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TRIBUNA

Federico Granell: el buen vigía en su mundo interior

Miguel Ángel Gómez
lunes 16 de septiembre de 2019, 19:55h

Federico Granell (Cangas del Narcea, 1974) ha estirado los minutos con sus acuarelas que son un rastro de actualidad. Quiere dar un paso más allá a sabiendas de que hay una edad que es la edad de no huir de la propia biografía. Desentraña el sentido del inconsciente y lo trae a la consciencia en su última exposición en la Galería Gema Llamazares de Gijón: Vuelve conmigo a Italia. Durante mucho tiempo Van Gogh se abstuvo de emplear el color, se obligaba a trabajar con lápiz, carbón y tinta. Federico Granell se obliga a contemplar con los ojos del amor las ciudades y el cine para reconocer su esplendor y magnificencia. Si en el café Auseva, tras anotar fragmentos de conversación en sobres, le pregunto si Eternal sunshine of the spotless mind o Lalaland, responde: “Me gustan mucho las dos pero lo tengo claro, Eternal sunshine… es de mis películas favoritas, es increíble visualmente y el guión me parece muy inteligente. Hasta Jim Carrey lo hace bien. Sigo a Michel Gondry desde la época en la que dirigía los vídeos de Björk, Radiohead o Massive Attack y ya ahí me tenía atrapado con su ingenio visual”.

En el sótano luminoso de Federico Granell en la calle de la Argañosa hay una actividad incesante. En él puedes encontrarte con mil y un fantasmas con su generosa hospitalidad. Grandes cuadros espectaculares, multitud de soledades cruzando una plaza que provoca tristeza, cafeterías hopperianas que son como una pausa, un paréntesis de lo bronquítico del mundo. La inspiración es haber descansado sin miedo, dudas ni ansiedad. Tropiezo casualmente con una frase de Elias Canetti: “Qué fácil decir: ¡Encontrarse a sí mismo! ¡Cómo nos asustamos luego cuando ocurre de verdad!”. Con Granell todo ocurre en otro mundo, en uno mismo, él me recuerda cada día más los momentos de mi vida que se basan en el pasado. Recuerda, recuerda dulcemente, tranquilamente, saludablemente. Recuerda con una misión que cumplir y eso le proporciona alegría. Recuerda vivencias como quien sube por una escalera eterna y agotadora que conduce hacia cielos claros, hecha de piedras gigantescas. Recordar es una cosa inocente y lo hace allá arriba, con coherencia mientras piensa: “El artista tiene que seguir emocionándose e intentar mantener la imaginación”.

Está aquí, Vuelve conmigo a Italia desde el 13 de septiembre al 10 de noviembre, en la que comprobamos que es experto en geografías expresivas / expresadas. Federico Granell me dice que es un homenaje a un país en el que se siente como en casa: “Hace 20 años estuve con una Beca Erasmus en Milán y ahí comenzó el flechazo. Dos años después tuve la oportunidad de repetir experiencia en Roma y ya no he podido parar de volver”. Nítido de distancia, Federico recuerda teniendo la capacidad para abstraerse por completo. “Florencia, Nápoles, Venecia, Capri, Palermo, Sorrento, aparecen en los 23 lienzos y 16 cuadernos de dibujo de la exposición”. Está en las ciudades italianas a su modo y con su lenguaje, pintando mentalmente, se acerca cada vez más a la realización de lo que debe hacer. Su estilo es llamativo y torrencial, disfruta con todo, lo que hace es un diario inédito a la manera de Gombrowicz o André Gide. Esta es su quinta exposición individual, una aproximación a la soledad que nos está prohibida, una pared que alimenta al monstruo del olvido por medio de la creación, o, como ha señalado Natalia Alonso Arduengo, “una invitación al viaje baudeleriano”. A Federico Granell se le presenta Baudelaire, le abre la puerta de un coche y lo lleva a buscar nuevos sentidos a las combinaciones de las ideas. La invitación al viaje nos lleva a empujar con nuestros músculos hasta llegar a un mundo más brillante. Está lleno de cosas que contar, ve aquello que, como decía Georges Perec, “no se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada”. Me acuerdo de Perec cada vez que charlo con Federico Granell, es capaz como él de construir su obra en forma de edificio con la noción del final en la cabeza. “Unos encuentros, gentes que no se conocían se han cruzado, han caminado juntas, se han amado, han cambiado”.

Federico Granell se ha dedicado a la construcción de un mundo de la fantasía, tiene una carrera extensa, es como un trapecista que es capaz de mirar al público cuando está arriba. Está haciendo un libro titulado Las canciones que vienen al caso en el cual hay todo lo que no puso en otros proyectos. “La música me genera estados de ánimo y de alguna manera eso lo canalizo al pintar y dibujar, trabajar en silencio me genera ansiedad. Según el día me pongo algo que me llene de energía como Nirvana, New Order o Arcade Fire, otros días prefiero algo más atmosférico como Beach House, Cocteau Twins o Satie. Me encanta la música e intento reflejarlo en mis molesquines de canciones”. Los cuadernos de Federico Granell son vigorosos y maravillosos. Llegamos a la certidumbre de que el artista no está completo sin su moleskine. Anaïs Nin dijo en uno de sus impagables diarios: “Los síntomas de la hibernación se pueden detectar fácilmente. El primero es la inquietud. El segundo síntoma es la ausencia de placer”. Federico Granell no hiberna nunca. Los hay que no prestan atención a su obra y son como el que se duerme tendido en la nieve y no despierta sin que nadie pueda salvarle. Acordándome de un relato primitivo de Jorge Luis Borges, “La memoria de Shakespeare”, he traído a Federico Granell, quien dice verdades duras con mucha delicadeza. Se aferra a su moleskine, a la terapia del dibujo. Su memoria inventa una historia y la dice a la gente pintándola. Cada semana es mejor semana escuchando a Franco Battiato la “Canzone dell’amore perduto” al lado de bellas flores y bella hierba, un prado de ensueño a la salida de un estudio, sobre el que tumbarse enseguida junto a esculturas y fotografías quitándose los zapatos.

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