En Dublín y en muchos otros lugares del mundo se celebra cada 16 de junio el Bloomsday, un homenaje a Leopold Bloom, el personaje principal del Ulises, pues la acción de la novela se desarrolla en esa jornada de 1904. En mi ciudad, donde tenemos de casi todo —hasta un Calatrava bien robusto—, no podíamos ser menos, y me consta que desde hace varios años unos cuantos escritores vienen citándose para cenar con el objeto de conmemorar el acontecimiento, a cuya última edición me convocaron con gran regocijo por mi parte, máxime porque se soslayan alguna de las reglas más desagradables del ritual dublinés, en el cual los comensales suelen papear las mismas guarrerías que los personajes de Joyce, entre ellos el pusilánime Bloom, quien sentía gran querencia por la casquería propia del aparato excretor.
Antes de la cena disfrutamos de una mesa redonda donde los escritores Javier Lasheras, Jorge Ordaz, Ricardo Labra y José Havel abordaron diversos pormenores de la novela concernientes a su génesis, sus ediciones oficiales y oficiosas o la peculiar genialidad del autor. Pero no pretendo glosar en el breve espacio de esta tribuna los hallazgos del Ulises, desentrañados hasta la saciedad por cualificados especialistas, sino hacerles partícipes de mi experiencia respecto a una de las obras de la literatura contemporánea de más difícil inteligibilidad, lo cual ha inducido a muchos a abandonar el intento de abordarla o les ha llevado directamente a no planteárselo. Ello le debió de ocurrir al amable caballero que en el turno de debate posterior a la charla pidió consejo a los ponentes acerca de cómo habría de enfrentarse al libro, algo que a mí, por cierto, también me tenía atribulado, pues he de confesar que acudí al Bloomsday un tanto de tapadillo al haber renunciado en su momento a la lectura del tocho. En general, mi relación con las grandes obras literarias resulta un tanto extemporánea, pues las despaché a una edad demasiado temprana, como si se tratara de una obligación, cuando carecía de criterio suficiente para valorar sus excelencias. Quizá contribuyó a ello el hecho de haber tenido en el domicilio familiar a mi disposición una de esas colecciones de literatura universal tan en boga por los años ochenta. Sé que ahora, con más bagaje, debería ocuparme de nuevo de los clásicos, pero me retrae de ello la pereza de la relectura.
Como digo, hace años me atreví con el Ulises, pero desistí tras el primer asalto tras lograr Joyce hacerme sestear tres veces en una misma tarde. Y además, planeaba sobre mí la duda acerca de si la traducción constituiría un despropósito por cuanto quedarían desvirtuadas las florituras formales del original en lengua inglesa, y con esta excusa fui postergando su lectura hasta mi reciente asistencia al Bloomsday, que supuso un estímulo para intentarlo de nuevo treinta años después. Y aquí me presento ante ustedes, triunfante en el empeño, aunque ya no les habla aquel adolescente ayuno de juicio literario, sino alguien con un contrastado callo lector tras haber terminado con éxito genialidades tan abstrusas como El arco iris de gravedad, de Pynchon, o La broma infinita, de Foster Wallace, pero también tras haber digerido mucha basura, como los coprocuentos pretendidamente noir de un antiguo compañero de colegio algo retardado.
Pues bien, lograda la hazaña, ahora me encontraría en condiciones de ofrecerle al señor de la charla mi particular contestación. Le diría, así, que se trata de un gran error entablar la interacción con el Ulises de un modo convencional, pues así lo había hecho yo la primera vez y a punto estuve de tirar el libro por la ventana, desesperado por no saber qué coño me estaba contando aquel tío. Se trata de una experiencia distinta, una liturgia si se quiere, alejada del hecho intrascendente de acomodarse en un sofá y olvidarse del ruido de fondo mental, confiando en que el autor dirija el fluir de nuestro pensamiento a través de un universo y un hilo narrativo lógicos. No; en el Ulises, la relación bilateral entre el sujeto emisor del mensaje y el destinatario exige de este último una participación activa en su configuración, pues los resortes de la narración ortodoxa saltan por los aires, y es el lector quien ha de adaptarse a este contexto y reconfigurar en gran medida los códigos de lo relatado, algo parecido a lo que ocurre en el ámbito de las artes plásticas con los suprematistas rusos, donde al espectador le aguarda un arduo trabajo interpretativo, pues habrá de moldear con el tamiz de la subjetividad cuanto el artista pone a su disposición. También le aconsejaría a aquel señor que se dejara arrullar por una prosa alambicada, a veces incomprensible, a veces exasperante, siempre asombrosa, sin albergar expectativas inmediatas de saciar su instinto de coherencia, y que se recreara en la tensión de verse sorprendido por esa imagen al acecho que puede surgir en cualquier momento, o participar en el juego de las miríadas de referencias extraliterarias, identificables o no, insertas en el texto, pasando página con la expectación de ignorar qué ha de encontrarse en la siguiente, cuánto más si hablamos de capítulos, cada uno con su propio planteamiento y diferente técnica narrativa. Y así, al alcanzar la cumbre tras dieciocho capítulos de viacrucis, podrá uno rememorar lo vivido y observar la magnitud de cuanto ha dejado atrás.
Con tales premisas, el esfuerzo habrá merecido la pena, porque si dura es la brega mayor la recompensa, y se lo dice alguien aún recién noqueado después de este largo mes transcurrido desde el Bloomsday. Joyce lo hace a uno mejor lector, más fuerte, más dúctil ante la complejidad del discurso.
El año que viene, me meriendo los siete tomos de En busca del tiempo perdido sin despeinarme, ya lo verán.