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TRIBUNA

Infiernos de poetas

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 09 de agosto de 2019, 19:58h

José María de Areilza recomendó en 1934 a Ramiro Ledesma Ramos la lectura de los poemas del entonces – y ahora más – casi desconocido poeta Ramón de Basterra, posteriormente homenajeado como “laureatus” en los años cuarenta en los inicios de la España de Franco, y cuya hermosa obra fue publicada en “Ediciones Jerarquía”, con encendido prólogo del Conde de Motrico. La romana poesía de Ramón de Basterra anticipa la estética de la España Nacional que se alza en julio de 1936, con pretendida morfología clásica de emperadores romanos. La poesía de Ramón de Basterra profetiza – o más bien vaticina - y prefigura ella misma la estética falangista y jonsista, no fascista, en cuanto que el sublime paganismo clásico, entre festones y ritmos hexamétricos, se asperja con el refrescante espíritu cristiano y se transciende en un orden adintelado de sensibilidad moral cristiana. Aquel falangismo fue ante todo ignaciano. Magnífico es el poema en alejandrinos pareados en que Bastierra canta épicamente el juego de la pelota vasca. “Es esfuerzo y dolor su deporte”. Sin duda alguna, uno de los poemas étnicos más hermosos de toda nuestra Literatura. Bardo inspirado de las bellezas del norte de España, de Galicia a Cataluña, reivindica la presencia constante de la Reconquista. “Hasta colgar campanas de redención un día/ sobre los campos moros mudos de Andalucía”. Entona cantos tirteicos a la Europa que confluye fuerte en el bimilenario camino de Santiago. “Fraternalmente,/ Las hermandades/ Del Occidente”, y gloriosos vaticinios sobre España: “Voces han de sonar, en aromados vientos,/ los que ahora son mis más secretos pensamientos. / En el rosa y azul de futuras mañanas/ proclamarán mi sueño las trompetas hispanas”. Su locura y muerte prematura, ocho años antes de nuestra Guerra Civil, lo sitúan al lado de otros poetas-vates de su época, como es el caso del moraleño manchego Luis de Espinosa. La locura postrera y la muerte silente le hicieron vivir fronterizo a ese infierno que tan bellamente nos ilustró ese gigante que fuese José Bergamín – su craso error político para nada quita esa grandeza suya en la mejor prosa crítica y hermenéutica de la Literatura Española: nadie es genial en todos los ámbitos de la vida – en su magna obra Fronteras Infernales de la Poesía. “El hijo de estas cimas vive allende la muerte,/ en un edén de montes, de hierbas y neblinas/ que se pisa con blandas abarcas campesinas”, reconoce Basterra. Y sobre el infierno afirma: “El infierno, ese rojo, aborrecible abismo,/ no sería sino el no amarme a mí mismo/ con el amor profundo de perfección. Mi lema/ alcanzar, bajo el sol, la actividad extrema”.

Ya Chateaubriand expuso de forma explícita la ultratumba y el transmundo como esenciales asuntos de la poesía. Porque el verdadero asunto no es la muerte en sí, sino, como dijera Séneca, su guarida, el infierno, la morada de la muerte, la manida, refugio o asilo de los muertos. A menudo los grandes poetas, y no sólo Dante o Milton, se nos han presentado como errabundos y solitarios soñadores de infiernos y paraísos fantasmales, turistas del infierno y del cielo, viajeros, en fin, de ultratumba.

La vida humana puede tener contratiempos inhumanos peores que el estado de infierno. Vemos en Séneca, otro turista de la guarida de la muerte, que cuando Hércules regresa del infierno tras rescatar a Alcestis, que por amor dio la vida, y la gran diosa rencorosa lo castiga con una locura momentánea en la que el héroe mata a sus hijos y a su mujer, Hércules exige a su Padre Zeus: “Devuélveme el infierno”, pues que la guarida de la muerte es la mejor opción y el único lugar con piedad para un padre destrozado como Hércules.

Siempre que nos ponemos a leer la Divina Comedia nos parece que estamos pasando las luminosas hojas de un texto miniado, como los maestros vidrieros inspirándose en la Biblia de San Luis: la evocación de esa realidad de visión nos comunica una especie de fervoroso encanto. “Oh ineffabile allegrezza! La “vida nueva”, la verdadera vida, para Dante, comienza en el lindero de la muerte. A partir de este límite el poeta se nos presenta como un desterrado del mundo, y no sólo de Florencia. Si de una manera material y efectiva el infierno de Dante pudiera visitarse, como la Capilla Sixtina o el Duomo de Milán, o los Uffizi de Florencia, o las catacumbas, o como cualquier otro de los tantísimos y concurridísimos lugares de turismo artístico en Italia, seguramente gozaríamos de todas las facilidades habituales para visitarlo. Y el número de turistas curiosos sería muchísimo mayor en el Infierno, que si pudiesen visitarse también los otros lugares del poema: el Purgatorio y el Paraíso.

También nuestro Bachiller Fernando de Rojas es, según Bergamín, un viajero infernal casi desconocido. En efecto, una de las más hondas y veraces conclusiones que sacamos de la lectura de la Celestina es la de su experiencia infernal, negándose a encubrir lo humano y manifestándolo tan expresa, tan expresivamente encendido por la llama espiritual de su infierno. Pues lo “demasiado humano” de este mundo celestinesco, dentro del cual perecen Calixto y Melibea, es su demoníaca y satánica espiritualidad. Menéndez Pelayo, siempre con su genial intuición de sabio, llamó certeramente a Celestina “Séneca con faldas”. Todo en esta tragicomedia es una trampa del infierno. Menéndez Pelayo creía firmemente en la autenticidad del satanismo celestinesco. No mueren por amor Calixto y Melibea, sino por un hechizo. “La muerte, por uno que come con tiempo, corta mil en agraz”, nos dice esta Séneca con faldas, esta endiablada Celestina con oratoria de teólogo de hora prima, garabutada puta vieja, alcahueta, emplumada, acuchillada, barbuda, robada y asesinada ella misma. Luego no nos parece que la muerte y el tiempo estén muy de acuerdo. Lo sabemos muy bien. Al contrario, se diría que es la muerte enemiga del tiempo, contraria suya; y por serle de tal modo, un verdadero contratiempo espiritual para el hombre. Muriendo los amantes, la Celestina los condena eternamente al amor, mensaje infernal y humanísimo de Rojas, oculto en sus acrósticos. Celestina, sí, los condena espiritualmente a una eternidad de amor; a la eternidad de su inseparable amor lujurioso de pareja humana. El contratiempo de la muerte, contratiempo espiritual para el hombre – nos recalca Bergamín – es el mejor amigo del amor lúbrico en la pareja humana, porque les otorga a los amantes, de una vez y por siempre jamás, la eternidad espiritual del amor carnal que ellos quieren.

“Un dios habita en mí; yo soy un dios caído” ( Ramón de Basterra )

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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