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José Esteban: el éxito de todos los fracasos

martes 13 de agosto de 2019, 20:07h

No son solo unas memorias literarias al uso cuanto una discoteca entera de nombres ilustres y andanzas heroicas: Ahora que recuerdo (Reino de Cordelia). La narizota más roja del madrileño Café Gijón, eterno vaso de vino o café con leche desde los años 50 a la actualidad, de Miguel de Molina a Vargas Llosa, de Caballero Bonald a Benet u Hortelano, de Baroja a Juan Larrea, Luis Rosales, Cela, Lauro Olmo, Alfonso El Cerillero, Viola, Bousoño, Umbral, etc. Angel González lo pintó al natural: “El gran éxito de Pepe: la suma de todos sus fracasos (taurinos, editoriales, literarios, vinícolas...)”. La vida literaria sin respiro, en puro resuello, bajo el perfume que de él dio en vaporada Bryce Echenique: “Yace aquí el escritor que más amigos escritores tuvo. Era un bicho raro”. Barojiano, galdosiano, obseso textual, erudito del cocido y todas las bohemias, editor de los que se reía arruinándose, azotacalles intempestivo hasta las claritas del alba y la luz tenue de la última farola, goloso de la palabra bien dicha, borracho famoso, faltriquera en llamas, la vida siempre por la letra, una forma única de supervivencia entre libros y proyectos imposibles.

Torrente Ballester, Paulino Garagorri, Luis Felipe Vivanco, Onetti, Generación del 36, Generación del 27, Cántico, Aleixandre y Gerardo Diego, más nombres que la guía telefónica. ¿Dónde empieza todo? En el mismo sitio donde acaba: Café Gijón, gabarra con más de cien años de navegación por el proceloso mar del Paseo de Recoletos, cien años sorteando acontecimientos, viviendo historias, acaparando anécdotas, poblándose de fantasmas: “Este gran navío atracado en la orilla izquierda, cumple las mismas funciones que los grandes vapores donde se desarrollan las historias de Mark Twain subiendo y bajando por el río Mississipi (…) Y a veces, cuando las noches de invierno son frías y en Recoletos aparecen los lobos, el Gijón se mueve lentamente hacia la desembocadura del mar, que es el vivir”. Tiempos heroicos, inasequibles al desaliento, donde los sábados por la noche todos los rincones de la sala estaban llenos de poetas: humedad donde crece el hongo, haya o no dinero, y en sus mesas, en aquellos mismos veladores las sombras se afanaban mañana, tarde y noche en el trabajo febril que González Ruano llamaba “a pie de obra”. La caligrafía como temperatura absoluta, escritura y no pensamiento, el obrar y orar ajeno a embates, con la última cornada supurando bilis del color de las ranas, y esa sonrisa rota como puro desafío y temple.

Puede leerse como se quiera, mucha gente guapa y variada (Adolfo Suárez, Carlos Barral, Luis Carandell, las escuderías de Triunfo, el doctor Barros, etc) pero una bonita forma de empezar son siempre los bohemios irredentos, en el embeleco de sus propios sueños, en la dinamita de sí mismos contra el mundo, tantas veces minados o por los aires los sueños más jugosos. Carlos Torroba, entre bohemio y matón, sí, pintor de las largas noches en busca de compañía o de quien le pagara una copa: juventud borrascosa en París, mangas de camisa durante todo el invierno, algún plato de paella en las crudas noches por parte de la casa, covacha en la Plaza Mayor en linde con el cielo, modo de vida de los viejos hampones madrileños, cuadros amontonados por todas partes y lo único limpio una pistola, alucinógena y tentadora, sobre el camastro como verdadero trofeo. Sablazos ridículos, de quince o diecinueve pesetas, por parte de aquel que jamás se peinaba, y no pasaba cinco minutos hablando con una dama sin que ya le hubiese llenado el trasero con sus huellas dactilares, vampiro de blanca la noche noctámbula y abracadabrante, protector de otros paniaguados peores, esa ocasión azul cuando rebaña el pan en cazuela ajena, la de la merluza en salsa verde de Antonio Quirós, a lo que éste le llama la atención y su respuesta es otro disparo, todo juego de muñeca y muleta: “Carlos, eres un grosero, no metas los dedos sucios en mi cena”; “Antonio, coño, yo seré un guarro, pero no soy homosexual como tú”.

La calefactora del ferragosto son los bohemios a la conquista de la Puerta del Sol –frase de época- escritores a la cola en el paseo de la fama y siempre el mismo disparadero de salida, la conquista del café, divanes de peluche al fondo a la derecha, solo el Lyon en la calle Alcalá y el Gijón en Recoletos como mundo ajeno al de las cafeterías, en femenino, no cafés, que empezaban para desgracia de todos. Delgados hasta la exageración como Carlos Oroza, quien pasaba el día con un tomate y media cebolla cruda, retrato con exequias de César Vallejo, arropándose con los periódicos en las peores pensiones, delgadez honda por parte de aquel que, como Kerouac en su relato, prefirió ser flaco a ser famoso, y el desgarro que rompía todos los silencios: “¡Tengo hambre!”. Inventiva y resistencia contra los poetas triunfadores, la maledicencia como virus saltarín y deportivo de mesa en mesa: “Gabriel Celaya, cuando no le veis, se hincha a langosta detrás de un biombo para ocultarse de propios y extraños. Tiene a su servicio varios camareros y Amparo bebe champán a troche y moche”. Oroza misterioso, a la hora de recoger sobres con dinero que llegaban de Lucía Bosé, presuntamente, y otras santas y otras divas y favores o dádivas que nadie sabe ni entiende. Cruel en su miseria (“Aquí llega Buero Vallejo. ¡Qué en paz descanse!”), de recital en recital por las Facultades hasta que los estudiantes lo sacaban a hombros como los toreros y él, desde las alturas, saludaba al respetable: “¡Qué dura es la vida! Nadie sabe lo que se sufre triunfando!”. Bohemio sin picardía, cripta y no boca, “la gloria en angarillas” como dijo Rafael Alberti.

