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La impotencia democrática: ¿Para qué votar?

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 20 de septiembre de 2019, 20:45h

El albañal de la política española hiede más arriba de los Pirineos, más abajo de Gibraltar y al otro lado de Portugal. La belleza ha sido para mí el refugio permanente (cuadros, libros, y cine) pero lectores feroces me ruegan óptica y posicionamiento. Sánchez lo tiene todo quemado, a la izquierda sin diálogo posible, cada vez peor la situación con Podemos, una tomadora de pelo íntegra; a derecha, en el último gesto de Rivera, la mano tendida, desprecio sin fisuras. El brindis al sol es mayúsculo (“Si hubiera pactado ahora sería Presidente”) pero también pura retórica. Sin mayoría parlamentaria, no cabe otra que el pacto, no la sangría actual donde la calle pagará los doscientos millones que cuestan los nuevos comicios. El Rey, harto, y en aviso a todos que esto no puede repetirse: seis meses, ocho meses, ni se sabe, festiva holgazanería y galbana, teatro de un diálogo podrido, a uno y otro lado, inexistente y vacío. Los señores políticos se olvidan de la mayor: les pagamos para que se pongan de acuerdo y, si escuece, pues Betadine o polvos talco. El engaño es superlativo y penoso.

La derecha troceada seguirá por el barranco abajo: España Suma, las dos o tres derechas juntas no llegará ni a la esquina, porque aquí todo el mundo irá a por todas (“Primero votos, y luego ya veremos si pactos, pero en principio no”). A la izquierda, solo aislamiento y ruina, mofa para la legítima Coalición de Iglesias, ni crece ni crecerá la hierba, se odian más cuanto más hablan. Sánchez quiere 150 diputados -según el mapa de Iván Redondo- y a por eso va, sin enterarse que eso no es política cuanto ambición personal, codicia, y así el tiro puede salirle contrario. Se debe a un partido, a un diálogo, y sacrificarlo todo en pos del ardiente embeleco puede traer la descabalgadura atroz junto a la herida mortal. La calle está cansada, cuatro veces de caminito al colegio electoral, aquí no mejora nada, desafección y deserción van de la mano. ¿Es esto una democracia? Nos cuentan propaganda (35 millones en publicidad próxima; la plataforma No en mi buzón ya apunta direcciones civiles para evitar la vomitona), votamos y, cuatro años después, pueden permitirse el lujo de no cumplir nada de lo prometido o, como en el caso actual, rompen la baraja si no sale la mía, ajenos a correctivo o pena por parte de todos. Impotencia, impostura, paciencia agotada, crispación abrasadora, y una guerra por dentro sin receso ni pausa.

“Nos robaron el voto”, dice Ábalos. Tremendo. Sigue la perorata de ganar las elecciones, de hemos ganado las elecciones, cuando aquí lo que cuenta es lo ya dicho, si tienes o no mayoría parlamentaria para gobernar. El cuento sobre la victoria es otra pantomima sobre la que levantar el mayor castillo de naipes, la fortaleza más encrespada de sueños, el embeleco de una fantasía con parches y fugas por todas partes. A Casado, hablando de fugas, le crecen los enanos y empiezan las dudas que hasta ahora estuvieron serpenteantes, silentes, muy sibilinas: “¿Un Partido Popular de toreros, presentadores de la tele, contertulios y argentinas con un rictus entre Oxford y Callao?”. Acertó Casado en una cuestión: “Esto no es cuestión de adversarios, debemos pedir perdón todos por la situación en la que estamos, por la coyuntura en la que vamos a meter al pueblo español”. Los votos en democracia –según ley universal- se cuentan y no se interpretan. A todos –sospecho- les va a salir muy caro el matonismo actual. Podría hacerse un libro muy interesante sobre el voto de castigo en España: echar al regente por mediocre y sin cautelas. Raúl del Pozo, quien decía de Sánchez que cuanto más muerto estaba más vivo resucitaba, ahora lo compara con un caudillo pleno de izquierdas. En el guiñol o guirigay nacional vivido ninguno supo lo que es el diálogo.

Diálogo es no amenazar. Diálogo es escuchar en la conjunción plena de dicho verbo: prestar atención a lo que se oye. Diálogo es no esconderse. “¿Se pondrían de acuerdo si se les hubiese congelado el sueldo hasta llegar a un acuerdo?”, es pregunta constante en la rúa. Les pagamos y no hacen su trabajo. El niño mal criado de la actual democracia española, tras romper todos los juguetes, ahora pega el portazo y hay que salir a buscarlo en volandas y paños calientes. Desfachatez, bochorno, sonrojo y desazón jalonan nuestro parlamentarismo de opereta. La izquierda seguirá sola, sin trato ni contacto, y la derecha troceada, ambas muy en lo suyo, que no es lo comunitario. El votante, con la papeleta, meterá dentro de la pecera todas sus facturas e ira manufacturada. Lo peor del odio o rencor es dejarle crecer. El castigo –clásico- de la avaricia será perder el poder. El electorado –lo presiento- no irá en busca de los grandes (bipartidismo) sino de los pequeños (con mucha mengua y peineta para los anteriores). El que pide una segunda consumición, sin haber pagado la primera, merece no ser atendido. ¿Y si vuelve a repetirse el mismo resultado? La salida solo puede ser que Rivera doble la rodilla, asunto muy difícil, después de haberle señalado como azul oscuro casi negro, frente a lo rojo de su pecho encendido. Están todos a matar pero cuando sacan billetes del cajero se ríen de lo lindo.

Diego Medrano

Escritor

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