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TRIBUNA

Requiem

Juan José Vijuesca
miércoles 03 de julio de 2019, 20:04h

La vida, como tal ejercicio cotidiano, no tiene mayor remedio para cuantos pobladores habitamos en este planeta. Más o menos a tiempo real sabemos que venimos, estamos por aquí dando vueltas y un buen día te suben al último tren a Katanga. Hay quienes a esto lo llaman curriculum vitae. Poco más que añadir sobre el género humano.

De entre lo meritorio de unos y lo menos florido de otros la especie humana tenía al planeta Tierra comiendo de nuestra mano hasta que éste ha sido abducido, esquilmado y finalmente descompuesto. Se calcula que aún nos quedarían otros 500 millones de años de vida antes que la creciente luminosidad del Sol causara la extinción de la biosfera, pero miren ustedes por donde que la mano del hombre no ha escatimado un ápice y nos hemos cargado el único planeta capaz de darnos cobijo, sustento y hasta entretenimiento. Lo hemos conseguido a base de disgustos y eso antes o después sale, ya lo creo que sale, como así ha sido. El último parte médico es de lo más preocupante. Los miembros de la sociedad actual, y hablo por boca de cuantos aún tenemos la condición de pobladores en activo, tenemos la culpa que dentro de dos telediarios el cambio climático, -todavía para muchos una leyenda urbana- se meta en nuestras propias casas y nos ahogue por asfixia envenenada. No voy a entrar en complejos datos, ni mediciones de esta u otra calle céntrica de cualquier gran ciudad, ni tan siquiera de la calidad del aire de este o aquél lugar del mundo. La cosa es de tal gravedad que ya hemos agotado el período de cortesía.

No seré yo quien venga a dar lecciones a nadie, pero sí a remendar conciencias. Según parece nos quedan diez años para conseguir una mejoría, es decir, pasar de la situación de muy grave a grave. De manera que si conseguimos bajar nuestros humos, dicho en magnitud literal, podríamos tener alguna esperanza de sobrevivir, unos más que otros por aquello de los factores de riesgo, pero no nos engañemos, tan solo estaríamos mejorando al paciente hasta que acudiera otra civilización al rescate. Hablamos de un episodio de diez años, que si descontamos los sábados, domingos, fiestas patronales y días de libre disposición, verán que la cosa se nos queda reducida a nada de tiempo.

Nos hemos pasado muchos años viviendo de las placenteras rentas que nuestro planeta nos ha ido “regalando” sin querer arrimar el hombro más allá de nuestros propios vicios. La manera de agradecer este detalle ha sido a base de soltar a la atmósfera tal cantidad de dióxido de carbono que ahora el ciclo de la vida traiciona la conducta de la fauna y la flora. Ya nada es natural. El clima no obedece, se muestra en rebeldía cada vez que se manifiesta; y aun así, seguimos malversando lo que se nos presta como si el planeta fuera nuestro. Cada ser humano es el artesano de su futuro y por ende del porvenir de los demás, y eso nos incluye por sentido de la supervivencia de la especie a cuantos provocamos aquello que es contrario al devenir de la naturaleza viva. Esa es la única razón de nuestro paso por aquí.

A mí ahora mismo ya me da igual quien o quienes me gobiernen, tan solo exijo que estos dirigentes sean valientes, capaces de hacer huelga de hambre frente al Parlamento Europeo, frente a la ONU, en Kioto o en lo alto de los puertos del Padornelo y la Canda. Que ellos lo hagan con solidez testicular y ellas con un par de santas gónadas, -por cierto, dicho con suave finura por aquello de la riqueza lingüística-. Si los gobernantes que nos representan son capaces de romper el sistema de las logias de las altas finanzas y de las políticas ocultas, doy por seguro que el resto de la población mundial honraremos el gesto. Algo parecido a lo que hace Spencer Tunick con sus desnudos colectivos en fotografía, pero en esta ocasión contando con toda la clase política, la misma que nos complica el futuro existencial con sus acuerdos de intereses recíprocos. Podemos seguir reciclando, faltaría más, pero los vertidos más tóxicos vienen de los poderes que desechan a la especie humana una vez exprimida y carente de rentabilidad para sus fines lucrativos.

Sí, ya sé que a mi edad debería dedicarme al juego de la petanca, a dar de comer al gorrión común e incluso hacer caso a Descartes cuando dijo aquello de: “Sería absurdo que nosotros, cosas finitas, tratáramos de determinar las cosas infinitas”. Pero lo que su famoso “Discurso del método” no contempló es que a día de hoy, casi quinientos años después de su obra filosófica, es que Asia se negara a continuar siendo el basurero del mundo. De acuerdo, no es algo infinito, pero sí bastante lejano como para soltar allí todos los detritos de Occidente creyendo que con ello teníamos resuelto lo del medio ambiente y el cambio climático. Miren ustedes, no hay país del sudeste asiático que no esté contaminado hasta las trancas y por ello China, Malasia, Filipinas rechazan las avalanchas de plástico procedentes de Occidente. China cierra sus plantas legales e ilegales encargadas en quemar residuos, mientras Malasia amenaza con devolver la basura a los países de origen y Filipinas hace lo propio, es más, dice estar dispuesta a tirarla al mar si el reenvío de los desechos no es atendido por quienes deben hacerse cargo de ellos.

No, ya no hay tiempo para reciclar a igual ritmo que se generan los millones de toneladas de residuos tóxicos. El mundo occidental pensó que el problema de la basura se solucionaba separando las botellas de plástico de los vidrios, pues miren ustedes que a día de hoy Alea iacta est, quiero decir que la suerte está echada. Es lo que toca y lo que también nos merecemos.

Y los del G20, bien, gracias.

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