiales: los trescientos días de gobierno provisional, después de dos elecciones generales en diciembre de 2015 y junio de 2016; la gran manifestación en Barcelona, en agosto de 2017, en repulsa por los atentados yihadistas que padeció la Ciudad Condal y Cambrils; y el procés independentista catalán, que el monarca abordó en su discurso del 3 de octubre de 2017.
Para concluir, el autor señala que a pesar de las críticas que la monarquía sufre en la actualidad -especialmente por parte de los independistas catalanes y de la izquierda populista- la cuestión monárquica no es hoy un problema para la inmensa mayoría de la población: en 2018, solo el 0,1 por 100 de los encuestados por el CIS consideraba que era el principal problema de los españoles. No obstante, opina que el debate Monarquía-República no es, ni debería ser, una especie de tabú en España y que algún día debería abordarse, en un ambiente más sereno que el actual, sin demagogia y con argumentos serios. Jordi Canal, con su habitual claridad, precisión y ponderado juicio, proporciona en este pequeño libro un buen número de estos argumentos.