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TRIBUNA

Medios y masas

jueves 27 de junio de 2019, 20:09h

“Hay en el reino animal parásitos que chupan silenciosamente a la oruga hasta vaciarla. Al final, en vez de una mariposa del envoltorio sale una avispa” (Ernst Jünger)

Una inmensa cantidad de población vive naturalmente entregada a sus ocupaciones cotidianas, ajena a las circunstancias políticas, económicas o culturales que trascienden el radio de su actividad y la envuelven. Nuestra agitada forma de vida apenas consiente una mayor atención al mundo que la ofrecida por la fragmentada y reiterativa manifestación de los informativos de televisión o radio. A lo sumo una rápida ojeada por titulares electrónicos o redes sociales. Para esa inmensa mayoría de la población mundial que no viaja entre puntos remotos, sino que se limita a la sístole y diástole del tráfico de cercanías, y cuyas lecturas no pueden escapar de su campo profesional, la imagen del mundo procede fundamentalmente de los medios de comunicación y, muy especialmente, de la radio o la televisión.

No diría que sea una imagen construida por los medios, porque propiamente carece de estructura. Una construcción propiamente dicha exigiría una compleja comprensión del presente y, por tanto, del pretérito. Basta representar el presente, porque quien domina el presente domina el pasado y ese dominio se manifiesta en la poderosa convicción de comprensión que, aunque infundada, señorea las conciencias de los ciudadanos de nuestras sociedades in-formadas Los medios inducen una tormenta de impresiones y de afectos, resultado de la reiterada exposición a imágenes y expresiones estandarizadas, reiteradas y ubicuas. La vieja idea de propaganda se ajusta mejor al ejercicio diario de los grandes medios de comunicación que esa pretenciosa noción de información. Mucho menos cuadra a la labor mediática la idea de comunicación. Su labor es la de propagar, con eficacia fascinante, tópicos – con sus afectos asociados – entre una muchedumbre de sujetos entregados a la incesante tarea, minúscula pero interminable, de los oficios o profesiones de nuestro tiempo. Hoy no es fácil encontrar el punto en que se separa ocupación y tiempo libre, con la consiguiente impresión de trabajo denodado y constante que conduce a un sensible hastío, falsamente satisfecho merced a formas de consumo individual lúdico-libidinal y de masas.

La combinación de ideologemas e imágenes fascinantes es enormemente eficaz. Ideologemas relativos a la bendición de la igualdad o la democracia, del bienestar y sus consiguientes políticas sociales, de la unanimidad humana y la integración económica global, del crecimiento y el confort tecnológico, pero sin olvidar las amenazas ecológicas y la responsabilidad individual ante el medio ambiente… Tales ideologemas se ofrecen siempre mediados por imágenes de impacto: guerrillas urbanas en regímenes no democráticos, caravanas igualitarias y festivas, fronteras de amargura para contingentes de emigrantes sufrientes y espantados, aparatos que ofrecen ingeniosas disponibilidades, formas realísimas de virtualización del mundo junto a desertización, huracanes y deshielos, hambrunas y llanto… Todo ello al servicio del orden de una democracia de partidos asentada sobre un abstracto respeto a los derechos humanos, en ajustada armonía con una economía libre y abierta. Siempre contando con el imprescindible soporte de unos Estados cada vez más al servicio de agencias universales: ya sean agencias económico-políticas (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial…) ya sean agencias de solidarización y determinación cultural como la misma Organización de Naciones Unidas.

Esa sociedad universal en cuya implantación y difusión trabajan los grandes medios no permite su puesta en cuestión. No se permite, sobre todo, discutir su indudable legitimidad, más allá de que los votos de los ciudadanos de los nuevos Estados subordinados sirvan para refrendar el cambalache entre unos partidos que, sujetos a la lógica de la sociedad universal de nuestros días, proceden a la defensa de sus intereses particulares con indecente desatención a los ingenuos votantes. Los mismos que sancionaron con su voto las componendas que diariamente contemplamos.

Los pilares ideológicos de esa sociedad universal son intocables y cualquier crítica puede significar la estigmatización y condena vitalicia del arriesgado comentarista. La potencia del ensayo de ingeniería social en el que estamos inmersos alcanza hoy cotas hasta hace poco impensables. Era preciso el despliegue de una batería poderosa de nuevas tecnologías: informáticas, químicas, genéticas, electrónicas… para hacer posible la difusión “microfísica, capilar y dispersa” del más completo dominio político-económico. En nuestro horizonte se realiza ya una sociedad de esclavos satisfechos y felices, sobre todo felices, sabedores de que su posición en el cenit de la historia les permite vivir en el luminoso presente característico del mejor de los mundos posibles. Lo han dicho por televisión, me temo – sin embargo – que de esa larva vacía nazca una avispa.

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