Estoy de vuelta en Pamplona y algo no me cuadra. Llevo jersey en septiembre, el juevintxo inunda el casco viejo y muchas niñas guapas aspiran a ser mi musa en la calle Estafeta. Hasta ahí, todo en orden.
Juego a perderme por el casco antiguo y vuelvo a ser feliz. Revisito aquel rincón junto a la Plaza del Castillo en el que regalé mi primer beso y me reencuentro con la gastronomía navarra en las tascas de toda la vida. Por unos instantes, me reconcilio con mi tierra e incluso conmigo mismo.
Me siento a disfrutar de un sol tímido, con una cerveza fría y mejor compañía. El tiempo no pasa en el mirador del Caballo Blanco. Uno de los pocos placeres que resisten a esta Navarra nacionalista y lúgubre -perdón por el pleonasmo-. Es ahí donde por fin descubro qué es lo que me chirría.
Palabras como “España” o “español” ahora son tabúes. Así me lo hacen saber los dos mamarrachos que comparten mesa a mi derecha. Uno lleva una camiseta con el lema “Altsasukoak Aske” y el otro -con más aspecto de vacuno que de Bakunin- viste un harapo anarquista. No paran de mascullar mientras me miran con cara de odio, la que tienen por defecto. Una crueldad de la Madre Naturaleza. Ambos me recuerdan que la peor censura está instalada en su Euskal Herria ficticia. La que ya impera en Alsasua, Echarri o Leiza.
Pido otra cerveza y continúo hablando de la vieja política, de bares sucios y amores no tan pulcros con una vieja amiga. Entonces llega el concierto de El Drogas, que se ha propuesto silenciarnos, torturarnos y de paso jodernos la velada con berridos estridentes y letras en las que habla de psicotrópicos y guillotinas. Un deleite para los dos becerros de mi derecha, que han comenzado a hacerme muecas extrañas. En pos de conservar mi salud mental, termino mi cerveza, me despido de mi acompañante y decido emprender mi vuelta a casa.
Sigo redescubriendo Navarra y me duele. La sede del PSN en Paseo Sarasate me recuerda que María Chivite necesitará durante toda su legislatura el permiso de los abertzales hasta para ir al baño. Las pintadas contra la Guardia Civil y en favor de ETA en Jarauta retratan muy bien la ignominia. Duele caer en la cuenta de que el Valle de los Caídos, donde di los últimos paseos con mi difunto abuelo, es ahora la Plaza de la Libertad -en un evidente signo de falta de ésta-.
El Barça juega en Pamplona y no me quedan fuerzas -ni ganas- para desfogarme en El Sadar. Celebro los goles del gran Roberto Torres desde mi casa. Por el momento, al cuarto piso no llegan los cánticos impúdicos que se profieren a poco más de un kilómetro. Poco queda del estadio en el que celebré los goles de Iván Rosado, vibré con el equipo del vasco Aguirre y lloré con la eliminación en nuestra única participación en la Champions League. Entonces la grada no se había vuelto sorda y sumisa ante los que cantan en favor de los presos de ETA, de los agresores de Alsasua y de cualquier hijo de vecino que lleve en la sangre -o en la bilis- el odio a España -y a Navarra-. No en vano, a partir del año que viene pasa a llamarse Muro Rojo. A buen entendedor…
Pocas palabras bastan para hablar de la nueva Navarra. La de la imposición. La de la inquisición abertzale que quiere hacer del Skolae su religión y de su enloquecida concepción de la Historia un dogma de fe. Una Navarra en la que no hay herejes, sino fatxas. Y en la que éstos -los fatxas- son quienes se oponen a que se coloque la ikurriña a mordiscos en el Ayuntamiento de Pamplona y quienes piden que el euskera no sea un carné de trabajo para acceder a la administración pública. Porque también es de fatxas pretender que el 7% de vascoparlantes tenga que aguantar que un funcionario les hable en castellano.
Navarra me duele por cuanto llevo suyo en el alma. Duele por mis primeras travesuras en Mendillorri, mis veranos en Aoiz o mis chapoteos en el río Arga tirándome desde el puente de Irotz. Duele por los Sanfermines que disfruté antes de ikurriñas y manadas. Duele por aquel 11 de julio de 2010, cuando el gol de un manchego en Sudáfrica derivó en un chapuzón multitudinario en la Plaza de Merindades. Hoy he pasado por ahí y he pensado en un baño nocturno en honor a ese chaval feliz que creyó que ser de Osasuna y de la selección era justo y necesario.
Navarra me duele, sobre todo, por la cantidad de amigos y familiares que resisten a la infamia. Los que aman mi tierra tanto como la amó Hemingway. Los que la sueñan como la soñó Shakespeare. Los que plantan cara a los Oteguis, las Bakartxos y demás terroristas de la moral que resumen la historia de ETA diciendo que “hubo víctimas en los dos lados”. Me duele porque sé que, si no fuera por ellos, hace mucho tiempo que mi tierra habría sucumbido.
Navarra ya no es la misma y yo tampoco. Por eso me duele. En lo que vuelvo a casa, paso a recoger unos garroticos de la Bea. El único consuelo que encuentro en lo que preparo mi exilio a Madrid.