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MIRADA ESCOLÁSTICA

De la desaparición del género epistolar

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 16 de agosto de 2019, 19:54h

In Memoriam de Madame de Sévigné y Horace Walpole

La carta es una de las producciones más antiguas desde la invención de la escritura, la que mejor expresa el objeto de la escritura como elemento de comunicación y consignación de hechos o cosas, y la que mejor capta la época y los contextos sociales. Parafraseando a Terencio, podríamos decir que ninguna carta es ajena al interés de lo humano. Logra transmitir como ningún otro género literario los sentimientos personales y los prejuicios a los lectores de las generaciones siguientes. Suelen ser un modelo de escritos cautivantes, encantatarios, para la curiosidad intelectual que despierta. Las cartas de Plinio revelan mejor la sociedad de los primeros antoninos que la poca historiografía superviviente que habla de la “aurea aetas”, que es un relato oficial plano de hazañas bélicas. Las cartas de Madame de Sevigné, verdadero modelo de género epistolográfico, nos aportan más olores, razones y entornos propios de la Francia de Luis XIV que la misma obra inmoral del propio Voltaire, siendo ésta una exhaustiva y deliciosa relación de hechos y de personas de todos los ámbitos que configuran la gran Francia del Rey Sol. Las cartas de Horace Walpole, el hijo de gran Robert Walpole, fundador del Imperio Británico, traerá el ambiente optimista y delicado sobre el que se edificó la grandeza británica y, sobre todo, los ideales de los ingleses de aquel tiempo de expansión que, en cierto sentido, aún perduran.

Otras muchas correspondencias, como la entablada por Chopin y Liszt, el mariscal Rommel y su mujer, la extensa correspondencia de Galdós, la de Franco, etc., etc., etc. nos revelan, del mismo modo, casi siempre a través de la anécdota, que en la carta adquiere un poderoso valor simbólico, el espíritu de un tiempo que se encarnaba o cuajaba en cosas y hechos concretos, reveladores, y que nos dicen más sobre los hombres y mujeres de la época que la solemnidad oficial de la Historia que en contra de su etimología ya no es la mayor parte de las veces historia contemporánea. Pues no olvidemos nunca que “histôría” quiere decir “relación de lo que se ha visto”. No hay más Historia que la historia contemporánea.

La carta secreta que se desvela puede representar también el colmo de la indiscreción, la expresión de la vida verdadera debajo de las apariencias, la conspiración de Catilina, la brutalidad de Bismarck, el alma maligna y asesina de Stalin…También las cartas nos indican, quizás con tristeza antropológica, que el carácter básico del hombre occidental no ha cambiado, que somos irremediables. El desprecio a la muchedumbre electora de un aristócrata inglés del siglo XVIII, como Horace Walpole, que se ve obligado por el educado sistema a pedir el voto en su distrito familiar de Lynn para la Cámara de los Comunes, se mantiene intacto entre muchos de nuestros representantes. Sólo ha cambiado quién nombra a la nueva aristocracia representativa para que se presenten entre sus electores.

Con los nuevos desarrollos tecnológicos, en donde la imagen de la cosa predomina sobre el sonido de la palabra que designa la cosa, entramos en una época prehistórica en que la condición ágrafa de los ciudadanos se va a imponer, y con ella desaparecerá la memoria del pasado tal como hoy la concebimos. Ya nadie escribe cartas, sino expresiones braquilógicas cuya confección es proporcional en el tiempo a su recepción desechable e inmediatamente olvidable. Efectivamente, la desaparición de las cartas borrará nuestra memoria sentimental, humus o mantillo en el que se asienta nuestra alma propia, obliterará la intención moral de nuestras acciones u omisiones, y convertirá al Estado y a la Administración en gerencias o negociados de tenderos fenicios. Aprendimos a escribir “de verdad” con las cartas, sobre todo con aquellas que pretendíamos un favor profesional, una recomendación, la cercanía a Dios o el amor de la amada. Porque la retórica literaria nace siempre de los más vivos intereses de los ámbitos constitutivos de lo humano, la familia, el trabajo y la religión. Sin las cartas los hechos y las cosas más cotidianos de la vida no hubiesen llegado a la posteridad.

Pero no nos engañemos; la eliminación de la escritura entre las grandes masas, aumentará aún más el infinito poder político que entraña la escritura. En una democracia, asentada en una perfecta sociedad ágrafa, se seguirá entregando el poder – como corresponde a un sistema político basado en la oralidad - a quien mejor discurso tenga. Ese será siempre el aristócrata democrático. Y la fabricación del buen discurso hoy será mucho más importante que en las grandes épocas del libro. El líder político que quiera ganar unas elecciones necesitará los servicios de un hombre culto, un retórico polihístor y polimático con perfil de poeta, un logógrafo, que sepa fabricar discursos que además de convencer, sobre todo atrapen por completo los corazones de la gran masa ágrafa que le otorgue el poder. La verdadera proa de los partidos seguirá siendo la logografía, arte desarrollado cada vez por menos manos.

Desapareciendo la carta, madre de todos los géneros literarios, ya no habrá Heroidas, ni Amistades Peligrosas, ni Pobres Gentes, etc., etc., pero tampoco haiku o tanka, porque muerta la retórica, la sutileza hiperliteraria que supone la hazaña de la brevitas japonesa se hace imposible. Japón estará huérfano también de Mishimas. Dos desmazalados whatsaps agramaticales y mil imágenes de resolución total serán los libros del futuro y los programas electorales que se oferten al rebaño ovino de los hombres. Remedando a aquel gran político, genial e independiente, de infinita curiosidad intelectual, cada sociedad tiene lo que se merece. Y ésta es una sociedad de muerte, aplebeyamiento y antinaturaleza. Vivimos un tiempo que no será nunca pasado porque nunca nadie podrá tener verdaderos recuerdos o auténtica memoria de nosotros, sin los registros insustituibles de las cartas.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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