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Duelo de escotes puntiagudos en la Unión Europea

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 09 de julio de 2019, 20:32h

Los escotes traviesos llevan el candor del verano en su envés a fruta, a muchas fotocopias sin identificar, a ojeras largas y turbias donde el deseo se pierde en sus peores ficciones (amor, sí, siempre igual en la ecuación a deseo más imaginación, a lo real más lo irreal), a floración de mujer y poder (me lo dijo una adorable feminazi, y jamás lo olvidé: “Mandar es más sabroso que joder”). Son dos ninfas en el veneno entero de la Unión Europea: Ursula von der Leyen, al frente de la Comisión, y Christian Lagarde, la mandamás del BCE. El belga Charles Michel, en el puesto anterior de Donald Tusk, cuentan, dicen que es árbitro entre las féminas de largos, largos, largos colmillos (lo dijo Manuel Aznar y tiene su coña: “La política es una larga, larga, larga paciencia”). El presidente del Parlamento Europeo parte la tarta a la mistad y divide los mandatos en dos: uno socialista y el otro popular, dos años y medio cada cual, siempre por el orden anterior.

Von der Leyen parece ser el ojito derecho de Juncker, que fue uno de sus defensores, quien conoce bien la mafia del Consejo, donde gobiernos, ministros y jefes de Estado y Gobierno no siempre actúan por encima de la mesa y sus bloqueos, subterráneos y secretos, a veces detienen la máquina. El órgano escogido de forma directo suele tener algún palo entre las ruedas, he ahí el mejor chiste. Los jefes de Partido en realidad son los jefes de Gobierno, sin que nadie lo impida desde que abrió el chiringuito. Juncker lo explica a doble espacio y por los pasillos (“Si no sale Von der Leyen habrá crisis”), y hay que tragar con Alemania, claro, la minirevolución no es otra que Merkel recién descubierta, sin máscara, porque entre las salchichas y los cinco litros de cerveza no se enteraba de gran cosa, presuntamente, y Von der Leyen ahora, bien impulsada, es la pantera inteligente, siempre alerta, engrasada en el ganchillo habitual de las sublimes artes del enredo, donde presume de no ser nudo y sonríe sin ruido.

La alianza de Christine Lagarde, tácita o velada, es con Mario Draghi, aunque le sustituya en el cargo. La intriga del Club sigue siendo franco-alemana, hartos ya muchos de su cambio de cromos, pero cuyos objetivos se cumplen: ni el finlandés Jens Weidmann lleva la política monetaria ni Weber alcanza el timón de la Comisión. Macron, muy listo, se coloca detrás de Von der Leyen, y Lagarde le mira de reojo y con la pupila dilatada, como si fuera a disparar (él fue quien la propuso, él es el culpable del pacto Francia-Alemania, él evita la etiqueta partidista en todas las entrevistas pero sabe que los cuatro cargos elegidos hablan muy bien francés y saben pagar mejor lo no escrito, en plan Al Capone y El Padrino). Polonia, Hungria, República Checa y Eslovaquia, con el candidato Timmermans o sin él en mitad de la plaza de toros, no renuncian a sus acuerdos silentes.

Los escotes tiernos (Lagarde/Leyen) se ríen mucho de eso que pone en los libros de Historia: “Los Tratados dicen que el Consejo Europeo (los líderes) decide y la Eurocámara lo ratifica votando”. Al final el cuento es más divertido: una cosa es lo que se vota en Bruselas y otra fuera de Bruselas, que al final es lo que manda. Dicho de otro modo: Bruselas compra y aprueba de continuo paquetes de medida que ignora a cada instante. El runrún de la prensa internacional con la fragmentación, es ahora fragmentación de la izquierda, donde verdes y socialdemócratas van por delante. El escote de la Alemania Todopoderosa –dicen todos- nunca ha tenido tanto poder, y ahora mandará el doble, siempre sin dar la cara, algún desliz de Juncker a este respecto pero ninguno de su mano derecha, Martin Selmayr. La consigna generalizada es, no obstante, manchar el escote de Lagarde, viendo el de Leyen invencible, y así se vuelve por ordenanzas superiores a airear su historia de corrupción, año 2014, cuando era ministra de Sarkozy, y a subrayar en trazo grueso sus nulos dotes como economista o gran experta en política monetaria.

