Hoy examinaré unas palabras de Faulkner: “El objetivo de todo artista es detener el momento que es la vida, por medios artificiales, y retenerlo, de modo que cien años después, cuando un extraño lo mire, vuelva a moverse, dado que es vida”. Dicho lo mismo que Faulkner que me recuerda lo que soy, pero con variantes intuitivas:
1) Recuerdo, lejano en mi alma húmeda, como si viajara por algunos autores, deslizando mis brazos por entre unas barras, con mis mismas monotonías, llegando a la ficción de mí mismo;
2) ¡cuánto tiempo hace que escribo! Estoy sentado, pensando en Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick, a sabiendas de que el fingimiento involuntario de los sueños nunca me estanca como un lago monótono, entre pasajes monstruosos y desiertos;
3) Faulkner se refiere a mí directamente. ¡La realidad! La realidad de las palabras de Faulkner no se extingue como el lamido de una ola;
4) me despierto, me levanto para anotar los fragmentos de pesadilla que se amontonan en mí. Alguien me está diciendo: “Algunas ilusiones dan vida…”;
5) dentro de unos setenta u ochenta años sólo yo recordaré a Elizabeth Hardwick y aquellas palabras de Simon Leys: “La gente que no lee novelas ni poemas corre el riesgo de estrellarse contra las murallas de los hechos o de morir reventada bajo el peso de las realidades”;
6) al reflexionar acerca de esto y tras leer el prólogo de Antonio Muñoz Molina que acierta diagnosticando la obra: “Este es un libro que no se parece a ningún otro. Tiene algo de novela pero no hay en él una trama y su protagonista es la misma narradora”, no quiero entrar en la desesperación, mis esfuerzos, mi ambición, mis energías ilimitadas debieran descifrarme nuevos relieves;
7) he pensado en su biografía. Fundadora de The New York Times Book Review, ganó como ensayista la medalla de oro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias. Tenía un ansia incontenible de devorar libros sin zozobra. Estuvo casada con Robert Lowell, alcohólico ante la enormidad de su tarea de escribir que, si no recuerdo mal, inspiró a Sylvia Plath y John Berryman. Sus verdaderos fans saben que Noches insomnes es su obra maestra, escrita con 63 años. Una noche resume mejor que nada los niveles del ser: el animal, el divino, el anímico y el elemental. “Billetes, migraciones, preocupaciones, propiedades, deudas, cambios de nombre y vuelta a cambiar otra vez”, decía con obstinación. “Y todo esto por haber leído muchos libros. Y así, de Kentucky a Nueva York, a Boston, a Maine, a Europa, arrastrada por un río de párrafos y capítulos, de verso blanco”. La peripecia en la lectura sólidamente anclada en la vida;
8) pongo un anuncio y busco un escritor que quiera ver lo limpio que está todo en Noches insomnes y que redacte una nueva versión con individuos oscuros y tímidos que superen los asombrosos obstáculos a que se enfrentan día tras día;
9) ¿qué pensaría Elizabeth Hardwick si leyera esto? Como un explorador que llega a la claridad, seguramente casi sin saberlo, vuelvo al punto de partida de lo que quiero decir en un momento supremo: la autora de Bartleby en Manhattan, hace que mis pies no toquen el suelo con su literatura, me deslizo como sobre patines, con los ojos avizor;
10) espero en vano a que Elizabeth Hardwick pasee por la bahía de Santander y, como una flecha, penetrante, extraordinaria, me diga: “Me fui de viaje y, naturalmente, de repente todo es nuevo”;
11) maldita la gracia que las escaleras que tengo que subir cada día al llegar a casa no sean otra cosa que mis dificultades en las que tardo un rato increíblemente largo. Vuelvo donde suelo. ¡Atrás, Llenísima de Culpa! Atrás, ha llegado el ángel guardián y voy a tener que devolverte el anillo;
12) el libro de Hardwick editado por “Navona Ineludibles” es un sutil artefacto que no pertenece a un género preciso y requiere una lectura sin estilización ni etiquetas. Yo sé que todas las noches insomnes son distintas. Los Bomberos Farenheit quieren quemar libros desgoznando la mandíbula;
13) oigo a Elizabeth Hardwick con síndrome de repetidora: “Rilke imaginó el único deseo de una tapa de latón, permanecer cerrada, ajustada a la perfección a la lata que le correspondía”. Ni estoy loco por escuchar lo que me diga Elizabeth Hardwick ni por coger un librito de Balzac que se titula: Sur Catherine de Médici;
14) arquitectura, arquitectura, arquitectura, el libro de Walter Pater sobre el Renacimiento me trae arquitectura;
15) temí esta noche haber perdido el libro de Elizabeth Hardwick pues no lo encontré en la mesita mientras me escocía todo el cuerpo y tenía la cara caliente y pensé que ya no sería capaz de acumular citas como ésta: “Si pudiéramos saber qué debemos recordar o fingir que recordamos… Que bastara con tomar una decisión y, de todas las que se han perdido, volvieran a aparecer las cosas que deseamos”. Mete lo insólito en lo cotidiano. Es un libro asombroso. La veo como un espectro revoloteando entre dos mundos.
Esta mañana no paré de alterar textos. El ángel guardián con camisa roja de seda desliza sus delicados dedos sobre un Arpa Negra. Escucho “Harvest Moon”, de Neil Young. Llevo siete de los diez capítulos del libro insomne y el pensamiento no lo borra la niebla con el temperamento de una máquina. Noches de oro. Noches con vocación modificadora que resplandecen. Hallarse en un agujero cuando el día es tranquilidad y enajenación y se acerca la noche, asistir al desfallecimiento gradual de cuanto fuimos.
A veces me digo, espectador de mí mismo, que escribir es aumentar las proporciones de lo desconocido. En la soledad de la escritura se puede escuchar una voz potente si se dispone de tiempo libre. Noches insomnes que brillan, concretas, definidas. Yo soy el que encierra cada necesidad donde empieza el artículo, un cuchillo realquilado con el que huyo de la pesadilla del vivir. Me detengo y pienso en los distintos aspectos de la verdad. Leo el siguiente capítulo de Elizabeth Hardwick sin las Bestias Frías que no esperan nada. Tengo que hacer de mí mismo, con el boyante negocio de contener multitudes.