Hay días en que se me aparece Carver. Viene de partir leña para alimentar la estufa. Cuando llega, las obras de Balzac están abiertas sobre la mesa, a la luz de dos velas. A veces sabe que regresar a la vida es desagradable y angustioso pero vuelve y me aferro a él ávidamente. RAYMOND CARVER -lo escribo en mayúscula- no es una presencia implacable, no me amenaza, no es confuso, difuso, neblinoso y quiere darme charla. Carver lleva en las manos refulgencia, búsqueda de la verdad, armonía, un salmón, cosas, realidades. Yo llevo objetos rococó, impertinencia dadaísta, ondas y trémulos reflejos. Prometo que el fantasma de Carver, en un primer esbozo de psicología literaria, me informa de que tengo que trabajar en una habitación grande, instantáneamente iluminada. La mano de Carver en sueños es la misma que escribió “El arañazo”, no quiere seducir ni engañar a los espejos, no quiere obtener alguna respuesta falsa, ni tampoco asustar a su reflejo, desea que viva y se desperece cada mañana. La mano de Raymond Carver puede que esté bañada en una luz fría y pura, se dice a sí mismo “Esto es lo que importa, no lo otro”. Raymond Carver, el escritor de relatos de éxito que despertó las sensibilidades adormecidas y que decía: “Quería escribir, escribir lo que fuera, ficción naturalmente, pero también poesía”, me hace seguir padeciendo durante horas las consecuencias de su visita, un cuervo con una inquietud interna aumenta mi angustia. Ray ¡Esto es un desastre completo!, es el resumen que hago a la noche siguiente. Y en una jornada de selva vendrá otra vez para levantar una tapia de versos con más barba de lo habitual y preocupación por los detalles.
El mundo poético de Raymond es un mundo de pesca calentando las manos y rostro al fuego de un bidón de gasolina que, una vez consumido, le deja pálido como la ceniza; una pluma de mujer que araña y araña, si no exactamente bella, sí atractiva y llamativa; miedo a la muerte que nos maneja como una locomotora. Eso le hace estar considerado como un escritor de culto y fundamental en la literatura gozosa del siglo XX. Fijo ya en la idea de escribir publicó once libros de relatos y poesía. Para el realista sucio no hay mayor placer -ni nada más peligroso- que el realismo sucio. El articulista anota todo esto por la mañana al igual que los crujidos de madera que oyó la noche anterior. El fantasma natural / artificial, mi fantasma, se queda pensativo, nadando en la creación y en la imaginación, me lleva a no romper con la sinceridad “literaria” y, llegados a este punto, entro en ese pequeño pasadizo que conduce a un jardín secreto.
Abandonando el libro de versos que leo a diario, me entrego a la lectura de “Todos nosotros” (Anagrama), traducida por el Comandante en Jefe de la poética de Carver, por decirlo así, Jaime Priede. Él cuida a la perfección del viejo barco literario y repara la bomba o las baterías que dan luz eléctrica. De modo que hay noches iguales persiguiendo a Carver. Sus poemas no se llenan de incongruencias, ni de errores, ni algún que otro cambio absurdo de ritmo. Raymond nació para ser Carver, sólo le importaba Carver. Llega un momento en que este mundo perfecto se destruye por lo que ocurre en el mundo exterior. Siempre hay más poeta por descubrir o en el que husmear. Le seguimos la pista bajo sus raíces que nos llevan a campo raso. Lo minutísimo en Carver, el aro de latón, creer en eso tan sinceramente que uno no se lo puede tomar a risa: “¿Qué habrá sido de aquel aro de latón / que había en los tiovivos? / El aro que las niñas y los niños / pobres pero felices agarraban justo / en el Momento Mágico. Pregunté por ahí: ¿Sabes / algo del aro de latón…? Le pregunté a mi vecino”. Nada de lo suyo encontramos hoy en casi ninguno de nuestros intelectuales, nerviosos, atemorizados, porque en su línea indestructible hay algo realmente extraordinario. Sospecho que nadie tiene a su lado muchos años un libro de Raymond Carver sin leerlo, no son los suyos libros que no nos den esperanza de alivio a pesar de que la enfermedad o la muerte causen todo su daño. Carver sabe, como sabía Rimbaud, que el caos es la plenitud cuando nos resquebraja, cuando la sangre nos coagula, las piernas se hinchan y luchamos contra la crueldad de un dolor que nos enloquece.
Escribir es un intento de nadar bajo el agua y contener la respiración, en una especie de trance, cuando la vida nos disgusta como un medicamento supercurioso, por falso e inútil. Volvamos a Carver. El poeta que decía “Todos nosotros, todos nosotros, todos nosotros / intentando salvar / nuestras almas inmortales”. En el sueño, no se llega nunca al fondo, ni aún después de la muerte, dijo Anaïs Nin. Cualquiera podrá espiarme en el sueño del artículo y comprobar que nunca sé adónde voy.
Durante unos minutos, con la compañía de Ray intenso / extenso, tan genial y personal, paseo por la habitación soñando en voz alta, claro. Luego me siento para hacer una inmersión en el papel. Mis frases se alargan como si en el cerebro llevara un diamante, mis pensamientos chispean y centellean. Me fijo en Carver, otros escritores son cobayas de otros escritores pero él hace siempre de sí mismo. Debo leer su poesía para soñar recordando. Todo el mundo sueña y le echa la culpa a incidentes concretos, a la experiencia.