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TIERRA QUEMADA

¿Reguetón? Sí, por supuesto

Ernesto Colsa Sotelo
miércoles 24 de julio de 2019, 20:47h

No me gusta el reguetón. Ni de coña. Podemos afirmar, incluso, que lo aborrezco: odio esos ritmos de baratillo, la voz tamizada por el puñetero vocoder y esas melodías tan sandias que diríanse compuestas sobre la marcha conforme se le van ocurriendo al intérprete mientras se toma el vermú. Como profano en la materia, me referiré al reguetón con un criterio laxo, pues ignoro sus variantes, subcategorías y matices, cuya existencia presumo como ocurre con cualquier otra manifestación del intelecto humano. De este modo, englobaré en el género a esa música popular con bases rítmicas programadas y aires latinoamericanos, tan universalizado hoy en día que hasta la practican en Kazajistán, como tuve ocasión de comprobar el verano pasado en un hotel a orillas del Mar Caspio. En cualquier caso, no me ocuparé aquí de las letras, con frecuencia criticadas a causa de su incorrección política, porque, ¿a quién le importan en realidad? Los ripios de la música popular conforman un compendio de lugares comunes, lemas del Superpop y pretenciosidad de saldo, y lo mismo me da que los hayan pergeñado los Camela que todo un Premio Nobel; Kissinger también obtuvo el galardón.

Sentado esto, trataré de hacer un ejercicio de otredad para valorar el reguetón en su justa medida, porque un fenómeno tan extendido no puede despacharse con cuatro exabruptos ni hacer como si no existiera por muy ínfima calidad que se le suponga a su acervo artístico. En este sentido, puede afirmarse que el género ha alcanzado rango de movimiento, pues su adhesión a la causa le comporta al novicio la obligación de asumir unos códigos de conducta, una actitud ante la sociedad y, sobre todo, una estética bien definida cuyos rasgos no he de describir aquí, entre otras razones porque los desconozco y además me importan un carajo. Desde este punto de vista, amigos, el reguetón constituye un poderosísimo instrumento de identificación generacional y cumple su cometido a la perfección. El estilo ha creado tendencia, y la industria lo ha asumido como propio, eso si no ha nacido con ella, aunque estas tesis conspiranoicas conviene filtrarlas por muy sugerentes que nos resulten; la última que ha llegado a mis oídos es que el expresionismo abstracto fue un invento de la CIA concebido para lanzar un movimiento artístico de inequívoca raíz norteamericana, y Jason Pollock, un títere puesto para encabezar el tinglado. Mas no nos dispersemos; como digo, nada obsta a la importancia social del fenómeno del reguetón el hecho de haberlo fagocitado la industria del ocio, pues ello viene sucediendo con cada movimiento juvenil vinculado a la música popular en el momento en que su repercusión desborda los límites de lo anecdótico. Ello ocurrió en los cincuenta con los Teddy Boys, en los setenta con el punk, en los ochenta con el acid house o en los noventa con el grunge, por poner algunos ejemplos significativos, de manera que hoy en día no nos resultan extrañas esas secciones de moda antes llamada “alternativa” en los grandes almacenes o nos parece normal ver un desfile de Kate Moss luciendo camisetas con lemas situacionistas y complementos de diseño lumpen, ¡la risión! En ocasiones, esta asunción de estereotipos por parte de la industria del entretenimiento se efectúa con manifiesta brocha gorda, y ello ha llevado, por ejemplo, a reivindicar la figura del hipster con setenta años de retraso y, como no podía ser de otro modo, desnaturalizando su concepto por completo, lo mismo que el de freak, que no identifica al seguidor de la saga de Star Wars o a quien, sin tener en cuenta otros matices, cultiva aficiones estrafalarias, sino que se reconduce a un contexto social y geográfico bien definido, como la California de la segunda mitad de los sesenta.

Sin perjuicio de lo anterior, no cabe discutir la relevancia sociológica ni el vuelco estético que supusieron los movimientos aludidos. Ítem más: aquellos otros en los que la industria no ha reparado han quedado relegados al olvido o al ámbito de la contracultura, que constituye, por cierto, su hábitat natural, pues, ¿quién se acuerda hoy en día, verbigracia, de King Mob, del Black Metal noruego o del Accionismo Vienés, de los cuales se habló tanto durante su período de esplendor?

Pero, asumidas o no por la industria, todas estas tendencias de corte rupturista comparten en origen una sana actitud de ciscarse en lo establecido, y desde esta perspectiva el reguetón participa de ese espíritu transgresor. De hecho a mí, que ya no friso la cincuentena, me resulta tan aborrecible como carente de gusto e incomprensible su predicamento, pero ha de tenerse en cuenta que una de las razones de ser de todo movimiento juvenil que se tenga por tal consiste en cabrear a los mayores, quienes van copando las instituciones que rigen el mundo conforme la van diñando sus anteriores titulares. Así, denostar el reguetón supone incurrir en la trampa propuesta por sus instigadores, pues me resisto a asumir el papel de viejo cascarrabias apoltronado en el sofá mientras gargajea invectivas contra las generaciones actuales, su falta de valores molones y sus erróneos referentes culturales, cuando en su momento a mí también me fascinaba, y lo sigue haciendo, la heterodoxia en el más amplio sentido del término, y desde este punto de vista lo transgresor del reguetón radica en sus estereotipos machistas, su musicalidad basurienta y su estética infame.

Si deseamos, pues, que el reguetón deje de campar impunemente por plazas, equipamientos, supermercados y fiestas patronales, normalicémoslo, acojámoslo en nuestro seno pequeñoburgués y se desvanecerá como lo hicieron la Lambada o los New Kids on the Block, entre otras plagas. Mas tampoco importa; tarde o temprano surgirá en algún extrarradio del universo mundo un género aun más aberrante que nos hará añorar la escucha a todas horas del inefable hit de Luis Fonsi.

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