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TIERRA QUEMADA

Limónov, semblanza de un superviviente

Ernesto Colsa Sotelo
miércoles 18 de septiembre de 2019, 20:54h

Hace poco me enteré de que este verano anduvo haciendo bolos por España una de las personalidades con una trayectoria vital tan desmesurada como variopintas las circunstancias en las que hubo de desenvolverse. Yo le había perdido la pista desde hacía unos años, tan es así que incluso ignoraba que continuara vivo, si bien la primera vez que tuve conocimiento de su existencia llegué incluso a suponer que me encontraba ante un personaje de ficción. En efecto, yo me acerqué a la figura de Limónov a través de la biografía escrita por Emmanuel Carrèrre, uno de los más prestigiosos literatos franceses, especializado en recrear semblanzas de ilustres heterodoxos, y a quien conocí gracias a su obra “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos”, la lisérgica recreación de la vida de Philp K. Dick, cuyas chifladuras, no obstante, palidecen ante las andanzas de Limónov. De hecho, yo tardé unas cuantas páginas en comprender que el sujeto retratado en la portada, sentado con mirada torva frente a una máquina de escribir y ataviado con una suerte de capote militar, se trataba en realidad del biografiado y no de un fulano contratado para la ocasión con el fin de ponerle careto al protagonista, pues me costaba creer la certeza de las peripecias narradas en el libro.

