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DESDE ULTRAMAR

A mujeres: blanco de vergonzante violencia

jueves 22 de agosto de 2019, 20:11h

La sociedad mexicana hace tiempo que enfrenta una violencia recurrente, sostenida, contra las mujeres. No es toda la sociedad, no es a todas las mujeres, pero sucede y es aborrecible. No la creo más o menos machista que otras sociedades. Es machista a su ritmo y a sus formas. Nada más. Que tampoco es concurso y siempre será reprobable toda forma de agresión a quien sea. Toda forma. Y es que la violencia a las mujeres no solo es por machismo. Eso es lo grave. La diversidad de crímenes y la sola afectación así lo advierten.

En ese proceso destacado por agresiones de distinta índole, tono y alcance, a crímenes que van de secuestros y desapariciones a violaciones y asesinatos, revela variedad de razones que los originan. Se arguyen diversas explicaciones, pero ninguna contundente. Tienen a Ciudad Juárez como emblema, pero no como único escenario, ni mucho menos, y son una gama de expresiones antimujeres, deplorable. Gobiernos van, gobiernos vienen y no consiguen solucionar el problema con sus múltiples facetas. La sociedad cambia a paso de tortuga en algunas actitudes discriminatorias, todo lo cual, sumado a debates sobre el aborto pleno o la igualdad salarial, crean un panorama contra la mujer que lo menos que puede despertar es vergüenza, pero sin dejar de reconocer avances o esfuerzos y también rezagos en pro de atenderlo. También hay que decirlo al haberlos.

Resulta innegable que hay un hartazgo de la mujer. No importa su edad y condición, que ante la inacción gubernamental que no está dando las soluciones necesarias y correctas, explica una marcha más, pero con amplia convocatoria, como la del viernes 16 de agosto de 2019 en Ciudad de México. La gota que derramó el vaso fue una denuncia de violación a una menor de edad por policías –que hoy se debate entre que si fue cierta o no– y la torpeza inicial de las autoridades capitalinas frente a ella, que condujo a una sensata reacción de repudio hacia autoridades incompetentes. La dignidad de la convocatoria trasmutó en violencia: una de infiltrados, otra de las propias mujeres vandalizando equipamiento urbano y monumentos históricos. En el segundo caso sin un deslinde claro o una condena desde las organizadoras, ya no digamos de las simpatizantes que han buscado justificar esa violencia a como dé lugar. Su actitud violenta agrediendo un espacio de todos, les ha ganado a las convocantes repulsa también, división de opiniones y condena. Incluso, amenazas en el ciberespacio. Esto último también es condenable, desde luego que sí.

Me ocupo más delante de las manifestaciones violentas. No estoy de acuerdo en que sean minimizadas. Prosigo: documentada perfectamente la lucha histórica por los derechos de la mujer, nadie puede tergiversarla y las cifras que arroja el problema de la violencia encarnizada contra ellas en México, son escalofriantes, indignantes. Impunidad, abuso, abandono favorecen, pero no explican del todo este clima de violencia. Y puede explicar también la inoperatividad de las presuntas soluciones buscadas. Cojo al asar: a diario 9 son asesinadas, 9 violadas y 12 son abusadas sexualmente. En 2019 se calcula que ya hubo 1812 feminicidios, se computan 140 mil llamadas de emergencia por violencia de pareja y otras 352 mil relacionadas con violencia familiar. 8 de cada diez mujeres se sienten inseguras, aumentando esa opinión del 74.1% al 82.1 % como revela la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública. Y desde luego, hablamos de crímenes contra mujeres, sean o no feminicidios per se.

