www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Memorias

Carlos Abella: Memorias taurinas

domingo 28 de julio de 2019, 19:07h
Carlos Abella: Memorias taurinas

Bellaterra. Barcelona, 2019. 588 páginas. 23,75 €

Por José Miguel G. Soriano

«Un escritor -lo decía Francisco Alcántara- no es más que un punto de vista, de voz, de oído y de sentimiento». Desde muchos y muy diversos puntos de vista hubiera podido Carlos Abella (Barcelona, 1947) trazar el relato de sus memorias: desde las interioridades de la alta política en el Palacio de la Moncloa, o de la economía en los alfombrados salones del Banco de España, de la gestión deportiva en el Consejo Superior de Deportes, de la comunicación desde los pasillos de Radio Televisión Española… Incluso, desde dentro del estadio Santiago Bernabéu, en una experiencia «agridulce» -según su propio término- al frente de la Fundación del Real Madrid bajo la presidencia de Ramón Calderón. Experiencias todas que conforman diferentes etapas de una fructífera trayectoria vital y profesional, sin contar sus muchas colaboraciones periodísticas y libros publicados que jalonan su condición de reconocido escritor.

Sin embargo, Abella ha elegido como hilo conductor de su autobiografía, Memorias taurinas. De La Monumental de Barcelona a Las Ventas de Madrid, el de su constante -e inquebrantable- afición a la tauromaquia, faceta que, en realidad, engloba todas las demás: la íntima y familiar, como niño aficionado que acude a la Monumental barcelonesa en compañía de su abuelo y de su padre, el historiador Rafael Abella; la amistosa y social, al tratar con toreros, ganaderos, empresarios y «gozar de personajes únicos»; la escritora y literaria, como biógrafo de grandes diestros (Luis Miguel Dominguín, Paco Camino y José Tomás), historiador taurino (Historia del toreo en España y México desde 1939 hasta nuestros días, Alianza, 2009), novelista (Las cartas del miedo, Eutelequia, 2011), y ensayista (¡Derecho al toro! El lenguaje de los toros y su influencia en lo cotidiano, Anaya/Mario Muchnik, 1996; reeditado en ViveLibro, 2015); y la faceta profesional, como gestor cultural y económico al frente del Centro de Asuntos Taurinos, organismo responsable del coso venteño y de la promoción de la tauromaquia por toda la Comunidad de Madrid.

La voz, el oído y el sentimiento, sin embargo, son siempre los mismos en todos los casos, pues en cualquiera de sus actividades -y los lectores de «Los Lunes» conocen muy bien, desde su fundación hace diez años, la de crítico literario-, Carlos Abella tiene acreditada una personalidad íntegra, sincera, apasionada -a veces hasta vehemente-, comprometida, exigente consigo y con su entorno y, a la vez, franca y ecuánime en sus juicios y decisiones. Mucho se aprende de nuestra propia historia a lo largo de estas memorias, narradas con primor en el detalle, en la anécdota no necesariamente personal, en la descripción de sucesos históricos o de acontecimientos sociales… Se aglutinan así recuerdos de personajes, de hoteles y restaurantes, de tertulias, organismos oficiales, locales nocturnos y, por supuesto, de corridas, muchas corridas de toros, que también van forjando la radiografía de un país y de una época. Todo ello en un impresionante ejercicio de memoria histórica, que introduce al lector en lugares muy diversos de nuestro devenir contemporáneo.

En su evocación, el autor se detiene inicialmente en su etapa de niñez y juventud, donde se desgranan recuerdos de la Barcelona de los cincuenta, de las primeras grandes faenas vistas así como de destacados acontecimientos deportivos; estudios y amoríos, determinadas amistades -heredadas de su padre- con intelectuales como Néstor Luján y Mariano de la Cruz, hasta su traslado familiar a Madrid. Dos acontecimientos marcaron entonces el rumbo de su existencia: la imposición paterna de estudiar la carrera de Económicas, frente a su vocación periodística, y sus estancias por Europa que le valdrían el aprendizaje de varios idiomas (inglés, francés, alemán) que le facilitarían sus comienzos laborales una vez de vuelta en nuestro país, al entrar en el departamento de relaciones internacionales de la Cámara de Comercio e Industria madrileña. Eran años de agitación política, en el inicio de la Transición, en los que se afiliará al Partido Social Demócrata -integrado después en UCD- de Francisco Fernández Ordóñez, Miguel Boyer y Rafael Arias Salgado, entre otras relevantes personalidades: «Estar allí y escuchar que aquellas personas tenían en su mano cambiar tantas cosas de nuestro país y colaborar en traer la democracia era un sueño que alimenté durante muchos años».

