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TRIBUNA

La gran estafa de mi generación

Ruben Gisbert Fraile
sábado 28 de septiembre de 2019, 19:41h

Puede que este artículo sea uno de los más difíciles que he escrito, pero también lo considero de los más necesarios. Porque al igual que el artista se mueve por la imperiosa necesidad de expresar su creatividad, en mi caso estallaría de impotencia si no difundiera cuanto voy a exponer a continuación. Pues supone bajo mi humilde análisis, la principal razón por la cual el pueblo español está políticamente anestesiado. Incapacitado para cualquier acción colectiva que alivie el caos y la ansiedad que todo ciudadano preocupado por los asuntos públicos siente. Esa percepción cada vez más extendida de que algo no funciona en este régimen político que se nos ha presentado como democracia. Se trata de algo que los ciudadanos saben, aunque lo que saben no lo pueden explicar. Es como dice Morfeo en el filme Matrix como una astilla clavada en la mente de todo ciudadano lucido, que finalmente nos está enloqueciendo literalmente.

Hablamos de un engaño para inducir al ciudadano a error, a creer algo que no es cierto, en este caso con fines de lucro del que engaña. Es decir, y así lo define el Art. 248 del Código Penal, una estafa. La estafa perpetrada por la clase política española del régimen del 78 de haber aunado los principios de individuación y de individualidad. De hacer que el pueblo español confunda lo que es un régimen de libertades con un régimen democrático, y de hacerles esclavos de esa confusión construyendo sobre su individualismo una prisión para su mente. Que, como toda prisión, desquicia al cautivo, siendo en este caso es la sociedad española.

Pero vamos paso a paso, ¿qué es eso del principio de individuación y de individualidad? Se trata de una distinción clásica en la concepción del ser humano que, desde Aristóteles hasta Kant, pasando por Santo Tomas, Francisco Suárez y sobre todo Leibniz, la filosofía y sociología han tratado como las dos vertientes que componen la conciencia existencial de toda persona. El principio de individuación no es otra cosa que el hecho de que la naturaleza, la especie, produce individuos, seres humanos. Y el principio de individualidad consiste en que, sobre esos individuos, la sociedad produce individualidades, es decir, seres singulares con diferentes personalidades. Estas dos perspectivas de la existencia humana no son excluyentes sino complementarias, pero jamás sinónimas. Resulta curioso entonces que la RAE trate ambos conceptos como equivalentes, sin que lo sean en absoluto. Tal es así, que la psicología analítica desde Carl Gustav Jung expone que lo individual corresponde en exclusiva al carácter propio de uno mismo, cuya conciencia fundamenta el individualismo. Mientras que por el contrario la individuación se corresponde con el carácter de la sociedad. Es el principio sobre el que se asienta el sentido de pertenencia a un grupo, a una colectividad de individuos, y fundamenta la conciencia del grupo como sociedad.

¿Y que tiene esto que ver con la crisis política y social actual? Pues nada más y nada menos que el hecho de que esta dualidad conceptual del ser humano es el fundamento de toda acción política. Siendo la conciencia como individuo el pilar sobre el que se asienta cualquier acción política colectiva. Pues la conciencia individualista se centra únicamente en aquello que afecta en exclusiva a uno mismo, mientras que la conciencia individuista contempla aquello que afecta a uno por que afecta también a todos. Sin esta ultima concepción de pertenencia a un colectivo, es imposible que ninguna sociedad o pueblo (demos) pueda ejercer fuerza (Kratos) o control sobre el gobernante. En otras palabas para que exista un sujeto político capaz de actuar colectivamente, una democracia, primero dicho sujeto tiene que tener conciencia de su existencia, y esta conciencia tiene como fundamento el principio de individuación, la conciencia de pertenencia a un todo mas allá de la peculiaridad de uno mismo. Cuando esta conciencia se manifiesta en la capacidad del grupo para darse sus propias leyes, es cuando un pueblo posee libertad política colectiva, primer y único fundamento de la verdadera democracia, esa que a día de hoy en España ni está, ni se la espera.

Solo un iluso puede esperar que a día de hoy se constituya en España un auténtico régimen democrático. Y la razón es muy sencilla, éste solo puede devenir de la acción de la ciudadanía para forzar a la clase dirigente a realizar un cambio en el modelo institucional, mediante la no participación en la farsa electoral, desproveyendo así al Estado de partidos de toda legitimidad. Pero para que dicha acción sea realizable, primero debe existir un sujeto político capaz de ejecutarla y sin el sentido de cada individuo de pertenencia a un todo, a un colectivo, a una nación, es imposible que prospere acción política alguna para alcanzar la libertad política colectiva. Y esta ha sido exactamente la principal preocupación de toda la clase política desde 1978, hacer creer a los españoles, que el fundamento de la democracia no es su fuerza como colectivo, como suma de individuos, sino el acuerdo, el pacto, el consenso para la convivencia de la suma de sus individualidades, de sus ideologías, de sus creencias… ¿Con que fin? Con el fin de repartirse el poder del Estado.

Hacer creer a los españoles que a la muerte del dictador vino la democracia, presentando como su fundamento el principio de individualidad, ha provocado que los españoles confundan lo que es un régimen democrático con un régimen de libertades; Lo que es un régimen de poder basado en la representación política y la separación de poderes (libertades colectivas) con un conjunto de facultades o derechos reconocidos para el individuo (libertades individuales). Y así a día de hoy un español cree que la democracia es poder decir lo que quiera, poder ir donde quiera, hacer lo que quiera y votar al partido que quiera. Se presenta a la democracia como una potenciación exponencial de las tesis individualistas del liberalismo. Substituyendo la conciencia colectiva por la adscripción ideológica, la libertad de pensamiento por la identificación de consignas. ¿Y todo esto para qué? Sencillamente porque bajo este prisma todo colectivo o grupo posee una perspectiva sobre la realidad dictada y difundida por la clase dirigente.

