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TRIBUNA

Con lo bonito que es trabajar en deporte

Diana Plaza Martín
viernes 28 de junio de 2019, 20:21h

Ya lo sé, la política es la política. Es decir, cuando uno entra en política se pone a gobernar, se entiende que debe dejar en casa todas sus buenas intenciones y entrar en la “vida real”. Ya lo sé, la “vida real” es dura, descarnada, y no hay tiempo para lo bonito, como pensar que a través del deporte se pueden cambiar las cosas, mejorarlas, hacer la vida de las personas más agradable en su cotidianidad.

El deporte, además, intrínsecamente tiene asociado valores buenos que fácilmente unimos con una próspera y armoniosa vida en comunidad: trabajo en equipo, esfuerzo, humildad, disciplina, responsabilidad, etc. También, en la época actual, el deporte ha puesto en alza el valor de la tolerancia frente a la diversidad de los seres humanos, de igual forma en cómo nos hemos puesto las pilas con el lugar de la mujer en él, y como muestra tenemos el actual Mundial de Fútbol femenino, el cual ya se ha hecho merecedor de su legitimidad de existir al comenzar a ser rentable y no sólo estar ahí por esas cosas “bonitas” (pero no productivas), como la igualdad de género.

El deporte tiene muchos bemoles, como todo, pero lo que le puede diferenciar como sector en su más amplio espectro es que la gran mayoría de la gente relacionada con él (en el nivel que sea) suele referirse a su trabajo con pasión. Esto es, lo realiza sin tener tan en cuenta (como en otras profesiones) la diferencia entre el tiempo de ocio y el de trabajo. Periodistas, directivos, entrenadores, deportistas, hacen lo que les gusta, aunque no siempre allí encuentren una forma digna de mantenerse.

En México la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Consejo Superior de Deporte) es dirigida desde hace seis meses por una atleta medallista olímpica, Ana Gabriela Guevara. Ese cargo es el máximo que una persona puede detentar en la dirección del deporte nacional. Desde allá uno puede pensar si cambia en algo el sistema nacional del deporte de alto rendimiento —que a todas luces en México es insuficiente para conseguir resultados del tamaño de una potencia media a nivel internacional—, o si se da a la tarea de modernizar a la educación física como asignatura en el programa general, para que ésta vaya más allá de un par de horitas a la semana en un país que detenta el récord de obesidad infantil, o si prefiere empezar a sentarse con los empresarios para que apoyen la noble causa de transformar a la sociedad, pacificarla, abrir oportunidades de trabajo a través de la práctica deportiva y del deporte como sector estratégico y modelo de negocio. Es decir, lugares para “moverle tantito”, como decimos en México, hay y muchos.

No obstante, pareciera que la actual dirigente del deporte mexicano no ha definido aún su plan de trabajo y está pensando más bien en cómo conseguir que su partido la nombre candidata para gobernar su tierra natal. A seis meses de iniciado su mandato, el deporte en México está inmerso en una situación caótica y preocupante. Por supuesto que muchas de las cosas que salen a la luz no son problemas nuevos, lo que ocurre es que a “lo de toda la vida” —frase que, a juicio de los que la dicen, parece que anula cualquier responsabilidad de la gestión actual sobre los hechos— se le suman otros, la gran mayoría vinculados con la falta de presupuesto. Si bien en este artículo no hablaremos de lo que implica reducir presupuesto al deporte —máxime si se trata de una administración que se dice progresista y, por ende, que debería cuidar lo público y muy particularmente los sectores dedicados al cuidado de nuestra humanidad, tales como la educación, la ciencia, la cultura y el deporte—, porque ese es otro tema que me desvía de lo que hoy quiero manifestar acá, es pertinente mencionarlo.

La medallista de plata en Atenas 2004 no está haciendo bien su trabajo. En pocos días deberá comparecer ante el Congreso convocada por la Comisión del Deporte para explicar su gestión y adelantarse un poco a las cuatro causas que la Secretaría de Gobernación ha abierto contra el organismo que ella dirige en materia de corrupción. Además, y tal vez lo más lamentable, es que algunos deportistas de alto rendimiento se atacan mutuamente en redes sociales y medios de comunicación tomando partido de forma personal en defensa o no de la mandataria, lo cual en términos “reales” les desvía de enfocarse en entrenar para las fechas claves que tiene el deporte olímpico este año y el siguiente, y que les sitúa en un lugar en el que nunca debieron estar.

Siempre he pensado que es injusto el lugar que muchos gobiernos, con el apoyo de los “intelectuales”, han dado al deporte. El deporte, el juego, es vital para entender lo que somos, comprender que el ser humano es un ser social, que en sociedad contamos con reglas, límites, que el otro es necesario e incómodo, que la felicidad es algo extraño, que ganar no lo es todo —aunque lo parezca— y que a veces el camino es lo único que queda. Es por ello que en este caso me parece muy triste —y es exactamente esa la palabra que busco— que alguien acepte dirigir el deporte solo como un medio para un fin. El deporte no se lo merece, es un lugar en el que aún muchas personas piensan que lo bonito puede suceder, que la meritocracia es cierta, que se puede vivir haciendo lo que a uno le apasiona, lo que le interesa de forma genuina y descarnada, lo cual, en los tiempos del “me encantaría, pero no tengo tiempo” es una maravilla: dedicar tu tiempo a lo que quieres es un privilegio. Por ello —y creo que no es mucho pedir—, si alguien no quiere estar en deporte que no lo haga. Se pueden cometer errores, pero no se debería venir a trabajar a un lugar en que aún se conserva un poco de sana ingenuidad y candidez.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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