Retomo. No negamos el azoro que causa a todos la violencia a la mujer, su legítimo hartazgo, su cabreo con una sociedad indolente y refrendamos un apoyo contra todo crimen, que va de la prevención a su persecución. Todos nos sentimos ultrajados, agraviados y adviértase: la preocupación por el problema no es de exclusiva incumbencia de las mujeres ni hay total indiferencia. Tampoco se requiere ni la misoginia ni la misandria de nadie. Se requiere de un trabajo conjunto, sociedad y gobierno, de un apoyo mutuo contra este flagelo, que no admite feminismos ramplones que también los hay y no hay necesidad de callarlo ni de atenderlos. No idealicemos activismos, que no siempre son tan asertivos ni acertivos. Y debilitan la solución del tema central: tenemos un severo problema: se está agrediendo a mujeres en formas de muy diversa laya. La urgente atención con nuevas estrategias es relevante, necesaria, y por eso reclama la inteligencia de todos, que vaya por delante del crimen y la agresión. Cobarde por embozada. Lo mediocremente fácil que consigue nada son las pintas y destrucción del equipamiento urbano. Lograr que cambien mentalidades contra la violencia de cualquier tipo, no lo es tanto. Condenemos la violencia. Primero, porque no hay derecho. Así como no lo hay para matar mujeres o agredirlas. Ni como respuesta. No será esta una sociedad que premie la ley del talión. Yo no puedo admitirlo.

El vandalismo derivado de la marcha del 9 de agosto, que denota que se les fue de las manos a las organizadoras, que no han condenado claramente tal, perdiendo la oportunidad para haberse deslindado, mientras claman en los medios la palabra respeto, fue coronado con un megagrafiteo al monumento a la Independencia nacional. No es de recibo, no puede minimizarse para legitimarlo soterradamente. Y no, no es primar esto al otro problema, se destaca porque procede hacerlo. Y para infortunio de las radicales, el ataque al monumento fue precedido de la consigna: “¡tanto aman a su Ángel (los hombres) ahí lo tienen”. Demostraron un odio y una descerebrada postura que niegan, cuando el sitio es el mausoleo de los próceres de la Patria –incluye mujeres– antes que lugar para celebrar los triunfos futboleros a los que se unen muchísimas mujeres, además, que condujo a feministas extremistas a pintarrajearlo. Dieron pena ajena y dígase. Es un espacio público que nos representa a todos los mexicanos. Equivocaron el camino y no han sabido salir de tal. Eso también resulta muy penoso y dígase.

Rechazo así, el burdo discurso tramposo y justificador de chistar diciendo que no importa más las “piedras” que las mujeres. No me deja boquiabierto. Importan, igual que las formas. La ignorancia que soporta el argumentillo es brutal, pues no confundamos: no son iguales, cada cual importa en su contexto, y se parecen en algo irrefutable: ambas merecen respeto. ¿O es qué no? Es un acto censurable por su propia naturaleza y no hace falta compararlo ni confrontarlo con nada más. No revolvamos las cosas. Amplios sectores, mujeres incluidas, lo reprueban, demostrando que a ellas les une la condena a la agresión a su persona, sin duda, pero no las formas. Y apoyamos al feminismo que no pierde ni el tino ni el camino.

Porque al final, ya se ha expresado, combatir la violencia contra la mujer requiere sumar apoyos, no restarlos; sumar esfuerzos denodados implica evitar la violencia en vía de regreso, porque la sociedad necesita de todos los brazos, mas no de aquellos que dividan, ahuyenten, nieguen o que se alzan con la falsa creencia de que solo a tales asiste la razón, intransigentes y soberbios. La sociedad requiere afrontar el asunto prescindiendo de lo que no ayude. De los extremismos. Quien lo entienda, que se una. ¿Qué las revoluciones se hicieron con violencia? No todas, las de las ideas también marcharon por el cambio razonado. Y enfrentaron adversidades, pero primaron la inteligencia de la que nos jactamos. Así que hay de dónde escoger, pero conste: el problema de fondo ahí sigue y espera ser atendido. Un problema donde hay superlativa violencia, pero además una fuerte dosis de postureo que nadas ayuda ni aporta.

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