Marcelo García está en guardia, todo el mundo avisado, trae palabras para oscurecer la pista de sus huellas. La vida le vuelve incombustible a pesar del distanciamiento perverso de todo. Reúne en el espejo fragmentos de Douglas Coupland que aparecen en estado de reposo. Marcelo ve películas surrealistas en la Cinemathèque montada en casa. Tiene un sueño fuerte, poderoso y autoritario. Yo he ido notando que el mejor Marcelo se hace irreconocible. Es invisible porque es la voz del inconsciente. Es el semblante de alguien que espera un taxi que le lleve al club cordial y serio de la lucha. Noto que a su alrededor, con su habitual mirada aguda, está Bret Easton Ellis. Tiene una corazonada, hace un sondeo. La otra noche Bret le trajo “El viejo y el mar”, el nuevo Hemingway le dijo que la frialdad en la prosa tiene que ser instantánea. Unos cinco pisos más arriba del suyo, tiene a Ray Bradbury. Todas las veces que lo ve sacude la cabeza perplejo.
No pierde el encanto de recolectar notas con cualquier detalle de Oviedo que hace que su vida no sea monótonamente uniforme. El Derecho no se convirtió para Marcelo en un instrumento útil, fue rápido y nada esclarecedor. Una vez que da su palabra, se mantiene fiel a ella a toda costa. Tampoco se le puede sobornar, a no ser que seas un gato y de ti escuche las observaciones más penetrantes. Ser escritor es convertirse en otro con la exaltación que lleva a la destrucción y disfrutar con la rara experiencia de sincronizar los pensamientos. Stephen King le hace unas pocas preguntas y le recomienda antes de hacer recados guardar sus borradores en la “nevera” tres meses. Marcelo García “¡Cuenta, cuenta!”. Se confiesa, gime, se queja, exige siempre un tributo. Se refugia en la honestidad. Me interesa el prosista equilibrado y lírico que deja la ética de la madurez en la repisa de la chimenea. Marcelo es intemporal, está un poco serio a veces cuando el hielo está en un estado desastroso, ardiendo como un cirio, pero constantemente.
Esta semana leo con fervor furioso sus “Cartas de amor después del ecocidio” (Arola Editors), con el que logró el Premio Vuela La Cometa en 2015. Los títulos de sus novelas bastan para hacer que me dé vueltas la cabeza. Su almacén de conocimientos le hacen ser un escritor solitario entre la multitud. La ficción especulativa no lo desvía del cumplimiento de su deber: “Cuando califican la novela como de ciencia-ficción yo suelo erizarme como un gato. Acepto que se trata de una distopía, pero una distopía en tiempo real...” Alegre fiesta de gatos. Tiene que protegerlos, no quiere brillar más que ellos. Necesita disfraz de gato, ama el sentimiento de que ellos son los más fuertes. Cuanto más le hablan los gatos, tanto más se impresiona con las facetas de su personalidad. Va siempre por delante. Si fuera un gato con nueve vidas, estoy seguro de que acariciaría la Tierra con las entrañas del lenguaje en casi todas puesto que fue pionero en llevar el Cambio Climático a la novela (Vemos por ejemplo hoy, en Colonia, a unos estudiantes subidos en bloques de hielo con una soga al cuello para llamar la atención sobre el efecto del calentamiento global). “Está claro que los gatos nos llevan milenios de ventaja en ese negocio de la supervivencia -decía Marcelo-, pero… ¿cuándo y cómo han conseguido ese par de vidas extra? Y bueno… supongo que esos chavales de la Juventud por el Clima van a tener que aprender mucho de los gatos (y de las cucarachas) para sobrevivir a todas las minas climáticas antipersonales con las que las generaciones anteriores hemos sembrado el Planeta”.