Pronto pasaría a formar parte como asesor del Ministerio de Comercio y Turismo, cuya titularidad detentaba entonces Juan Antonio García Díez. Allí coincidirá con Ignacio Aguirre, y su mutua afición a los toros («una edificante manera de ver la vida») habría de sellar una amistad con ramificaciones en lo profesional, pues pocos días después del golpe de Estado del 23-F y una vez asentado Leopoldo Calvo-Sotelo en la presidencia del Gobierno, Aguirre, secretario de Estado para la Comunicación, nombró a Abella Director General de Relaciones Informativas, lo que le llevó a trabajar en el mismísimo Palacio de la Moncloa. Allí pasaría muchas horas de zozobra política entre 1981 y 1982, por el azaroso juicio a los militares implicados que sucedió al referido golpe -su labor en tan delicada tarea le valdría la Gran Cruz del Mérito Militar-, los trágicos atentados de ETA y la propia desintegración de la UCD. De esta época surgiría con posterioridad una espléndida biografía sobre el expresidente Suárez (Adolfo Suárez. El hombre clave de la Transición) editada por Espasa.

Llegó el cambio de ciclo con el triunfo arrollador del PSOE en las elecciones del 28 de octubre de 1982 y para Abella la hora del cese y relevo en su cargo dentro de la Presidencia. Un «volver a empezar» que daría lugar a sus primeros trabajos periodísticos para la Agencia LID Colpisa, y después en el suplemento taurino de Diario 16 -donde muchos comenzamos a conocer su firma-. Se encontró solo, pero no tardaría en hallar el apoyo de personas que confiaron o apostaron profesionalmente por él: Mariano Rubio, antiguo miembro del Partido Social Demócrata, con quien ingresaría como asesor en el Banco de España; y Pedro Antonio Martín Marín, presidente del Consejo Superior de Deportes en la primera legislatura de Aznar, buen aficionado asimismo a la tauromaquia, junto al que ha podido desarrollar una parte importante de su trayectoria profesional, primero en el citado Consejo («detrás del deporte hay una constante batalla política») y después, al ser nombrado Martín Marín Secretario de Estado para la Comunicación, como director de Gabinete, lo que supondría su vuelta a La Moncloa, ahora en circunstancias bien distintas. Se sucederán más cargos desde entonces (Director de Relaciones Institucionales de RTVE, en Hispasat, la referida presidencia de la Fundación del Real Madrid) y responsabilidades como el comisariado de la exposición conmemorativa Lorca/Dalí en la Residencia de Estudiantes. Y ya por fin, asesor cultural de la CAM en materia taurina («tener una responsabilidad en el mundo taurino y desde una perspectiva cultural […] colmaba mis expectativas») y la gerencia del Centro de Asuntos Taurinos, entre 2010 y 2015.

Esta época última como gerente es la parte de sus memorias en la que, haciendo honor a su calificativo de «taurinas», el autor más se detiene, ofreciendo un auténtico memorándum de actividades en forma –casi- de hoja de servicios o de resultados. La enumeración seguida de toda la actividad desplegada resulta apabullante: publicaciones, exposiciones -una especialmente emotiva: la del fotógrafo francés Lucien Clergue, gran amigo de Picasso, en la primavera de 2014, apenas cuatro meses antes de morir-, conferencias, homenajes, cursos de verano, ciclos de cine taurino, presentaciones de libros, la creación de la biblioteca «José María de Cossío» de las Ventas, la remodelación de su Museo, la declaración de la tauromaquia como Bien de Interés Cultural, en época de especial contestación en contra del espectáculo taurino… Y algún episodio menos agradable: la convocatoria del pliego de arrendamiento en 2011 o la caída de una cubierta que se probó para Las Ventas, por fortuna sin daños humanos al ceder su estructura de madrugada, en 2013. Y siempre, por encima de los condicionamientos políticos o económicos, «mi gran voluntad y vocación de divulgar con la palabra y la pluma la entraña apasionante del toreo».

Son muchas las personalidades del mundo del toro que desfilan por estas páginas, pero para Abella la más especial, sin duda, es Luis Miguel Dominguín, «la persona más inteligente que he conocido», aludiendo a su ingenio y rapidez mental, cuyos fines de semana compartidos en su finca «La Virgen» y en Sotogrande alegraron la vida del diestro ya en su ocaso vital, cosa que su biógrafo nunca ha olvidado y evoca con emoción en este libro: «Escribir la biografía de Luis Miguel ha sido uno de los episodios más importantes de mi vida y el que más me ha influido». Él ocupa, junto a otros grandes nombres propios, familiares y profesionales, el pódium de honor de quienes con mayor fuerza han marcado su existencia; así como otros nos sentimos orgullosos de formar parte, igualmente, del índice onomástico de estas memorias. Gracias, Carlos, y por muchos años.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+
0 comentarios