Se pone a la venta, hoy 17 de septiembre, un clásico de la literatura de viajes hasta ahora oculto, la peripecia y leyenda de Christiane Ritter en: Una mujer en la noche polar (Península). Año 1934, ella emprende un viaje en barco desde Hambrugo desde la isla ártica de Spitsbergen donde la espera su marido. Nadie próximo, ninguna población cercana, ambos con la única compañía de un joven arponero noruego, se disponen a pasar un año en la minúscula cabaña situada junto a un solitario fiordo. Noche polar, refugio precario, paz de la naturaleza y del alma entregada, frío extremo, necesidades abrasadoras, limpiarse el culo o tener algo que levarse a la boca, pronto todos somos otros en duelo o desafío del paisaje, bajo la belleza de la supervivencia cotidiana, allá donde el Cielo toca a la Tierra sin dañarla, verdadero sentido de la existencia en sus límites.
Una mujer contra las convenciones de su época, embarcada en la aventura de su vida, pintora y escritora austríaca (Karlovy Vary, 1897 – Viena, 2000), muerta a los 103 años, en busca de la luz de color añil de paisaje, relámpago y claridad de la noche polar, luna brillante en cielo diáfano, inmensa y cercana y no lejana y fría como en Europa, perfiles glaciares, tacto cálido, silencio de otro mundo, misteriosas transformaciones, mundo polar cotizado por las sombras, Ártico en los tiempos bíblicos del desierto, camino de vuelta a la verdad, testigo de la muerte, corriente y vitalidad, locura que llega a poner los pelos de punta. Lo explica, por lo menudo, con voz de duende y pelos locos: “Vivir en una cabaña en el Ártico había sido desde siempre el sueño de mi marido. Cada vez que fallaba algo en nuestro hogar europeo, cuando había un cortocircuito, se rompía una cañería o simplemente nos subían el alquiler, su respuesta era siempre que esas cosas no sucedían en una cabaña en el Ártico”.
Los acontecimientos se precipitan y la magia llega: “Finalmente, tras participar en una expedición científica, mi marido se quedó a pasar el invierno en Spitsbergen, donde se dedicó primero a pescar en las aguas gélidas desde su cúter, y más tarde, cuando todo se congeló definitivamente, a hacer de trampero y cazar animales por su pelaje en tierra firme. Déjalo todo y vente conmigo al Ártico, me decía en las cartas y telegramas que llegaban del norte lejano. Pero como para todos los centroeuropeos de la época, el Ártico era para mí sinónimo de frío glacial y de una soledad inevitable. No lo seguí de inmediato”.
Pronto los bultos caen en la barca, pronto las risas unen a los cuerpos, Europa es un conflicto y el Ártico la mejor solución. Crecen los personajes en clima íntimo de resignación y respeto. La solemnidad es ternura, el paisaje desolado y yermo, pedregoso y a su aire, no acepta reglas civiles. El joven arponero, risueño y rubio, ojos azules del entusiasmo sin miedo, se une a la faena bajo sueldo: no habla alemán y ella no sabe noruego. El hogar se ordena, las latitudes del silencio son las del alma todos abandonan el largo juicio de la Europa Central para ser sueño en la larga noche polar. La niebla es refugio donde las palabras se encuentran sin empujarlas. El tesoro mundano es dejar atrás la codicia de tantos. El agua viene de la lluvia y no hace perder la razón. La cabaña deja pasar nubes de humo, el hollín acaricia el mobiliario reciente, las literas cantan en el rincón, el polvo conquista los estantes, la ventana susurra a la mesita.
Nadie por ninguna parte: nadie hasta el otro lado del Polo Norte, nadie hasta Nueva Zembla, nadie en trescientos kilómetros sur. Sin días ni noches: “Un día sigue al anterior, y uno no sabe dónde termina el hoy y comienza el mañana, ni cuando el hoy se convierte en ayer. Siempre hay luz, siempre se oye el rumor de las olas, y la niebla inmutable rodea a la cabaña como un muro. Comemos, tenemos hambre, dormimos cuando estamos cansados”. Imagina morir de escorbuto o frío, la vida es la caza, lo que depara el día es el tiempo y el azar, impasibilidad y sabiduría, olvido de Europa y amanecer al aire nuevo, mar azul y tranquilo bajo centelleante sol. La aventura es separar a las sombras de sus formas, y así aparecen hombres tallando madera, brilla el alba, el sol a las doce del mediodía no supera el horizonte vuelve a ocultarse, se caza al zorro por medio de trampas en el interior del fiordo, ramilletes de cabeza de pollo y pato, solo se vence a la tormenta siendo un primitivo, solo las cosas tienen un sentido dentro de la naturaleza implacable.
Se afirma la propia humanidad en lucha contra los elementos. Las diferentes humanidades, en forma diversa a la hora de afrontar la noche polar, bajo aurora boreal o varas de cristal reluciente, no conocen la codicia, la envidia, lo peor de lo que llevamos dentro, allá donde el medro es pulsión y muerte. Lejos, lejos, muy lejos, para curarnos y ser otros. El ejemplo Ritter no es brasa apagada: el alma se hace serena, clara y radiante al contacto con la naturaleza, sin lo peor de los hombres. Mal de luna, en el decir de los esquimales, por medio de la cual, sí, algunos se empeñan en seguirla y se pierden para siempre. Noche de la verdad donde el sol siempre vuelve a salir a la mañana siguiente y la voz interior nos hace más libres y valiosos.
La fiesta del hielo a título de onomástica -200 años del descubrimiento de la Antártica- puede y debe continuar en libro célebre y la pluma de Huw Lewis Jones: Navegantes. Diarios y cuadernos de bitácora (GeoPlaneta). Exploradores marinos hasta los confines del mundo, Magallanes y Elcano, Francisco de Hoces y Andrés de Urdaneta, Vasco de Gama y Américo Vespucio, Francis Drake y James Cook, etc. La frontera no es física –ahí quedan los mediocres- sino alcanzar un nuevo conocimiento. Descubrir otra línea tras el horizonte. El hallazgo súbito: abismo Challenger en la fosa de Las Marianas por Don Walsh. No hay pasajeros en la nave espacial Tierra –dijo McLuhan- porque todos somos navegantes. Lewis Jones, Universidad de Cambridge, guía polar, no conoció aburrimiento, docilidad ni mansedumbre. Marineros en viajes de veinte meses sitiados por el hielo y sin conocer el temor. Trazo infantil, a veces conmovedor, caso de William Hodges, la mejor pluma en sus cuadernos solitarios, sin otro acíbar que el avance y la brújula. Me lo dijo un escolta en el País Vasco hace muchos años: “Conmigo solo puede la muerte”. Hombres de una pieza, a cincuenta grados bajo cero, en los lugares de la imaginación donde el valor comienza por no mirar atrás. Océano hostil, monstruos del Pacífico y el Atlántico, bravata de viento en la cresta de las olas de cuatro metros, límite austral con el continente americano y ochocientos naufragios bajo los fondos abisales. Atreverse es navegar. Atreverse es crecer a partir de la última grieta de los vientos antárticos. La deriva es mar abierto y la derrota el peor juego para quienes hacen ganchillo en casa junto a la chimenea. Vivir y morir lejos de casa puede ser el mejor recuerdo.