El Marcelo de las “Cartas...” lo advirtió hace años: a) Una mentira perfecta es lo mismo que una verdad absoluta; b) los microbios que se crían en las aguas en ebullición alimentándose del dióxido de carbono y el metano que escupimos al aire se alimentan del plancton, hasta envenenarlo y extinguirlo por completo; c) ¿recuerdas cuando aquel enjambre asoló nuestros cuerpos jóvenes y bellos mientras nos besábamos en la playa de Sitges una tarde después de los pases del Festival de Cine Fantástico? d) El veneno no es más que una evolución, una mutación, de las propias proteínas universales diseñadas por todos los organismos; e) Creo que todo el mundo me mira con desconfianza pero luego me doy cuenta de que, en realidad, todo el mundo mira con desconfianza a todo el mundo; f) Los hospitales están saturados. Los tanatorios y los vertederos desbordados de cadáveres. Hay una epidemia en la ciudad… etc. Una vez le dije que Palanhniuk consideraba su propia escritura como música punk pues empieza de forma abrupta, avanza rápido y termina antes de que te hayas dado cuenta. “Sí, de acuerdo con los inicios punk, aunque últimamente parece estar en un proceso de transición hacia la canción melódica… aun así, sigo ‘escuchándolo’. En cuanto a la mía, supongo que podría ser algo así como el cuaderno de un psicólogo tras una sesión con un paciente esquizofrénico o con trastorno límite de la personalidad… cierto componente metanarrativo que se solapa con un montón de voces diferentes que resuenan a distintos niveles”.
Marcelo nunca pega ojo con (La) Soledad devorando un desayuno delicioso. Camina con los pies del sueño, con todo cerrado, revuelto, sacudido. Me recuerda con su novela audaz al comienzo de Roberto Bolaño: “He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado”. Sin latir tembloroso no piensa en el próximo título de su libro por llegar sino que repara en las sedas de otros tiempos mejores, de otras ciudades con pájaros gorjeando, de otros guettos entre la realidad y la ficción. Demo, el protagonista de las “Cartas...”, que lleva haciendo bien unos cuantos años lo que otros empiezan a hacer mal, se sabe el Apocalipsis: “Bienaventurado el que lee y los que escuchan las palabras de esta profecía y los que observan las cosas en ella escritas, pues el tiempo está próximo”. Su cualidad especial es hablarnos de Titus. Éste “no es una leyenda urbana” sino que disfruta jugando con una seriedad completa. Consigue a veces las cosas sin que cueste trabajo. Cuando te va a atacar, primero te avisa. Te lo dice sonriendo. Y cuando acaba, te levanta y te pregunta si te ha lastimado mucho. Las palabras mágicas de Titus son: “Bondad y Maldad son conceptos que ya hace mucho tiempo que se han quedado obsoletos”. Disociación del yo escribiendo cada día puntualmente durante una o dos horas. Disociación de la conciencia escribiendo probablemente sueños y fantasías, tarareando y silbando. Marcelo está ahí, no se toma el tema demasiado a la ligera. Lleva en la mano raíces, cucarachas, películas. Cuando se le pregunta si “Lo que el viento se llevó” o “Alguien voló sobre el nido del cuco” responde como en el centro de una nada: “Si ahora te dijese ‘Lo que el viento se llevó’ probablemente te quedarías igual de trepanado que Jack Nicholson al final de la adaptación de Milos Forman y, por nada del mundo, queremos que eso suceda, ¿verdad?… Locura siempre”. El gusto por lo freak que lleva a calles alucinantes, en que todo es silencio. Marcelo arroja sombras portentosas sobre las rejas que nos confinan, piensa en las norias de las ferias que te llevan en pequeñas jaulas en vastos viajes circulares, ve a Cleopatra con las áspides llamando al timbre cada mañana, tiene los ojos demasiado abiertos, como un médium en trance. “Hemos de estirar el tiempo de descuento de un partido que hace tiempo que hemos perdido”, dice. Deambulo a la luz violeta del crepúsculo hasta encontrarme con Bret Easton Ellis, ilustrado y dandi. Él me dice que las supersticiones pueden vivir cabeza abajo. Pueden crecer entre las piedras.