www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

Dos rebeldes nunca en doma: Maspons y De la Iglesia

viernes 19 de julio de 2019, 20:27h

Lo sentenciaba Claudio Rodríguez en uno de sus mejores poemas (Lo que no es sueño): “ (…) que estamos en derrota, nunca en doma,/ el dolor es la nube,/la alegría, el espacio”. Espacio, el que se buscaron, y siempre alegría, esa misma hallada en la precariedad de un tiempo no siempre de perras gordas, tuvieron a raudales Oriol Maspons y Eloy de La Iglesia, aun uno cerca de la droga y el otro de todos los precipicios del alcohol y la gente guapa que por las noches tenía rostro de careta y no siempre el mejor pulso. Imagen, sí, en un árbol de dos brazos (cine, fotografía) pero también muchos libros detrás, una cultura que tenía que hacerse uno como podía, ganas por ser alguien, la lucha o vocación del autodidacta, del apasionado, ajeno a tiempos muertos, sin división posible entre vida profesional y personal, como tanto hortera quiere para sí hoy en día, sin enterarse que el mismo hecho de parcelar o tabicar es ya rebajar el asunto.

El Museo Nacional de Arte de Cataluña dedica la gran exposición a Maspons póstuma: 530 instantáneas y más de 200 documentos. Renovador del lenguaje fotográfico, el ojo de la Gauche Divine, notario de su época, rastreador de la calle y los mejores garitos, las mejores piernas en las terrazas suculentas, casi 7.000 trabajos de fondo en el museo a título de obra siempre abierta. Conoció la intemperie pero no la facilidad: “No me hagáis la putada de presentarme como un señor que hacía fotos por la calle, yo hago fotos útiles”. Bajo ese mismo marbete (La fotografía útil) sus aires nocturnos y diurnos no pueden ser más refrescantes: hippies de Ibiza, intelectualones de salón, cantantes, poetas, pobres de Las Hurdes, montajes lorquianos en Nueva York, cantautores como Serrat, Raimon o María del Mar Bonet, actrices y actores no siempre de primera, fondas y tugurios junto a barras caras y pijas, fotos que hicieron revoluciones en portadas de libros nuevos e insólitos (los de Marsé), lubricidades en el Interviú pajero de la época, oro, aire libre y maravilla, playa y otro vermú rojo.

Tabacalera (Madrid) recupera lo mejor de Eloy de La Iglesia antes de la heroína, después y en mitad de todos sus chaperos mustios: Oscuro objeto de deseo. El mejor orden cronológico para sus criaturas (1966-2003), collage, foto fija, proyecciones, vídeo, grafitis. El poeta de la imagen que se reconocía como comunista, drogadicto y homosexual. Siempre la política en su obra, pero también la muerte a la manera platónica, Ícaro abrasado por sus propios deseos íntimos. Una rareza: sus veintidós largometrajes en diálogo con sus apariciones en televisión, entrevistas y teatro, con dictador de por medio y sin él, filósofo de los chulos recordando a Platón y Aristóteles. Márgenes, exclusión social, barriadas, quinquis, siempre otro tratamiento de lo cotidiano por medio de suspense, transgresión y sobresalto: golpe de vida, sí, tanto como rapto de vida y, en último término, biografía. Sexo, sí, pero también corrupción, junto a la peor cara de las drogas, vicios mayores o pequeños sin represión alguna por medio de sermón o alegato. No, no es un moralista. El Sistema –con mayúsculas- no siempre deja dentro a los mejor preparados.

Ambos (Maspons/De la Iglesia) tejen su obra en pleno franquismo, hacen suyas las ilusiones de la Santa Transición, filman y fotografían desde la calle y hay mucho en lo suyo de espejo en el camino, a la manera de Stendhal, de espías con los dos ojos muy abiertos y la cartera vacía, no siempre en el furor profesional y ofreciendo a eternos secundarios el espacio y la alegría (como en Claudio Rodríguez) de los principales. El armario lo llevan en la cabeza, pero hay que tirar de improvisación para llenarlo: perchas y más perchas en la justa ocasión. Las piernas interminables de Elsa Peretti (Maspons, 1966) en una terraza de sillas de tijera, vestido de lunares y desafío en la mirada, nos habla de otros dioses al alcance de los dedos. Eloy de la Iglesia rueda su Madrid, los suburbios y la periferia, pero tiene dentro de la cabeza lo mismo que Maspons, todo Londres, París y Nueva York. Buscan iconos pero no por medio del tratado sino del flash. La publicidad en ambos es puro impresionismo: el caballete al cabo de lo que pasa y el pincel duro. El escenario en ambos tiene mucho de portadón de revista donde puede salir un macarra picándose o los primeros top/less sin tricornios.

Ambas exposiciones rezuman libertad, exprimen el limón de la comunicación, los creadores quieren transmitir y ahí van solidificando, construyendo, ladrillo a ladrillo, su propio mundo o universo creativo. Hay algo en ellos de salir muy pronto o muy tarde de casa; de salir a lo que pasa, a lo que ocurre, y tiene todo un ventarrón periodístico de primer nivel. No es obra en estudio, no es obra en torre de marfil, no es obra destilada de la propia aventura intelectual del creador (no fotografía de la fotografía, ni cine del cine, como Borges o Vila-Matas hacen literatura de la literatura) es pálpito de presente, latido de presente, y ese presente que forma prospectiva (a la manera de El contrato social), tiende hacia el futuro y, algo más peligroso y urgente, quiere hacerse real en todas sus propuestas atrevidas, disparatadas, nuevas. Hay viento en lo suyo, mágica prisa sin memoria, tacto del tanteo, todo está por inventar y es importante hacerlo: el dictador murió en la cama mientras muchos no dejaban de soñar, ahora toca vomitarlo todo de golpe y con tropezones.

El espectador sufre camino de retorno, vive aquellos años detallados por libros y televisiones, pero tanto Maspons como De la Iglesia -he ahí su grandeza- son todo lo contrario. Su esquizofrenia, su obsesión, es saltar todo lo vivido para ser más modernos que nadie, y esa velocidad se cata, esa furia y fiebre no deja indiferentes. Ambos (Maspons/De la Iglesia) estrenan libertades, estrenan otro país, pero van de siempre de lo individual a lo colectivo, de este zapato concreto a todos los que pueden formar determinada manifestación o colectivo. Su sensibilidad inmediata, entonces, fue la del contraste: el espectador quedaba atónito al ver lo que se encontraba por la calle en el lujo inmarcesible de la gran pantalla o la fotografía. Hoy, con la distancia del tiempo, vemos que es todavía más la sensibilidad del movimiento, no se están quietos, y así agitan conciencias, y así son tan grandes, y así no cabe mudez. Si el sol dudara un instante se apagaría –dijo Blake- pero en ellos no cabe interrogante, son disparos, y es el instrumento (cámara de cine o fotografía) el que piensa los mejores planos en pleno tajo. La doma hubiera sido dejarse llevar por lo contrario: un eslogan. Glorioso.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.