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TRIBUNA

La estrategia identitaria

miércoles 18 de septiembre de 2019, 21:00h

El filósofo francés Michel de Montaigne decía (Ensayos) que existe una especie de orgullo que “es una demasiado buena opinión que concebimos de nuestra valía. Es un afecto desmedido que volcamos en nosotros y que nos da una imagen de nosotros mismos distinta a como somos”.

La política tiene una manera de alimentar dicho orgullo a través de las identidades grupales, colectivas. Después de todo, el exaltamiento de aquello que primordialmente identifica a un grupo de personas – o aquello que creen (o quiere creer) – que las define y distingue (positivamente), se asemeja a ese sentimiento individual.

Postulaba Terry Eagleton (Where Do Postmodernists Come From?) que “si las cuestiones más abstractas de estado, el modo de producción y la sociedad civil parecen por el momento demasiado difíciles de resolver, entonces uno podría cambiar su atención política hacia algo más íntimo e inmediato, más vivo y carnal, como el cuerpo”. O como las emociones; o las percepciones que cada colectivo tenga de sí y de su entorno. Porque esa abstracción permite un juego casi ilimitado, donde todo puede ser objeto de ofensa, redención o placer; donde esa ficción reemplaza a las acciones de un gobierno responsable.

Así, se cambia el foco de lo pragmático, o, como decía Eagleton, de la producción material, y se tiende a una creciente obsesión por el lenguaje (“inclusivo”, “correcto”) y con la cultura – o aquello que ese lenguaje delimita.

Pero, además, la identidad grupal, le permite a la política explotar otro aspecto más: el sentimiento de ofensa – fruto de la real o figurada falta, discriminación, agravio.

A esto se ha abocado la izquierda española – desde tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero; pero con el sanchismo y Podemos de manera más notoria, si cabe: en hacer de la política identitaria su herramienta recuperar el poder y mantenerlo, intentando erigirse, como explicaba el filósofo Miguel Ángel Paz Quintana (Lo que la derecha no entiende de la izquierda actual), “más bien en representante único de todos los colectivos que hayan sido alguna vez oprimidos”, intentando monopolizarlos. Una idea que se encuentra en el filósofo alemán Herbert Marcuse.

En La tolerancia represiva, Marcuse decía que “es menester ayudar a las reducidas e impotentes minorías que luchan contra la falsa conciencia: su existencia continuada es más importante que el mantenimiento de derechos y libertades de que se abusa y que otorgan poderes constitucionales a quienes oprimen a tales minorías. Ya debería ser evidente que el ejercicio de los derechos cívicos por parte de quienes no los tienen exige como condición previa que se retiren esos mismos derechos a quienes impiden su ejercicio, y que la liberación de los condenados de este mundo exige la opresión no sólo de sus viejos, sino también de sus nuevos amos”.

Muy similar a la idea milenarista que Raymond Aron explicaba en Introducción a la filosofía política:

“Es la idea de que no hay nada que esperar del mundo actual, la idea de que la mejora social pasa por una revolución que destruya la esencia misma del capitalismo… Esta lógica no sería nada si este movimiento no hubiese llevado a plantear que el único que puede realizar la revolución salvadora es el proletariado, pero que el proletariado, que es como un niño algo difícil de manejar, debe encarnarse en el partido”.

Ahora, en lugar del proletariado, será la suma de colectivos y minorías identitarias que, igualmente inmaduras, precisarán de una vanguardia que las guie: partido, movimiento, lo mismo da, siempre habrá un líder. Y en este caso, Sánchez aventaja a Iglesias.

Pero volviendo a Marcuse, el filósofo llegaba a ese dictamen radical luego de decretar un estado de catástrofe social y política en occidente. Así podía recetar la represión (supresión de la libre expresión y la libre reunión) contra el sistema que juzgaba represor y que se deseaba derribar. Acaso, crear ese conflicto del que, según el marxismo (y Hegel), habría de surgir el cambio.

De ahí, quizás, aquella necesidad de tensión de admitía Zapatero en una entrevista en Cuatro, en 2008, y la actual amenaza del “trifachito” que el sanchismo y Podemos enarbolan en lugar de propuestas políticas concretas. El fin parece claro; poder definirlo todo en términos tajantes, absolutos: presentando un mal ante el que poder erigirse como salvadores.

Pero las reivindicaciones de las minorías se usurpan y explotan para tensar y agrandar las líneas que separa a unos de otros mediante la constante tensión emocional, lograda a través de la excitación fraudulenta de la autoestima, de la dinámica de la nada: todo se mueve, pero se queda en el mismo lugar; menos los políticos, sus familiares y sus amigos, que pueden pasar de vivir en Vallecas a hacerlo en un casoplón en Galapagar, o de tuitear desde el taxi a abusar del avión oficial.

Esta política termina por parecerse a una celebración de la apatía: nos dice que la “política” resolverá la vida de las personas, pero nos enseña que no lo hará con acciones, sino por medio de gestos fatuos, que apenas si disimulan lo que había.

Porque, de todas maneras, lo único que parece valer es el tratamiento ofrendado – la atención privilegiada, el instante de notoriedad colectiva, de pretendido (por estéril, porque no se traduce en nada más que gestos) reconocimiento – a la minoría, al colectivo. Este trato, se pretende que brinde a los miembros del grupo la idea que deben tener de sí mismos; y esta, sugiere ese mimo emocional, sólo podrá hacerse efectiva bajo el liderazgo de quien obsequia dicha lisonja (aunque sus acciones vayan a contrapelo de esa supuesta adhesión a sus reivindicaciones).

Mientras tanto, se nos dice, una rosa no es una rosa es un clavel es una margarita, nunca fue una flor…

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