El BCE, bajo Lagarde, no puede ser más político, y hay dos pezones muy duros, como gomas de borrar o rocas, bajo semejante rasgadura de seda y oro: el BCE, sí, pero también el FMI, que es todo suyo. La Eurozona vuelve a ser de unos pocos, todos saben ya que Lagarde quiere alianzas privadas, así cuando llegue la próxima crisis, gracias a políticas fiscales y monetarias estrictas, ninguno de los guapos, de los nombres apuntados en las servilletas de los bares, pasará el hambre actual de Grecia, todo muy simple. Lagarde busca ser moderadora, mientras teje lo suyo, seguirá en lo de Draghi (“Euro frente a dólar”), bajadas de tipo adicional y compra de activos. En su coronación (próximo 12 de octubre), si ocurre la mayor, desaceleración económica y crisis, hay algo seguro, no habrá otro Breixit. Con la inflación por debajo del objetivo, no pasa nada, el cuento es seguir siendo laxo, mucho estímulo fiscal y puesta en relieve de lo negativo de lo positivo, sin contradicción ni pleonasmo, en sus propias palabras: “Si no hubiéramos tenido tipos de interés negativos, estaríamos hoy en una situación mucho peor” (2016). Da igual quién dirija el FMI tras su marcha Carstens (mejicano), Rajan (indio) o Carney (canadiense) solo ella sabe cuál es la llave de sus mayores cerraduras porque, sí, amigos, fue ella quien las puso.

Expansión, política monetaria expansiva, alivio de todos por las políticas permisivas de Lagarde, por sus medidas no convencionales, por su guiño a los menos ricos, por su falta de intimidación con toda deuda, incluida la crueldad de tal pasotismo, que implica al final llegar a tipos de interés insostenibles solubles con la quiebra de los estados y su patada en el culo para echarlos del club (Grecia). El dogal suelto, jamás disciplina monetaria, Lagarde es ministra y no banquera, y sigue en lo mismo: si los estados quiebran puede darse hasta una quita de la deuda –como ella quiso para Grecia- y no pasa más. Los países periféricos se endeudan, el cogollito central se salva, pero no ocurre ninguna catástrofe porque el circo se llama Economía Expansiva y, sí, el cuento cunde: al final, señores, nada somos frente a los gigantes de China y Estados Unidos, culpables de todo. Vamos a repetirlo por última vez, a ver si mañana me llama Lagarde: “Cuando llegue la próxima crisis, apoyamos la demanda a través de política monetaria más laxa y muchos más estímulos fiscales a disposición”.

El seísmo es Von der Leyen. El cortocircuito es Von der Leyen. Llega sin concurrir a las elecciones europeas, llega sin la democracia interna de la UE, es mucho más que un dedazo, Merkel se abstuvo en su nombramiento, los 27 sienten la estafa. Nadie quiere hacer caso a lo señalado por Martin Schulz (expresidente del SPD): “Es el triunfo de Viktor Orban y del grupo del Este. Merkel y Macron lo negociaron en la trastienda sin contar con el resto”. Vaya, vaya: así que el Grupo del Este (Orban a las riendas) pone a una muñeca guapa frente a las cámaras mientras en la oscuridad sigue los planes para el peor de los banquetes. Solo una duda: ¿Y si no fuera una, sino dos, las muñecas o marionetas a las que Orban les mete la mano por abajo para feliz resultado de todas sus maquinaciones? ¿Y si los escotes peligrosos escondieran una única sonrisa masculina que ríe mientras mastica clavos cuando brillan bajo la luna los mejores metales nocturnos? Ay, Viktor, Viktor, nos traes locas. La historia de siempre: entre los escotes peligrosos, puntiagudos, el pirulo imprevisto capaz de hacer temblar al planeta con su goce duplicado, efervescente e irrefrenable. El pirulo malo como volante absoluto, genio en la sombra, para esas ruedas que son las cuatro tetas todoterreno. Eres Maquivelo, Viktor.

Diego Medrano

Escritor

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