Los toros ocupan páginas enteras en las hojas volanderas, los toros llenan plazas más que los cuatro estadios principales, los toros siguen más vivos que nunca dentro y fuera del Museo del Prado (si quitan los cuadros sobre dicha temática igual hay que cerrar el chiringuito). El caso –sin dar nombres- es que no veo toros cercanos a la leyenda, a la lucha por la vida, al barro en las ruedas del triunfo o fracaso en una profesión o carrera muy ardua. La mansedumbre es completa, la docilidad o inanidad visten las luces: éste es muy bueno, aquél es colosal, el otro es un monstruo, vale. ¿Pero al lado de quién? Pasa lo mismo con los libros. No veo el equivalente hoy de lo que fue el Boom Latinoamericano en su fecha, por ejemplo, desde Onetti a García Márquez, de Vargas Llosa a, saltando el marbete, aquella forma narcótica e hipnótica de Cabrera Infante de narrar. Veo solo novelas escritas con el móvil, sin subordinadas, y mucho punto y seguido.
Los toros, a lo que vamos. ¿Dónde el equivalente a Manolete? Fue sin lugar a dudas el dandy absoluto de la posguerra española. Todo el mundo se lo decía: aquella mujer (Antoñita Bronchalo, alias Lupe Sino) le traería la ruina. Cajas de Tio Pepe, coca cara y buena en Chicote, vida golfa madrileña, juergas con Gitanillo de Triana, madrugadas sucias sin freno, descontrol y jauría, horas al galope, el desastre rugía como el mayor ciclomotor del deseo: golpe de melena y tanta donosura como desplante. "Manolo, Manolo, ezamuhé te va a traé la ruina co la vía que lleva", clamaba su madre Doña Angustias, rota y segura. Los excesos no tardaron en hacer mella y diana: el diestro mató con la suerte contraria, ese fue su error. Mató al toroIslero saliendo para afuera. En caso de haberlo hecho en la suerte natural, el toro se hubiera ido hacia los medios, pero hizo lo que tenía que hacer en tal caso: girar el pitón y metérselo en la ingle. El embroque fue lento, para muchos ahí el final. Sonó como si se hubiese partido un madero. Un crac dejó al auditorio de piedra y empalidecido. El silencio fue augurio de la peor certeza. El toro saltó y se fue a morir a chiqueros... borrasca, trueno y pena negra o del temblar, dulce y mortal. Lo que nadie quiso hablar: si el toro estaba afeitado (los cuernos en segundas y terceras plazas se manipulaban) y cómo en enfermería, después hospital, nadie sabía lo que había que hacer y murió, presuntamente, desangrado y con nefasta transfusión.
Manolete fue un estilo de vida, una forma de vida, con el hambre en la calle y un desprecio completo por la vida, dentro y fuera de la plaza. Lupe Sino fue la ruina: madrugadas de cante y baile, la muerte caliente en la espesura del pubis derrochón, salud fragilizada por el alcohol y el desencanto como presente azul del espada, los amigos alertados frente a los ojos turbios del maestro debido a farra, delirio, desgaste, desvarío. Lupe Sino: ángel negro, veneno corto, martirologio y final, despilfarro y barra húmeda, disfraz y chulería, mujer en la flor acuosa de la vida, cabellera recién ondulada y oscura agitándose como un estanque de aguas rotas por una piedra, sonrisa del diablo, uñas fuera y muy locas.Investigo en mi retiro leonés sobre vieja obsesión: la vida golfa madrileña en tiempo hostil, guerra y posguerra, cocaína y toreros, la juerga de los tablaos flamencos, la calle con hambre, patas de alambre y Auxilio Social. Inevitable encontrarse con ella, bailaora gitana, reina absoluta de Chicote: Pastora Imperio.
