www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ORIENT EXPRESS

Viajen a Francia

Ricardo Ruiz de la Serna
x
ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 14 de julio de 2019, 18:53h

Como hoy es 14 de julio, fiesta nacional de Francia, podemos hablar del país vecino sin faltar a la actualidad. Los lectores de esta columna ya saben de mi impenitente francofilia, que debo a mi madre, que me enseñó mis primeras palabras en francés. Ahora que llegan el verano y las vacaciones, podemos alzar la vista por encima de los Pirineos y dirigirnos, pues, a la Dulce Francia.

Naturalmente, todos hemos estado en París. Quizás no físicamente, pero sí espiritualmente y muchas veces. Hemos admirado las avenidas del barón Hausmann. Hemos quedado deslumbrados con el Louvre, la gloria de los museos franceses, y con el esplendor de Versalles. Por las calles de Montmartre y el Barrio Latino hemos buscado el amor y la bohemia. Nuestras lágrimas se han derramado de rabia por los atentados terroristas y por el fuego que asoló Notre-Dame hace algunos meses. París no necesita, pues, mucha presentación ni apología alguna.

Pero Francia es mucho, mucho más que París. Esto no desmerece a la capital, pero sí nos exige un esfuerzo de justicia. Digámoslo con el mayor respeto, pero también con la máxima firmeza: quien sólo conoce París, no conoce Francia. La fuerza atractiva que nos atrae hacia la capital nos desvía de los tesoros ocultos que el resto del Hexágono conserva. Desde Estrasburgo hasta Bretaña, el país de Montaigne y de Rostand no merece que se le ampute su intensa belleza.

El viajero que quiera, pues, conocer Francia debe emprender un viaje más allá de la Isla de Francia. Por ejemplo, todo español debería viajar a Provenza, al Languedoc y al Franco Condado. De la cultura de las cortes provenzales, llegó a España la poesía trovadoresca. En la obra de Martín Codax, el gran trovador de la Ría de Vigo, y de los poetas cortesanos catalanes y valencianos como Guillem de Berguedà y Ausiàs March respira el amor cortés de la cultura occitana. El selecto editor J. J. de Olañeta publicó en 2017 “El geni d´Oc”, de Simone Weil, que celebra la belleza y la profundidad de la cultura occitana, que tan influyente fue en toda Europa.

El viajero puede dirigirse también hacia la Borgoña, famosa por sus vinos, por su corte y por ser la patria chica del emperador Carlos, que siempre se sintió borgoñón orgulloso de su linaje. Hijo de Felipe el Hermoso -que era nada menos que duque de Borgoña, Brabante, Limburgo y Luxemburgo, conde de Flandes, Habsburgo, Henao, Holanda y Zelanda, Tirol y Artois, y señor de Amberes y Malinas entre otros territorios, - a través del emperador Carlos llegó el protocolo y la fastuosidad de la corte de Borgoña a la austera Castilla. De ahí vendrá, por ejemplo, la moda de vestir de negro en público. El más caro de los tintes revelaba sin ostentación la riqueza de quien lo lucía.

A mí me gusta mucho la Bretaña, con sus reminiscencias celtas, sus escollos y sus cornamusas. La belleza del Atlántico en Brest nos evoca las columnas de Álvaro Cunqueiro en El Faro de Vigo, donde escribía sobre las ciudades sumergidas y el Holandés Errante. En 1718 lo vieron en Saint-Maló. Todavía debe de seguir surcando los siete mares. Bretaña es tierra del ciclo artúrico, que también se cultivó en el Romancero. También es tierra de resistentes. El 30 de diciembre de 1940, en Lanester, en el Morbihan, unas dos mil personas asisten a la misa funeral por los pilotos británicos derribados sobre territorio francés. Muchas de ellas llevan racimos de flores con los colores de la Union Jack. Fue un ejemplo, cuenta Gilles Perrault, entre centenares en toda Francia.

Por todo el país, hay desparramados fragmentos de la Historia de Europa. Quien quiera conocer nuestro continente, tendrá que recorrerla, admirarla y peregrinar a la catedral de Chartes y a la Maison Carrée de Nimes, al puerto de Marsella y a las playas de Nord-Pas de Calais -que ahora se llama alta Francia- desde donde zarpaba en secreto la Pimpinela Escarlata. Escuchen los carrillones y los órganos. Suban a los Alpes y crucen el Rin sin salir del imperio de Carlomagno, el de la barba florida. Vayan a Normandía y contemplen la conquista de Inglaterra en el Tapiz de Bayeux. En un tiempo de olvido, los museos, los castillos y las iglesias y abadías del Hexágono conservan el recuerdo de quiénes somos los europeos.

Viajen a Francia.

Hagan memoria.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (7)    No(0)

+
0 comentarios