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IBARRECHE PREGUNTA: ¿PROPUESTA FALAZ O PROPÓSITO POLÍTICO?

José Varela Ortega
jueves 07 de agosto de 2008, 21:59h
El Profesor Lamo publicó en estas mismas páginas una exégesis de las preguntas que el Presidente vasco pretende someter a referéndum. La conclusión de nuestro autor, inteligente y divertida, pone al descubierto el sinsentido y la falta de lógica que lastra la formulación de las cuestiones propuestas. Porque si ETA “señala” fehacientemente su renuncia a la violencia, ¿qué sentido tiene votar acerca de la oportunidad de abrir conversaciones sobre un final que ya se ha producido? Ninguno. En ese supuesto, el intercambio carece, en efecto, de sentido porque uno de los términos de la negociación –la violencia- ha desaparecido. El análisis, pues, es impecable y la falacia en la pregunta evidente. Pero, claro, del que una proposición carezca de sentido (lógico) no se sigue que esté huérfana de propósito (político). Del mismo modo, el que haya desaparecido uno de los objetos esenciales del intercambio (la violencia) no significa que la pregunta carezca de objetivo. De hecho: la cuestión no tiene sentido pero si propósito; falta el objeto (de cambio) pero tiene un objetivo.

Hemos salido, pues, del ámbito de la lógica para entrar en el de la política. Y en ese terreno –nos advertía el Profesor Lamo parafraseando a Lewis Carroll- es el poder y no la coherencia en el razonamiento quien dicta la estructura sintáctica y los términos de la semántica. Intentemos, pues, bucear en su contenido. Es divisa política universalmente aceptada el atribuir al nacionalismo pacífico (moderado, ya no queda) del PNV y Compañía distintos métodos pero el mismo objetivo político que el que pretende imponer el nacionalismo etarra mediante la violencia terrorista. Los nacionalistas pacíficos se indignan. Y tienen parte de razón. Porque, si bien para el PNV o EA la secesión es el objetivo final, para los terroristas, no es más que una etapa, en cuanto que los euskonazis no luchan por una cuestión de soberanía sino de poder: el objetivo estratégico de ETA es el poder totalitario. En su día, un portavoz de Haika (una marca para alevines etarras) nos aclaró por su orden los objetivos políticos de la organización terrorista: “primero, nosotros (ETA), con el PNV y el PSE, contra el PP; luego, nosotros y el PNV contra los socialistas; y, por fin, nosotros contra el PNV”. La improbabilidad del objetivo no empaña la claridad del mismo.

La coincidencia entre nacionalistas, ya sean pacíficos o violentos, no se encuentra, pues, en el objetivo, al menos, no en el objetivo final. La comunión nacionalista hay que buscarla en la composición del razonamiento y en la propuesta que de ello se deriva. Todos o casi todos los nacionalistas plantean la ecuación de la misma manera: para ellos, la violencia no es la causa del problema, sino la consecuencia de un conflicto. Un planteamiento de hondas consecuencias porque la carga causal de un conflicto “originario”, sino justifica, al menos explica o comprende la violencia y, por tanto, contribuye a su prolongación. Por otra parte, se trata de una formulación que parte de supuestos harto discutibles. El primero y más importante es la peculiar concepción de nuestro sistema político como un mecanismo forzado a solucionar todos problemas de la sociedad: una exigencia tan desmesurada conduce a que, el fallo inevitable en esa tarea inabordable, sirva de coartada explicativa para cualquier violencia. Pero lo cierto es que una democracia pluralista no es tanto fábrica del consenso perpetuo, como un mecanismo para articular disensos y gestionar diferencias, ideado precisamente para integrar problemas y expulsar violencias. La sociedad –decía Thomas Paine- es la expresión “de nuestras necesidades; el gobierno, de nuestras debilidades”. Tensiones en torno al sujeto de soberanía jalonan la historia política occidental y existen, por ejemplo, en países tan pacíficos como Suiza -donde las mujeres carecen de derecho a voto en algunos cantones- y a nadie se le ocurre establecer un nexo explicativo falaz para con violencia alguna. Tampoco en España el contencioso sobre la soberanía explica la violencia etarra. Y este es el segundo problema con que tropieza el razonamiento nacionalista: el negarse a reconocer que estos grupos violentos no son reactivos (ante una supuesta opresión) sino pro-activos, estrategias de revolución para la toma del poder. Lo demás son pretextos, como mucho, etapas.

No obstante, los nacionalistas creen necesitar su leyenda de conflicto secular con el que armar un post hoc ergo propter hoc utilitario. Cualquier confrontación pasada –no importa su naturaleza- sirve para ensayar una pirueta anacrónica con que hilvanar la pócima explicativa. El agravio tiene un origen más o menos remoto, dependiendo de la intensidad con que la patología identitaria haya afectado al autor. Unos descienden a la mitología histórica altomedieval para reclutar a Sancho el Mayor como el primer gudari. Otros señalan a las guerras carlistas. Como casi todo ha sido dicho antes, resulta aleccionadora la explicación que Durán y Bas –ilustre jurista y político catalán- le dio a Cánovas hace casi siglo y medio para negar la mayor al respecto: si el alzamiento carlista era para defender formas de autogobierno, mal podía entenderse que se hubieran sublevado contra la República Federal (1873), precisamente el régimen que más les podía ofrecer en ese aspecto.

En fin, aunque el carlismo –para no hablar del romancero- nada tenga que ver con el terrorismo etarra actual, no evitaremos la falsa analogía porque los nacionalistas necesitan forzar un relato anacrónico para construir un continuo que permita colocar “el conflicto” como rueca del argumento. Sobre todo, si desaparece el pretexto de la violencia se hace todavía más urgente que permanezca la supuesta causa originaria, nutriente político del nacionalismo. Y es ahí donde la falta de lógica en la cuestión revela, empero, un propósito mediático al servicio de un objetivo político: escenificar con un diálogo una negociación, un pacto a la Vergara –aunque sea sin abrazo- para un final que amenaza, desde el punto de vista nacionalista, con terminar por una victoria democrática. Sin condiciones: como todas las guerras que movilizan al demos, en que –escribía Carnot- la “Ciudad es el Ejército y el Ejército la Ciudad”.


José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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