Inmortalizada por Julio Romero de Torres en sus lienzos, modelada por Mariano Benlliure, cantada por Francisco Villaespesa, musa de Gregorio Martínez Sierra y Manuel de Falla para "El amor brujo", plañidera en la muerte de Joselito, esposa de Rafael Gómez El Gallo, amiga de todos los toreros de Madrid, estrella del mundo artístico capitalino, envuelta en cante y baile, toreo y pintura, verso y guitarra, belleza oscura y ojos ardientes, brazos en arabescos por las nubes, risas y resacas, olé y olé, flamencona en escolta y arrogancia superlativa, néctar en la fresa roja y mojada de las mejores bocas incitantes: Pastora Imperio fue faro en la noche madrileña sin concebir vida alguna entre paréntesis. Otro sol negro del día y luna tuerta a las mejores horas de la noche, entre gatos como tigres saliendo de todas las alcantarillas junto a ratas del tamaño de un melón, entre gambas y freudirías, servilletas enrolladas como bolas por las mejores tascas de grifo, azulejo, frenesí y abolengo de Madrid.
Grave Manolete, casi moribundo Manolete, y allí se presenta Lupe Sino a visitar al primer espada, para muchos sin el menor escrúpulo y tras la boda "in articulo mortis", asunto que logran evitar AlvaroDomecq y José Flores "Camará", ángeles custodios del dinero, la profesión y la vida.Lupe Sino en México, el dinero de las luces por el que Manolete encarga en joyería para su madre una esclava con dos centenarios de oro ("Porque mi madre está mal de la vista y más que ver, oye") y la pájara, entonces, cumple el recado de hacerse para sí misma un cinturón con dieciocho centenarios, un collar también con centenarios, un anillo y pendientes con brillantes, pidiendo el diestro la devolución inmediata del tesoro pero, al mismo tiempo, tragando con ello.Lupe Sino en acuerdos turbios (ojos turbios, palabras suaves) con peleteros para falsear por dos el precio de un abrigo y quedarse con la mitad.Lupe Sino, cargada de whisky en los besos de boca a boca, buchito que va y viene, golosina para quien no bebía en exceso y precisaba transfusión diaria del brebaje en el inicio festivo de su ceguera, adicción que se iba consiguiendo a sorbitos.
Antoñita Bronchalo, Lupe Sino, disfrazada de novia junto al maestro que por aquellos años solo había tratado con prostitutas.Lupe Sino en las mejores barras (Chicote, Palace, etc), con el diestro pronto agonizante, enfermería de sangre negra y crucifijo largo, poco tiempo para el fatal desenlace, queriendo repartirse con una monja (Sor Julia Elorz) las medallas del traje, a lo que la religiosa se niega y echa de allí a patadas.Lupe Sino: siempre gancho o starlet, siempre anzuelo o dulce mentira, obsesión por la fama de los matadores de toros, envenenadora a domicilio, sonrisa y puñal, vagina dentada y cepo de nutria, ardor y guerra sin defensas."Cuidao con esa muhé, Manolo, la vía que lleva tiene espinas y te lleva pal cementerio", decía la madre, Manolete siempre muy enmadrado, único varón entre las hermanas, ingenuo y niño bueno, dócil, nada maleado por el sexo contrario y al que una sirena experta no tardó en hacer naufragar.
Eran toreros cercanos a la leyenda, eran ardiente “vita pericolosa” –única receta de Hemingway para la escritura- y ahora, tantas veces, tenemos niños en las plazas que se afeitan, sí, pero sin el arranque para todo –vida y obra- de las grandes figuras que coparon páginas volanderas internacionales, coplas, libros, películas y cuya luz desde el firmamento sigue titilando. Nadie hoy –sospecho- quiere mancharse: ni en la escritura ni en la vida. Comodidad, a salvo las lentejas, sin mancha ni herida, siempre bajo techo a resguardo, lo justito en la profesión para ir tirando. José Tomás no teme a la cornada –la de espejo, la más inoportuna; la de caballo, que igual siega la vida- pero hay pocos como él. García Márquez –antes del Premio Nobel- no tuvo siempre para pagar la calefacción donde moraba cuando las migas eran el condumio. La vida va en serio, nos dice el estudio minucioso de los grandes, hombres afeitados a navaja, entre tanto niño litri, idolatrado hijo Sisí, mujerona o bujarra, proyecto de nada, viento y ninguna voluntad abrasadora por totalitaria. En los más grandes jamás hubo Plan B, y así triunfaron.