Eduard Limónov nace en 1943 en una ciudad a orillas del Volga llamada Dzerzhinsk, recién consumada la derrota de los alemanes en Stalingrado. Poco después destinan a su padre, un oficial del NKVD (precursor del KGB), a la ciudad ucraniana de Jarkov, adonde se traslada la familia. En los años más duros de la posguerra se desenvuelve la niñez de Limónov, sufriendo unas privaciones que le hacen desarrollar un acendrado instinto de supervivencia, tanto que llega a la conclusión de que en la contienda no gana el más fuerte, sino aquel a quien los demás consideren capaz de matar. Durante la pubertad desarrolla una sorprendente capacidad de trasegar vodka, y en una de sus juergas participa en una reyerta, en la cual es apaleado por la policía; como consecuencia del incidente, le caen encima unos días de talego que no hacen sino fortalecer su espíritu de resistencia. Su adolescencia transcurre entre peleas y robos de poca monta hasta que descubre la literatura tras trabar contacto con la bohemia de Jarkov, y comienza a componer poemas con los que gana algún certamen local. A los veinte años, entra a trabajar de fundidor en una fábrica, y sus expectativas vitales se antojan tan limitadas que trata de cortarse las venas, a resultas de lo cual termina internado en un psiquiátrico. De vuelta a la vida civil, se convierte en sastre y se reintroduce en los círculos literarios; pasan por sus manos los primeros samizdat, esa suerte de precursores eslavos de los fanzines donde los artistas disidentes difunden su obra, y que se distribuyen clandestinamente de mano en mano. Constreñido por el ambiente de Jarkov, en 1973 se larga a Moscú con su novia Anna, una mujer con manifiestos trastornos mentales. Allí da a conocer sus poemas, que tienen cierto éxito en los ambientes bohemios de la gran capital. Se enamora de Elena, una joven de veinte años con quien se casa poco después, y ambos se convierten en una de las parejas más glamurosas del underground moscovita. En 1975 deciden emigrar y se plantan en Nueva York, donde, gracias a su contacto con el poeta Joseph Brodsky, conocen al matrimonio Liebermann, por cuya mediación comienzan a moverse en los círculos más exclusivos de la Gran Manzana y se codean con Susan Sontag, Andy Warhol, Truman Capote y Dalí. Él entra a trabajar en un periódico ruso antisoviético, de donde lo expulsan tras publicar en otro medio una diatriba contra Sajarov; por su parte, Elena, harta de privaciones, lo abandona por un fotógrafo bien posicionado que la introduce en el sadomasoquismo entre otros sofisticados placeres. Limónov comienza una fase vital autodestructiva y se convierte en uno más de los miles de mendigos deambulantes por las calles de Nueva York, donde ejerce ocasionalmente de chapero para procurarse el vino barato que le sirve de sustento. Se va con frecuencia a dormir la mona a Central Park, y allí escribe su primera obra de cierta entidad, “Soy yo, Èdichka”, que se convertirá años después en un libro de culto. Se hace amante de Jenny, la criada de un multimillonario con domicilio en una mansión de Long Island, y Limónov se instala allí como sirviente. Cuando ella lo deja para casarse con otro fulano, nuestro héroe se convierte en la única persona a cargo de la mansión, adonde se lleva a sus ligues y los invita al brandy del patrón, quien pasa frecuentes temporadas fuera de casa. Limónov contará estas peripecias posteriormente en su libro “Diario de un criado”, donde destila un odio de clase que su empleador jamás habría imaginado de sirviente tan solícito. En 1980, a raíz de la publicación de su primer libro en Francia (allí, por cierto, titulado “El poeta ruso prefiere los negrazos”), se traslada a París, donde comienza a llevar una vida más propia de los estándares de la clase media y aun acomodada. Se impone una rutina de escritura que lo lleva a publicar diez libros en una década, en los cuales, al modo de un Henry Miller del lumpenproletariado, describe su tortuosa existencia con tono tremendamente crudo y mordaz. Pronto se convierte en un gurú de la contracultura y dispone de una cohorte de seguidores —y de amantes de ambos sexos— que admiran su estética de decadentismo soviético y sus zafias maneras. Se casa con Natasha, una belleza deslumbrante de su misma nacionalidad completamente alcoholizada. En los tiempos del ascenso al poder de Gorbachov, cuya visión le produce urticaria, Limónov empieza a colaborar en L’Idiot International, una revista radical heredera del 68 donde confluían opiniones de extrema izquierda y extrema derecha, y cuyo siguiente número nunca se sabía si llegaría a salir a la calle; un entorno, en definitiva, ideal para Limónov. En el 89, ya como un escritor consagrado, regresa a Moscú y después a Jarkov, donde visita a sus padres, ajenos por completo a su posición social, y observa la decadencia de un imperio en manifiesta descomposición. Tras estallar el conflicto de los Balcanes, en 1991 lo invitan a Belgrado a una presentación, y lo llevan de visita a Vukovar, capital del enclave serbio desgajado a su vez de la recién independizada Croacia. A partir de ese momento, a lo que su condición de ciudadano soviético no ha de resultar ajena, Limónov se alinea indubitadamente del lado de los serbios, tanto que no le duelen prendas en mostrarse públicamente como amigo de Arkan, el temible cabecilla de las milicias paramilitares, y en entrevistar con solícita actitud a Karadzic, el líder de los serbiobosnios, en el documental de la BBC Serbian Epics. Tras la extinción de la Unión Soviética, se lo ve con frecuencia en manifestaciones protagonizadas por nostálgicos del régimen, aunque el descontento por la desastrosa situación social alinea en un heterogéneo grupo a marxistas ortodoxos, ultranacionalistas o elementos abiertamente fascistas. Funda el Partido Nacional Bolchevique (NBP), que aglutina a tan dispar mixtura ideológica, y participa activamente en el golpe de Estado contra Yeltsin. Desencantado por el fracaso del levantamiento, se larga de nuevo a los Balcanes para alistarse como guerrillero, donde se involucra en varias escaramuzas en el enclave serbio de Krajina. De vuelta a Rusia, se dedica por completo al NBP y, tras las elecciones ganadas por Yeltsin, sufre una tremenda paliza a manos de sus opositores políticos; a partir de entonces, no sale a la calle sin la compañía de tres esbirros del partido. Descubre los encantos de la vida rural, y pasa frecuentes temporadas en las remotas estepas de Altai, donde se dedica a la meditación. Con la llegada al poder de Putin, la formación política es ilegalizada por causa de su extremismo, y el propio Limónov es detenido acusado de terrorismo, conspiración, posesión de armas y otra serie de cargos con muy mala pinta, de manera que ingresa en prisión en 2001, y sale tres años después, tras haber aprovechado su estancia escribiendo cuatro libros más. Desde entonces ha continuado con su actividad política de furibunda oposición a Putin, pero también literaria, participando en actos públicos como el celebrado este mismo verano en España.

Solo con interiorizar la vida de Limónov uno termina exhausto, pero su trayectoria no refleja sino los avatares y zozobras de las circunstancias históricas y del entorno que le tocaron vivir. En Limónov, por cierto, descubrí cómo en ruso existe la palabra zapói, utilizada para designar la costumbre de emborracharse a conciencia durante varios días sin considerar las consecuencias de los propios actos, práctica a la que algunos amigos míos, incomprensiblemente vivos, vienen dedicándose desde hace años, aunque un pueblo que no duda en beberse el líquido de frenos si se termina el vodka está claro que necesita en su vocabulario un concepto como ese.

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