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El regreso entre laureles de Susana Pérez-Alonso

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 09 de agosto de 2019, 19:59h

Excesiva, charlatana, rica, lisérgica, radioactiva, niña, espía, abusiva, lírica, torrencial, provocadora: la historia personal de la gran escritora es su mayor novela. Empieza a escribir con más de cuarenta años, y el ventilador vaginal, la novela erótica (Cuentos de hombres, Mandarina) pronto la llevan al estrellato. Programas, entonces, junto a Pepe Navarro por la televisión, revistas que compran esos textos para regalarlos, entrevistas repletas de espumillón por Cope y Cadena Ser. Sigue escribiendo y su obra siguiente (Nada te turbe, Nunca miras mis manos, La vida es corta pero ancha, En mi soledad estoy) enciende en el cielo los mejores fuegos artificiales: club bestseller de Mondadori, anticipos de ocho millones de entonces, chófer, estancias en el Palace madrileño, compañeros de baile como Antonio Gala y su culo ladeado desde la baranda en mitad de la astracanada social: “Mandarinaaa, hasta luegoooo, que me voy a Veneciaaa”. Tremendo.

Susana Pérez-Alonso pronto entra en una batalla que en España le cierra todas las puertas: el supuesto plagio por parte de la serie La Señora (TVE) a su obra Melania Jacoby (Funambulista). Pierde cerca de cien mil euros en abogados, editores cobardones la dejan sola, colegas de profesión aprovechan para su venganza siempre motivada por su condición paniaguada, el holocausto profesional lo es personal, pero jamás tira la toalla y la escritura es la posibilidad encendida de la misma música, canto que quisieron ver del cisne entonces pero, realmente, jamás dejó de ser fragua y oración personal. Sus lectores no se han movido, esperándola. Se la ha estudiado como fenómeno social en Argentina, Canadá, Estados Unidos, Portugal y Francia. Dice escribir “para la corrala”, y le gusta añadir “Como Shakespeare, Lope y Calderón”. Concibe sus novelas como textos teatrales, escritos según la secuencia que en ese momento le apetezca, para trenzarse al final en libros urgentes, sin conocer la espera de los ojos lectores, devorados en pocos días por velocidad, vértigo y palabra vivida.

Llega ahora Nada te espante: distribuida por Amazon y una larga cascada de grandes distribuidores, en régimen de autoedición, para ganar más y un poco joder a quienes la despreciaron. Así saluda con el laurel de su triunfo porque a los dos semanas de estar a la venta ya ganó cuatro mil euros, lo que sucede con pocos títulos. Recuerdo cuando Amilibia la entrevistaba (“Usted tiene amigos muy importantes… Usted tiene grandes amistades…”) y ella me contaba que había ordenado la interviú Mauricio Casals, sin importarle todo aquel tartamudeo/cacareo de ave gallinácea. Va en Nada te espante contra un número de etiquetas vacuas (feminazi, facha, machichulo, blogueros, rojos, patriarcado, empoderar…), dedica el texto de forma simpática (“A los idiotas”), suscribe la etiqueta “novela-río” con una sonrisa traviesa, pero dice algo que pocas mujeres se atreven: “Si no logró timarme el universo masculino, menos lo hará un presunto universo femenino que sólo usa esa palabra para tener un poco de espacio en la prensa y una cantidad, normalmente miserable, de dinero en su bolsillo”. ¿Las feministas contentas? Sí, sí. Amenazantes.

Pérez-Alonso es una represaliada y sus “episodios nacionales” tienen mucho de crónica minuciosa de la usura en esta sociedad. Partidos vendidos por el lucro, sindicatos vendidos por la traición, lenocinios peores los de la crítica y la envidia. No lo duda un segundo: “Corren malos tiempos para la decencia y buenos para la idiocia”. Mucho más que el heteropatriarcado o feminismo, lo que la crispa, el motivo de Nada te espante es la red clientelar de muchos para hacerse ricos a costa de engaño y disfraz; lo que siempre fue la mentira social pero ahora en una supervivencia de todas las uñas fuera y la sangre ajena como bebedizo. Seguimos con sus profecías: “Mediopelo y apariencia van unidos en muchos casos”. El juego de los platillos en el aire, donde cuenta tener el máximo posible, fijar la atención en cuantos cotizan a luna y sol, pero ignorantes todos de los rotos y sucios a la altura de los zapatos. Cada cual con su tinglado y todos en el mismo club de putas: “Las casas de mancebía no son siempre prostíbulos, no sólo se comercia con el cuerpo y la carne: un cerebro poseído de maldad puede ser tan prostíbulo como cualquier club de carretera”. Circo romano: pan, circo, lucro y mano negra.

