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ESCRITO AL RASO

Madama Butterfly en El Escorial

David Felipe Arranz
lunes 29 de julio de 2019, 20:54h

Un San Lorenzo de El Escorial “pucciniano” se rendía el sábado a Cio-Cio-San, es decir, a Madame Butterfly, la geisha de quince años que siente que ya empieza a ser vieja y a la que tima el teniente de la marina estadounidense Benjamin Franklin Pinkerton, que desembarca del cañonero Lincoln dispuesto a conocer las costumbres del país y, más íntimamente, buscar el canon oriental, la belleza de loto de estas complacientes artistas. El Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial fue, pues, casa japonesa por mor del Festival de Verano, gozada de estío impulsada por la Comunidad de Madrid. Al fondo, se divisaba la bahía de Nagasaki imaginada por Manuel Zuriaga y dispuesta por Emilio López. Ainhoa Arteta, Marcelo Puente, Gabriel Bermúdez, Francisco Vas y Cristina Faus dieron vida a los sólidos personajes imaginados por Puccini para una historia que planificó “sin interrupciones, prieta, eficaz, terrible”, en esta excelente versión dirigida por Giuseppe Finzi. Acaso Verdi pueda igualarse a Puccini en convertir la melodía en emoción implosiva entre el público.

Madama Butterfly se estrenó en la Scala de Milán, el 17 de febrero de 1904, y la representación fracasó estrepitosamente, en gran medida por una claque pagada por los enemigos de Puccini, quien comentó: “Este estreno ha sido un infierno dantesco bien preparado”. La ópera se hizo inaudible por el estruendo de los gritos y los silbidos. Pero tan solo tres meses tras el traspié milanés, el 28 de mayo, la ópera fue aclamada en Brescia, en Lombardía. Hoy el público llora viendo este epítome del romanticismo genial, una fiesta de la traición amorosa orquestada con un refinamiento exquisito y unos coros que se oyen entre bastidores como un susurro, como corresponde a gentes acostumbradas a las cosas pequeñas, humildes y silenciosas. La historia es de todos conocida. A Butterfly –lo dice explícitamente el propio Pinkerton refiriéndose a las mariposas– la clavan en una tabla de miseria para que no pueda escapar. Porque la partitura “pucciniana” es sintética, íntima, expresionista y simbolista: el meandro de la historia de amor desemboca en la tragedia sangrienta, como la vida de Virginia Woolf o la de Leopoldo Lugones. Todo corazón roto se asoma voluntariamente a los abismos del descanso eterno: qué difícil juzgarlos y cuán fácil resulta entenderlos. Por eso nos gusta tanto esta japonesa agarrada a su pequeño, a su lealtad, a su inocencia bendita e inconsolable que se pregunta a lo largo de tres años cuándo anidan los petirrojos en Norteamérica, promesa incumplida por un canalla grotesco, seductor de tercera, que regresa al lugar de los hechos con Kate, su nueva mujer, para consumar su iniquidad y arrancar al pequeño de brazos de su madre cuando descubre que en su desaprensivo proceder dejó descendencia. Última burla que Buttefly es incapaz de superar.

En 1900, tras terminar de escribir Tosca, mientras Puccini preparaba su estreno en Londres, asistió al estreno de un drama en un acto escrito por David Belasco, Madama Butterfly, basada en una novela de John Luther Long y cuya acción transcurría en Japón, siguiendo la estela de una reciente opereta que había gustado mucho en la capital británica, El mikado (1885), de Gilbert y Sullivan, inspirada a su vez en Madama Crisantemo (1887),de Pierre Loti.La clave de la construcción de un personaje extraordinariamente vivo y trágico la dio el propio Puccini, que aseguró que observaba “desde los artistas hasta los más modestos trabajadores del escenario y de la maquinaria participar con todo el corazón en las vicisitudes de Butterfly. Veía que también ellos querían a mi japonesita como la quería yo”. Goro, el casamentero, ofrece “esposas” niponas a los marinos extranjeros por cien yenes. Y Puccini retrata sin piedad cómo un occidental le arranca las alas y destroza el corazón crédulo de una humilde geisha que era de Nagasaki, de una familia próspera en otro tiempo que se vio forzada a ejercer el oficio de amenizar con sus canciones en las fiestas para mantener a los suyos.

La pantomima matrimonial de Butterfly –por cierto, excelente el número de baile metafórico de la mariposa humana atravesada por una daga– se celebra por propia voluntad de Pinkerton y por consentimiento de los parientes de ella, con la oposición del neurótico tío bonzo, el aguafiestas integrista. Pinkerton, marido de pega y de brocha gorda, llega a decir “¡Pensar que este juguetito es mi esposa!”, una cosificación de la mujer admitida por la sociedad nipona, el rastrero celestino Goro y el cónsul norteamericano Sharpless, enlace de los compatriotas en Japón y quien se sabe cómplice del juego cruel de Pinkerton, de todos los marinos que arriban a Nagasaki dispuestos a dejar su impronta sexual: “Nunca se ha oído decir que un marido extranjero regrese a su nido”. Butterfly se quita la vida después de despedirse de su hijo y pasa a ser la suicida celebérrima de la ópera, como lo es Madame Bovary de la literatura. La ópera de Puccini es una larga y lúcida predicación, cuyo trasfondo permanece inmarcesible: como en el Japón de 1900, el contrato matrimonial no obliga hoy a nada… o a casi nada. Ni si quiera a amar.

Para culminar un fin de semana escurialense verdaderamente regio, el Teatro Auditorio programó al día siguiente un recital delicioso, “Clásicos en el Cabaret”: la mezzosoprano Marta Knörr y el pianista Aurelio Viribay interpretaron varias piezas de Kurt Weill, Arnold Schoenberg, Samuel Barber o los ya veteranísimos Frederic Sharaf o William Bolcom, que supieron al respetable a bizcotela vespertina, a exquisito Manhattan –whisky, vermú y angostura– servido en el cercano cafetín Croché. Por no hablar de la compañía.

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