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Lancon: supervivencia moral ajena al rencor

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 24 de septiembre de 2019, 20:06h

El libro de la temporada, sin la menor fisura o grieta sobre semejante certeza, es el testimonio de Philippe Lacon en El colgajo (Anagrama). El gurú francés Bernard Pivot lo resumió en dos palabras: “Gran literatura”. Frédéric Beigbeder no quedó atrás: “Una obra maestra indiscutible”. Tres galardones de lo mejorcito de Europa lo confirman: Premio Femina, Premio Roger Caillois, Premio Renaudot. Lancon, uno de los periodistas de Charlie Hebdo durante los atentados terroristas árabes, reconstruye los hechos bélicos y, en mayor medida, la supervivencia moral tras el atentado, donde la mandíbula le queda hecha un colgajo, le hacen un trasplante de peroné con miedo a la necrosis, y sobrevive en sus hospitales gracias a Proust y Kafka, sin rencor ni olvido, sin perdón y con la sacudida todavía viva de lo sufrido, cojo y sin mandíbula, despierto y con el don del lenguaje.

La novela brilla en los aspectos secundarios, carreteras comarcales, arcenes de gloria y recuerdo: París, en primer lugar, sí, y la vida de los dibujantes pobres en semanarios arruinados, monstruos ardientes al microscopio como Cavanna, Cabu, Wolinski, mundo de la pluma detenido y mágico, palabra potable y vidas sepultadas, la vocación del periodismo siempre por encima de la vida, como un telón o tapiz de fondo donde la verdad habla. Los asesinos entran a grito firme, eco de la demente plegaria ritual (“Allahu Akbar!”), y alguien sobrevive haciéndose el dormido: “Cerré los ojos y al cabo volví a abrirlos como un niño que cree que nadie lo verá si se hace el muerto. Era el niño que había sido, volvía a serlo, jugaba a hacerme el indio muerto mientras me decía que quizá el dueño de las piernas negras no me vería o me creería muerto, mientras me decía también que me iba a ver y a matar. Esperaba al mismo tiempo la invisibilidad y el golpe de gracia, dos formas de la desaparición”. Lucha el autor contra la abyección inmediata, la conciencia percibe el instante en que alguien quiere destruirla y huye, fuga rota del odio.

El periodismo como vocación por encima de la vida se impone a todo: “El periódico solo tenía importancia para cuatro fieles, para los islamistas y para las distintas clases de enemigos más o menos civilizados, que iban de los chavales de extrarradio que no leían a los amigos perpetuos de los parias de la tierra, que gustaban de calificarla de racista. Habíamos notado el auge de esta rabia estrecha de miras, que transformaba el combate social en beatería. El odio era una borrachera; las amenazas de muerte, habituales; los correos groseros, multitud”. El periódico era solo una poética: “Partir de la opinión o fantasía más abyecta o más ridícula para darle la vuelta, con una gran carcajada, y con la mayor cantidad de mal gusto posible: así era el humor de Charlie Hebdo en una época en la que el sentido común era la alfombra del mundo más compartida por los zapatos bien lustrados, aquella bajo la que la sociedad posgaullista escondía con la escobilla sus pequeños montoncitos de basura. Charlie era una banda pirata que ondeaba en medio de la edad de oro del capitalismo. A los adolescentes que se indignaban por todo, a menudo sin ellos saberlo, y que tanto gustaban de desdibujar esta indignación con su tontería, este humor les servía de guía, de válvula de escape y de agente corrosivo”. Los mataron, a bocajarro, por ser altavoz de diferencia: “grito de rabia en favor de los barriobajeros, los parados, los atracadores, los moracas, los musulmanes, los terroristas”. En contra del Estado y sus mentiras, con los débiles.

Eligieron ser héroes –periodistas por cuatro perras- a los que la indiferencia molestaba por encima de cualquier otro rango. Dibujantes y periodistas con alma de jazz, sudor de metro, lluvia en la ropa, lápices en alto, la mejor sonrisa en los labios para recibir las balas más atroces. Ajenos a advertencias y tiempo pasivo (“Las amenazas solo destruyen la percepción ordinaria de la vida cuando se ha traducido en actos”) recibieron los tiros como paréntesis, vacío, suspensión. El ruido seco de las balas duró algo más de dos minutos, pronto los muertos fueron más que los heridos. Nuevamente se cumple lo principal, el periodismo como ejercicio democrático absoluto, la libertad de expresión siempre en peligro, porque si ella cae detrás van todas las demás. Fueron unos hombres armados –así lo ve Lancon- contra los profesionales de la imaginación agresiva: no, claro que no vencieron, porque algunos pudieron levantarse de los escombros y de su silencio sin lápida. “Parece hígado de ternera”, dijeron al ver la herida abierta. El colgajo. “Tienes la boca llena de huesecillos”, añadieron otros. “Se han ido”, fue el mensaje final.

La violencia vive oculta en nuestras sociedades europeas, los ojos brillan en la oscuridad, y a veces aparece y actúa, pero jamás gana. El testimonio de Lancon es el del triunfo pleno. Un hombre en su oficio que casi muere con las botas puestas (“Tenía un bolígrafo entre los dedos de una mano, en posición vertical”) como lo hacen los héroes, aquellos que no hacen más que lo que pueden, sin estridencias ni oropeles. Otros compañeros corrieron peor suerte: “Tignous murió con el bolígrafo en la mano, como un habitante de Pompeya sorprendido por la lava, o incluso más deprisa, sin saber siquiera que la erupción se había producido y que la lava llegaba, sin poder huir de los asesinos desapareciendo en el dibujo que estaba haciendo. Todo dibujante dibujaba sin duda para poder esfumarse en lo que dibujaba, igual que todo escritor termina por un tiempo disolviéndose en lo que escribía. (…) Si los asesinos eran unos posesos, mis compañeros muertos eran los desposeídos. Desposeídos de su arte y de su violenta imprudencia, desposeídos de toda vida. (…) Toda censura es un forma extrema y paranoica de crítica: habíamos sido víctimas de los censores más eficaces, los que se lo cargan todo sin haber leído nada”. Los nervios, póstumos, fueron querer recuperar una mochila con unos pocos libros y algunos cuadernos: la identidad, lo que uno es, en honor y libertad, ajeno al secuestro de la misma.

El terrorismo jamás desaparece, vive dormido hasta resucitar, vive agazapado hasta volver a estar latente. ¿Garantizan los estados democráticos sus mordiscos? No siempre. Charlie Hebdo fue un martirologio, y el único valor posible ese recomponerse con lecturas en varios hospitales donde el recuerdo, lo vivido, corre más que cualquier segundo presente. La memoria no se pierde y la pureza no llega: “Yo no tenía que perdonar a unos hombres que estaban muertos y que además no habían pedido perdón a nadie, pero tampoco los acusaba de nada”. El silencio de buena ley: única forma de mantenerse virgen y benévolo. Pegar ojo por la noche será otro cantar. Espantar a las moscas que van a la herida en los quirófanos otro modo de supervivencia. Las masacres son siempre demasiado largas con respecto al tiempo que pasan en las camillas sus supervivientes. El colgajo es un héroe griego, pura acción: limpia y cauteriza la herida, sigue con su vida, deja para otros los discursos.

Diego Medrano

Escritor

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