Hay el juego en Nada te espante de la familia, todo el radio de acción de Catalina Béjar del Prado, su heroína flamante con el mundo por montera, pero también de la famiglia: negocios turbios de Sanidad, negocios sucios de recalificación de terrenos públicos, dinero apestoso de Tribunales y Sentencias, ese asesinato silencioso de la respetabilidad social cuando al rascar el olor de lo podrido trae al paladar la peor muerte, la del yo ético o moral. Hambrea España y Pérez-Alonso, por boca de Catalina de Béjar, limpia los charcos y frena la gula de cuantos buscaron antes las lentejas que el plato. Inmundicia perfumada, basura para todos, tiempo sin esperanza para los jóvenes donde hoy toca ganar menos, y mañana menos, y pasado menos. Chascarrillos en el texto que podrían ser otra novela: “Nos habéis dejado el mundo hecho un pingajo. Encima gobiernan los tuyos, no puedes ni quejarte en público. Hasta ese derecho has perdido”; “Vete del partido, coño, y así te quejas lo que quieras”.

El dispendio paleto español por fin desnudo, la crisis que vino para quedarse y ahora es lo dicho: usura y delito. Diógenes eterno: no bajar la basura sino subirla, a ver si podemos trincar algún hueso. Catalina Béjar, desde su óptica acostumbrada de rica muy parisina, glaciar y temeraria, es tan bestia como Barbie, y ello siempre despierta carcajadas en el lector. ¿Lo peor? Todos aquellos –cuenta en alguna parte-, sí, que se creyeron protagonistas de Los miserables, burgueses alzados contra el poder guiando el pueblo y fueron los causantes de su mayor desfalco. La negra pena nos atenaza, pero lo crucial es lo que apunta Catalina, seguir en la famiglia, en la piña, a dos carrillos y saludando desde la mesa con la cola de las cigalas a los conocidos, como hacían Jardiel Poncela o Mihura cuando llegaban las perras gordas de la escena. Citemos a nuestra santa, mártir y no sometida: “La Mafia se asienta en valores familiares. Equivocados o no, lo hace”. Despilfarro, horterada, pretensión de grandeza, chupar del bote: “La red clientelar es siempre fundamental para mantener un sistema plagado de irregularidades. Corrupción, al fin y al cabo”.

Nada te turbe es una borrachera de bochorno donde una mujer, fría y cortante como el diamante, se toma la justicia por su mano -la de los suyos y para los suyos- viendo la profundidad del barro en la poza común. A ritmo de vodevil, saca a la ruina del rincón para alimentar con su fuego en la chimenea una sola palabra, resistencia, la única que permite sobrevivir de manera digna cuando todo se desmorona. Cotizaciones a la Seguridad Social insostenibles (“Pagar autónomos cada mes requerían actos de valor y renuncias que rayaban lo épico”) y la dirección precisa del infierno en cada curva: “La ira fluía bajo tierra como el magma. El día que buscase salida, arrasaría”. Novela de una mujer cuyo mundo no son estas luces, y a cada página ve cuanto separa Ley y Justicia. Su poética es la de poner un país en pie, gota a gota, individuo a individuo, quien vence, sí, porque convence, ajeno al espectáculo de gula húmeda y connivencia mejor salivada entre los peores. Algo, hoy en día, para salvarse y, como quería Séneca, conservarse, de espaldas al acecho, bueno y sano. Solo unos pocos valientes vuelven de la muerte.

Vivió durante un tiempo –en el éxito nacional e internacional- Susana Pérez Alonso en la Plaza de la Cebada, corazón de La Latina, entre gordísimas con cofia y delantal junto a bohemia y abalorios. Conocedora como nadie de los resortes sociales, del buen tono y la alta sociedad, se presentó en una de las fiestas del periódico El Mundo con una amiga, modelo, veinte años más joven, espectacular, capaz de detener el tráfico entero de la Gran Vía. Pronto la zanahoria colgada del palo hizo su efecto y detrás de ellas iban Pedro J. Ramírez, Francisco Umbral, etc. A Umbral le puso los puntos sobre las íes: “No se comen croquetas como si fuesen bombones”. Y ya entonces, a los mariquitas de rigor, les contaba lo mismo de Nada te espante: “Es incomprensible que alguien pida comprensión por tener una identidad sexual diferente cuando yo jamás lo he hecho por ser heterosexual”. Ser persona, y no género, es la valentía de un texto, sin alboroto de clase obrera, conocedor de la miseria social, donde uno se salva desde el yo y siempre en igualdad: “Iguales, siempre iguales todos, con los mismos derechos y deberes, todos nosotros”. Olé.

Diego Medrano

Escritor

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