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LETRAS DESDE MÉXICO

Relaciones exteriores, cambio de nombre

viernes 09 de agosto de 2019, 19:57h

Hace unos días esta columna se refirió a la forma palaciega como se comportan en el orgulloso equipo de la IV-T, la "Cuarta Transformación" de México, aun no culminada y quizá ni iniciada.

Ya están como los viejos priistas, “con usted, Señor presidente, hasta la ignominia”.

Pero quien cumple esa obsecuencia a los ojos del mundo, es Marcelo Ebrard, el secretario de Exteriores, quien ahora teje el vistoso discurso del disimulo en cuanto a los motivos profundos del ataque y matanza de Texas, la cual ha causado una indignación nacional como no se veía desde la batalla de San Jacinto o la toma de la ciudad de México por las tropas de Winfield Scott, en 1847.

Pero de acuerdo con la interpretación dictada desde el Palacio Nacional a los funcionarios mexicanos de la IV-T, tan sumisos ante el gabacho como no se tiene memoria reciente, en Estados Unidos no hay ninguna directriz política superior cuyo aliento impulse a los supremacistas a probar su superioridad.

Es como si los muchos discursos odiosos de Donald Trump jamás se hubieran pronunciado. Trump, es cierto, no inventó la denostación ni la injuria contra los mexicanos, ni inauguró la cultura de las armas. Esas actitudes han dominado a todos los políticos estadunidenses, contenidos a veces, por las buenas maneras de su muy especial forma de comprender la diplomacia.

Pero —también eso es verdad—, el actual presidente americano ha incorporado como un valor americano, el desprecio formal los mexicanos y a a los Centroamericanos.

Y México se ha fajado los pantalones… en los tobillos.

Dos políticos ilustrados de la IV-T han salido a decir en público (sendos artículos publicados en “El Universal” y “Milenio”, respectivamente). Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos de Segob y Ricardo Monreal, presidente de la Junta Política del Senado, han publicado cada uno, su compendio de lugares comunes y en ambos textos la inspiración de Trump, brilla por su ausencia. Como si nada hubiera ocurrido jamás.

Dice Alejandro mientras sigiloso camina por las ramas de los “human rights”:

“…Esta masacre debe marcar un hito en las relaciones de nuestro país con el vecino del norte, donde no basta enfrentar el grave problema del tráfico ilegal de armas, sino que debe atenderse la defensa de la vida y de los derechos de la población migrante, mexicana o de otras nacionalidades.

“Pero también constituye una alerta ante el resurgimiento en México, de los sentimientos discriminatorios y el odio racial, de los que no estamos exentos…”

Su artículo no vale ni siquiera por la lectura entre líneas. Y cuando culmina su blanda caminata por los arbustos, Encinas toma el sahumerio:

“El gobierno de México ha asumido un compromiso, por el pleno respeto a los derechos Humanos y el principio rector de la igualdad y bla, bla, bla…”

Pero la orden de no tocar a Trump ni con el pétalo de una insinuación, también se cumple en el Poder Legislativo. Esto ha escrito Ricardo Monreal:

“…La respuesta de las autoridades estadunidenses fue importante y certera, al tratar como “terrorismo interno” todos estos ataques a civiles inocentes que han enlutado hogares estadounidenses y mexicanos por igual. Incluso obligó al presidente Trump a condenar expresamente el racismo, la intolerancia y el supremacismo blanco, aunque no el uso de las armas…”

Hasta donde esta columna sabe, por la superioridad blanca, Trump prohibió el ingreso de personas con pasaportes de países musulmanes. No importa el destino judicial de esas órdenes ejecutivas. Simplemente lo hizo. Y no hay espacio, para recordarle a Monreal cuántas veces Trump les ha dicho animales los centroamericanos, ni cuantas, ladrones, violadores y delincuentes a los mexicanos.

Al paso como vamos pronto se le cambiará de nombre a la SRE por la de “Felaciones” Exteriores.

Las interiores, ya sabemos.

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