Tomo trenes, viajo en autobuses, miro alrededor y la pandemia es horrorosa: pantallitas, jueguecitos, marcianitos, videojuegos, películas, redes sociales, fotos de tonterías y poses barriobajeras, deditos en contra de la inteligencia, robots en completo abandono. La mayor distopía es siempre el hombre ocupado por fuera y vacío, en blanco, por dentro. El capitalismo es eso: el hombre entretenido compra y compra y vuelve a comprar; el conocimiento tal vez sea justo lo contrario: dudar de todo lo externo. La obra de arte (escultura, pintura, literatura, cine, música) no es un pasatiempo: te interroga, te coge por el cuello, tira de ti hacia tierras incógnitas, te salva. Los marcianitos o pantallitas no ofrecen demasiadas alternativas. El hombre vacío por dentro, sin conocimiento y en pleno capitalismo, será un muñeco. Se le quitará todo de sopetón (alimento, salario, ropa) y quedará en el arcén como un despojo. Lo malo es que no será una serie de las modernas, en canal de pago, ni un texto.
Es ley básica y comercial: solo consume el hombre entretenido. El alpiste del consumo solo se puede ofrecer al hombre entretenido: pantallitas, jueguecitos, ocio, cascabeles, castañuelas, panderetas, etc. El hombre entretenido es lo contrario de lo que parece: siempre está dormido. Es siempre pasivo por vivir en un embeleco o ilusión. Lo dice Heráclito muy bien en un fragmento: "Para comprender basta con preferir estar despierto a estar dormido". La realidad es siempre infinita pero las fantasías o ficciones caducan. "No sabes de qué color lleva los calcetines tal Fulano en un sueño - dice Escohotado- porque es mentira, así la ficción no puede darte tanto". Lo sucinto e interminable de lo real es siempre el detalle. Los detalles de la ficción siempre son menores que en la realidad: no es posible ver una cara por entero en la página de un libro. El personal vive aborregado, entretenido, anestesiado, ni crece ni aprende, ni busca conocimiento ni quiere renunciar a antifaces y mordazas. En España hay el triple de perros que de niños menores de quince años, y todo ese personal menor de edad no es letrado y acabará con títulos y analfabeto.
Me dice un rector de una importante universidad privada: “Es todo muy simple, como no hay cachorros no podemos suspender. La universidad es una empresa, sin dinero los profesores no cobran y hay que echar el cierre. ¿Respecto a Bolonia? ¿No sabes lo que fue? Pues trabajos personales, sin exámenes, quince folios a lo sumo sobre un tema, corta y pega por internet, y a correr”. Universidades extranjeras hablan de cómo los alumnos ya no leen libros, sino trozos de libros; explican el tiempo máximo que tardan en cambiar de clic en el ordenador o pantallita, y es de siete segundos. Algunos periódicos digitales ya lo primero que ponen es el tiempo de lectura de un artículo o crónica, dos minutos, un minuto, cuarenta segundos. La sociedad del espectáculo es tremenda: ocio sin cerebro, repugnante.
Decía Tierno Galván que Cultura es todo aquello que no se sabe, todo aquello que se ignora, y desde los griegos solo tiene un motor: la curiosidad. Los quioscos de prensa te dicen que ningún chaval joven compra el periódico, me temo que tampoco los leen por las nuevas plataformas, son modernos y analfabetos, muchos a los veinte años no han leído un libro en su vida. Las mismas universidades extranjeras hacen estudios sobre a qué se quieren dedicar los infantes, muchos ya dicen la mayor grosería: “Yo quiero ser famoso”. Ven la fama como una profesión, fama sin mérito, vida sin esfuerzo. Muchos ya son analfabetos funcionales: leen un texto pero no lo comprenden, lo pueden repetir pero no lo entienden, lo difícil no es estímulo para ellos como lo fue para Góngora y Lezama Lima.
Violaciones tipo “La manada” -sexo en grupo repleto de matonismo y malas artes- obedecen a una cultura del porno, donde a la mujer se la denigra y cosifica desde la pantallita, los chavales piensan que tratan o comercian con un objeto. El espectáculo es dantesco, lamentable, pordiosero. Chicos graban en vídeo agresiones a personas mayores, el “Me Gusta” en redes sociales cada vez es más zafio, el humor es ver en barrios poco dignos a prostitutas orinando en una esquina o alcohólicos drogadictos pegándose por unas migajas. Terencio cifró el humanismo en quintaesencia gloriosa: “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno”. Muchos han renunciado a ese camino por una vida animal, fácil y rastrera.
Abulia, abandono, dejadez, analfabetos por primera vez en la historia que se jactan públicamente de no leer, crece y crece la borregada nacional para pasmo del buen tono y la gente educada. Las dos librerías que cerraban al día durante la crisis no volvieron. La pena es inmensa pero mucho más el miedo. Las acémilas urbanas contagian su peste e intoxican sin visos de curato o cambio. La vacuna –cada vez más cara- es la enseñanza, única prevención posible, pero el fraude ya domina a ésta. La pandemia no conocerá merma, flaqueza ni descanso. Todas noches veo libros en cubos de basura: la caída del Imperio Romano empezó igual. El vicio es ya conducta, norma y blasón. Felicidades para todos. La sabiduría será distanciarse y, desde allí, constituir un modelo para los ojos limpios y quietos en uno, a costa de pasar por raro, oscuro y siniestro. Amén.