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MENÚ DE POBRE

Emmy Ball-Hennings entre las fieras atroces

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 06 de agosto de 2019, 19:38h
Actualizado el: 08/06/2019 19:47h

El Paseo Editorial es terreno hoy en España de secreta joyería verbal, márgenes lujosos, libros del cortocircuito emocional y amplia y viva calidad artística. Segunda edición, hasta la fecha, de la biografía o quest de Emmy Ball-Hennings entre todas las fieras atroces de la bohemia, gardenias mojadas de arrabal, poetas locos, vida en llamas, cuchillería de las rosas, perfume espirituoso en los mejores vidrios rotos y puñales al descubierto: El ángel dadá (El Paseo). Un hechizo, en viñetas, a dos manos, que solo nos puede llevar a la locura maravillosa de estar vivos: Fernando González Viñas y José Lázaro. Fiebre lírica cercana al mejor infierno, páginas de oro, mundo secreto donde la voluntad mártir y lesiva es siempre la mejor supervivencia.

Emmy Hennings, fundadora del Cabaret Voltaire junto a Hugo Ball, poco más que un cura, frígido y poco dado a los baños carnales, inteligencia luminosa y mirada arcana, está cerca del mito. Nació con carita de ángel, se casó y sufrió la muerte del hijo y la posterior huida del marido, hizo del nomadismo la mejor aventura, sobreviviendo por medio de la prostitución o la limosna. Pronto el arte es la mejor excusa: el teatro ambulante mucho tiempo, harta de pedir pan y fruta por las puertas, mientras su pareja ocasional robaba en los caminos lo que podía. Las tablas primero, actriz ocasional o cantante sensual para borrachos, fue el mejor susto. Empresarios teatrales, hosteleros, caraduras, todos se aprovecharon de su ingle de oro y rubíes. Ellos prometían letras enormes con su nombre en los mejores teatros y ella les susurraba al oído su epitafio cubierto de las heces más brillantes.

La vida, la supervivencia, fue dejarse llevarse y no retenerse. Era libre y salvaje, era anónima y salvaje, pronto fue lista y salvaje. Trata a intelectuales, el primero John Höxter, dibujante y pintor, homosexual y escritor, grabador y gafas redondas con bonete ladeado de parisino-berlinés siempre en el recodo fantasmal de la pose. Höxter la mete en la morfina, como primera fiebre, y en la escritura, como locura total. Berlín, alrededor de 1910, en el Romantischen Café o en el Café Des Westens todo eran periodistas de mala vida, escritores sin libros, artistas pobretones, prostitutas cansadas y revolucionarios sin ganas por levantar el culo del taburete. Comienzan a editarse revistas de los bohemios más peligrosos: Der Blutige Ernst o Die Aktion, que luego dirigirían magos negros como Georg Grosz o Carl Einstein. Höxter, que siempre presumió de “suicida sin experiencia”, acabaría suicidándose por culpa de los nazis, y nuestra Emmy, carita de ángel siempre, pasaría a otro amante, Ferninand Hardekopf, duende imberbe, buscavidas en la noche, apache como llamaban entonces a todos los pillos de ocasión, amante por perras del propio Höxter.

En sábanas almibaradas, dinamita del sexo a deshora, morfina y alcohol, sulfonal y coca, Emmy apura todo el mar desde la isla quieta. Le viene bien el contacto con la bohemia radical a la que cuando interrogan sobre si se cansa de escribir siempre responde: “¿Te cansas tú de respirar? ¿Se cansa de latir tu corazón? ¿Se cansa tu lengua de cantar? ¿Te cansas de amar?”. Noches interminables en el Cabaret Bunte Vogel, Linden u Olympia. Entre el teatro y la varieté, nacía en Alemania el cabaret, exquisito durante Entreguerras, brillante en Zúrich con el Voltaire, sí, pero germen todo él mucho antes en el Chat Noire de París. Emmy sigue con sus escritores del brazo y la venda en los ojos: Alfred Kerr, pronto París sin maleta ni morfina, la juventud del semental Hardekopf como peto y espaldar, tugurios, chulos, putas, borrachos, navajas… la ciudad era una fiesta donde las almas cautivas podían ser D´Annunzio o Isadora Duncan.

Emmy irracional, Emmy ocasionalmente lésbica con Natalie Barney, Emmy despectiva con Marinetti, Emmy en el delirio azul de las enfermedades pobres (tifus) y un guaperas siempre a los pies de la cama mirando muy fijo, como si fuera un muñeco. ¿No tenemos dinero para un médico? Siempre será más barato que un ataúd. Emmy en trato y contrato con el gran dramaturgo de la época, Wedekind, reina por él de la escena, Múnich ahora, Kurt Hiller y Van Hoddis como maestros de ceremonias, puterío fino y cadáveres entre el hielo que es preciso cortar con sierra para sacarlos. La cárcel y los poemas de la cárcel, la libertad y la pareja de El jinete azul, Kandinsky y Franz Marc, láudano para la tos y sinfonía de colores, preguntas irreverentes y respuestas de poetisa. ¿Y usted, señorita, a qué recurre cuando el dolor de vivir se hace insoportable? A todo lo necesario, oiga y, últimamente, a la penumbra mohosa de las iglesias.

Emmy, Emmy, loca por horas, Van Hoddis a su lado con el abrigo raído y la mirada perdida por locura y droga. Noches de jazz, amantes de jazz, anarquistas del jazz, locas que construyen muñecas por las noches como Lotte Pritzel, fuente y espita de nuevos besos mojados, chorreantes de morbo. Hugo Ball finalmente, raro y frígido, mucho mármol y poco fuego, a quien Bakunin y Marx dejaron con el pito para abajo. Amor en suspenso o interrogación al otro lado de la línea, aparato sin cable, traducciones de Kropotkin como otra forma de no pagar en los bares, revoluciones callejeras, cárceles nuevas, Dadá más que nunca como balbuceo infantil, tugurio el Voltaire donde el personal pagaba con humo y solo había nubes a la hora de hacer la caja. Noches de Tristan Tzara y el acoso de Lenin, Emmy más carita de ángel que nunca, verso y ángel negro, Hans Arp relamiéndose del gusto, solo ella supo vivir sin aburrirse, eterno bostezo sin ruido, mirada larga dotada con el poder de la resurrección, cuerpo que al amarlo siempre desaparece. Pura belleza.

Diego Medrano

Escritor

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