Lolo Adrada y su golfemia: sin recursos para subsistir y, lo peor de todo, sin intención alguna de buscarlos. Uno más de los golfos en busca del café con media tostada o el bocata de chorizo, fantasma del Madrid franquista perdido en unos antros que ya no existían de la ciudad en los años treinta donde era posible el cobijo y la seguridad. Máxima idéntica a la de Oroza en toda su amplia religión: “La ociosidad es el estado perfecto para los grandes acontecimientos”. Farras de vino y tortilla con Lauro Olmo, amparo del viejo Ateneo para con los republicanos irresolubles malviviendo bajo la égida de los nuevos dirigentes franquistas nombrados a dedo, entre surrealista y social, recitador de la vida en suerte como único romance a repetir: “Traer la vida jugada,/ andar a mucho peligro,/ o ser hombre o no ser nada,/ este es el dilema, amigo./Por eso lo canto yo/ a la humana concurrencia/ y aseguro al que nació:/ nadie nace por su cuenta./ El uno se debe al otro,/ esto, oídlo, es la verdad,/ y aquel que no lo comprenda,/ morirá de soledad”. Prosa racial, agresiva y fuerte de Eugenio Noel, peregrino eterno en campaña antiflamenca con sus largas melenas, recibido con solemne pitada allá donde iba.

Revistas imposibles, poesía distinta, manifiestos y los abajo firmantes, niños de posguerra con perfil de pájaro intentando sacar unos cuartos con el morral de lo escrito, surrealistas a la manera de Gabino-Alejandro Carriedo en insólitas formas reflexivas para los tiempos verbales, revistas como Ínsula o Cuadernos para el diálogo, en boca de todos desde su condición de libelo, el entierro de Baroja del que todos vienen de alguna forma, universidad y vinos negros, Cristino Mallo quien, cayeran los chuzos de punta o hiciera un sol achicharrante, llegaba todos los días al café a las doce en punto, sin faltar uno, erguido y despacioso, y hoy con placa en el establecimiento en su memoria: “Mesa de Cristino Mallo, desde ella presidió durante medio siglo la tertulia de los artistas plásticos, honor y galardón de esta casa. Año 1900”. La mañana discurría siempre tal que así: “¿Qué tal Cristino? Mal, oye, como siempre”. Faro de todas las borrascas en los llamados Epigramas del café Gijón: “Es Cristino tal sutil/ tan delgado y transparente,/ que aunque lo mires de frente/ siempre lo ves de perfil”. Repetidor o glosador de aquellas greguerías ramonianas sobre cosas de comer y beber tan imprescindibles: “La gallina está harta de denunciar en comisaría que le roban los huevos”. Cansancio de vivir, socarronería como único temblor entre los labios, fuego vivo en los mejores espejos, vanidad artística y envidia y tristeza, todo mezclado, de un tiempo en blanco y negro donde el oro estaba en los recuerdos bien engarzados, los del propio Cristino: “Solana era un hombre más bien educado, aunque le gustaba mucho soltar tacos. Iba siempre acompañado de su hermano Manuel, que andaba siempre delante. Yo los vi en una ocasión, en plena calle, con un mazo de chorizos en la mano y creo que Solana se murió de tanto comer chorizo. Tenía otro hermano al que llamaban El Caserito, porque llevaba las cuentas del Conde de Aranda, que ya no existe. Los tres eran solteros”. Más Solana en su apetito: “Lo que jode es ese color de cangrejo que se le quedó por culpa del chorizo”.

El Todo Madrid de El Comunista, de El Cock, de cualquier refugio de aves nocturnas, de golfas como Sandra –heroína de La noche que llegue al café Gijón de Umbral- echándose novios pintores –Viola- solo para rasgarles a navaja los mejores trabajos. Pubs ingleses con aditamentos madrileños, Oliver y Bocaccio, solera y marchamo literario, moqueta y tresillos con mucha madera buena, llama ramoniana, la genialidad por la vía teatral, Bergamín como el mayor salto del altar, Pub Santa Bárbara de todas las libaciones y algún monstruo con capa de Seseña, Góngora y Quevedo como tablas para no hundirse náufragos como Chicho Sánchez Ferlosio o Paco Ibáñez, Pepe Esteban como único rescatador de todos los cautivos del olvido literario. Alcohol, humo y niebla, pieles heridas que fueron catedrales del ingenio mayúsculo, honradez de la piedra negra, memorias grandes y vulnerables en esa enfermedad que crece con la nueva y florida lectura, juventud con maestros, rebeldes siempre del franquismo en adelante, ajenos a la parcela del poder, juglares de los poetas luchadores, desilusionados impotentes, los héroes de Pepe Esteban rompen los espejos con el solo parpadeo de su gesto mojado en el vaso donde la sabiduría brota como chipas de genialidad y parrafadas inteligentes, lecciones de viejo sabio, ciego eterno en la esquina recta –como cuchillada o atraco- donde lo escrito se vive a pecho descubierto y a gollete, sin importar vida ni comparsa: “Erratas y jamón, siempre muy sabrosos son”. Mundo donde el camelo pone el nudo y desatarlo es pasar de lo serio a lo festivo. Canta Fernando Huarte Morton –bibliógrafo de Cela y Dámaso Alonso- en el libro: “Trabajando con afán,/ la esperanza te mantenga,/ y, si por el culo te dan,/ no hay mal que por bien no venga”. Éxito sin ningún fracaso.

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