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TRIBUNA

Calores sin valores

domingo 30 de junio de 2019, 19:30h

Zapatero está a favor de indultar a los presos independentistas. ¿Y a los presos por corrupción o por el asesinato de sus mujeres o parejas? ¿Y a los presos de La Manada? Zapatero se resiste a llamar golpistas a los presos independentistas. Si en el campo de la teoría política, subvertir el orden constitucional con acciones fuera de la ley es un golpe de Estado, ¿cómo definir a quienes subvirtieron el orden constitucional con acciones fuera de la ley? ¿Fueron Pinochet y Tejero golpistas? ¿Lo fue el PSOE en 1934 con la revolución de Asturias? ¡Qué asombrosa incoherencia la de quienes condenan la violación de la legalidad por parte ajena y callan ante la propia o afín! Quien no condena un golpe de Estado es partidario del mismo.

Pero el socialista no se conforma con ser sectario. Declarándose militante del diálogo y del entendimiento con Cataluña, además, manipula el lenguaje. En España, el separatismo y sus corifeos ganan siempre la batalla del lenguaje. Pervierten términos como diálogo o entendimiento, propios de procesos de descolonización del siglo XX, al pretender encajarlos en el marco de un Estado de Derecho y autonómico como el español. Ningún Estado dialoga con quien ha infringido la legalidad. Tampoco con quien pretende seguir infringiéndola, “volveríamos a hacerlo”, dice el energúmeno de Torra. Diálogo hay entre Trump y Xi Jinping por la guerra comercial, o entre Trump y Kim Jong, por la paz mundial. El dictador norcoreano ha demostrado ser más demócrata y liberal que los del orgullo gay con el bus de Ciudadanos. La mayor manipulación terminológica es cometida por Zapatero al emplear la palabra Cataluña. ¿Dialogar y entenderse con Cataluña? ¿Son todos los catalanes independentistas? ¿Hay una Cataluña española y constitucional que no desea la independencia? ¿Por qué meter a todos los catalanes en el mismo saco? ¿Por qué esa falta de respeto al lenguaje y a los catalanes?

Durante la II República, se celebraba en el Congreso una reunión en la que abundaban diputados bastante alejados de la etiqueta social. Uno de ellos, quejándose del calor, se dirigió al presidente: ¿Nos podemos quitar las chaquetas, señor presidente? El viejo político que presidía la reunión miró a los reunidos por encima de sus gafas y respondió con una sonrisa. Cada uno la suya, sí. Es cierto que el calor aplana y en veranos abrasadores y de exageraciones termométricas como el actual, un ardiente calor obliga a desprenderse del rigor protocolario y de las prendas quedando uno en pelete y al relente, que es como quedarse a la intemperie. Una sociedad a la intemperie es la desprovista del abrigo de los valores morales. Desarropada y desarrapada, en la que campa a sus anchas la molicie del relativismo moral y la ligereza del “todo vale” del “como sea” y del doble rasero. Se explica así esa nefasta equiparación entre delincuentes y policías o asesinos y víctimas que conduce a la destrucción del Estado de Derecho y nos lleva a empujones hacia los umbrales del totalitarismo.

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