¿Y todo esto para qué? Sencillamente porque bajo este prisma todo colectivo o sociedad no es más que una amalgama de individuos aislados por sus posicionamientos, ideologías, creencias u opiniones, es decir, por sus características individuales. De este modo todo ciudadano se preocupa únicamente de su perspectiva sobre la realidad, perspectiva que además viene dictada en forma de consigna ideológica por un partido o asociación a la que se adscribe según su opinión o educación. Lo cual no sería un problema si estas organizaciones fueran civiles, es decir, no percibieran subvenciones estatales y en consecuencia no fueran lo que son hoy, herencia directa del totalitarismo en forma de órganos del Estado. Que en conjunto constituyen lo que mal llamado en España democracia, no es otra cosa que una oligarquía de partidos o partitocracia.

Y mientras los ciudadanos se pasan el día debatiendo sobre los huesos de Franco, la manada, el feminismo, la cuestión catalana, el reconocimiento de la pluralidad sexual, la religión, la inmigración… Se olvidan de que todo ese esfuerzo es estéril, porque todas esas causas nobles carecen de la facultad para traducirse en leyes, dado que no tienen representante político que defienda sus intereses y los de su comunidad, distrito o vecindad al que pertenecen.

Esto ya no solo es terrible por la constante y profunda animadversión que se genera entre los ciudadanos en base a sus opiniones personales. Sino que ha generado un sentido de ciudadano individual que perpetuamente está coaccionado a mostrar a los demás cuan singular y característico es. Esto sumado al estallido de las redes sociales como modelo relacional se ha traducido en una competitividad identitaria que, sobre todo entre los más jóvenes, está produciendo un caos existencial cuyo precio es ya no solo el individualismo, sino la atomización y el aislamiento de cada individuo en la concepción que tiene de sí mismo. O, mejor dicho, de quien quiere o cree ser.

Y donde más hondo han calado estos disvalores de la socialdemocracia es en el progresismo intelectual español. Pues este se cimienta en actuar en todo a la inversa de como actuaron los regímenes totalitarios del s. XX. La ley del péndulo se ha transformado para estos grupos en norma de conducta, y así se presenta como sinónimo de libertad la facultad individual de decidir su realidad bajo la tesis de que “como mi vida es mía y soy libre para vivirla como me plazca, yo decido quien soy y que quiero hacer”. Pero el problema es que ambas cosas no se deciden, se descubren. Si yo decido todo sobre mi, no estoy siendo quien soy, sino quien querría ser. Estoy proyectando sobre mi persona un ideal identitario que puede no corresponderse con mi naturaleza. De eso escribía Calderón en La vida es Sueño o La hija del Aire; uno tiene el libre albedrio para decidir su comportamiento, pero sus emociones, su manera de tomar los asuntos, aquello que surge en nuestro interior ante un rechazo, una traición, el deseo o el amor ni lo dicta un dios ni lo decidimos nosotros, sino nuestros genes y nuestro carácter. No obstante, ese carácter no impone nuestro modo de vivir ni nuestra acción, ahí está la verdadera facultad del individuo para decidir, en su comportamiento, no en su naturaleza, no en su esencia intrínseca a su identidad. Pues esta no es susceptible de ser modificada a voluntad.

Del mismo modo que el hecho de sentir ira no nos obliga ni justifica el ser violentos, actuar violentamente no nos convierte en iracundos. Quizás sí a ojos de los demás, pero no transforma nuestra naturaleza. Además de lo terriblemente insano que resulta para uno mismo, ya que implica identificarse con algo que uno no es, solo por un ideal que nos resulta atractivo. Como cuando un homosexual se casaba y aspiraba al ideal católico de familia negando sus instintos y su identidad sexual, u hoy un heterosexual practica la bisexualidad o un monógamo el poliamor para sentirse más progresista y liberado de las convenciones sociales, que según el progresismo socialdemócrata han sido construidas por la religión o el totalitarismo. Y ciertamente algunas pueden serlo, pero otras no y negarlas supone negar parte de lo que somos como individuos para considerarnos de nuevo aquello que otros desean que seamos. Pues lo realmente terrible de creer que nuestro yo puede construirse desde un punto de vista ideológico, imponiéndonos a nosotros mismos un comportamiento por lo atractivo o socialmente adecuado que nos parezca, es que ese punto de vista a menudo se fabrica fuera de nosotros y nos convierte bajo otro paradigma en esclavos.

La potenciación del individualismo por parte del progresismo ha llevado a mi generación a creer que la identidad del individuo, su conciencia individual, se construye completamente. Lo que implica negar sus rasgos característicos naturales, los cuales realmente solo puede aprender a manejar, no construir. Por ejemplo, cuando un esgrimista recibe su primer tocado en un asalto, su instinto le dicta apartarse y protegerse, solo mediante el entrenamiento aprende a responder a un ataque con una parada. Su sorpresa será la misma en su primer asalto que en su primera final olímpica, pero su reacción será distinta. Porque no puede decidir ser agresivo o defensivo, asustadizo o tímido, pero si aprender a responder a esos estímulos de acuerdo a lo que más le conviene. Así en la vida no podemos decidir nuestro carácter, pero si controlar nuestras reacciones, es decir, aprender a manejar nuestras emociones y en consecuencia ser emocionalmente más inteligentes. Este es el verdadero pilar sobre el que se asienta la auténtica personalidad del individuo, cualidad por la que se han destacado todos los hombres y mujeres de la historia dignos de admiración.

En definitiva, ya no solo se trata de que el individualismo genera una constante división social y atomización de los individuos, que impide la cohesión social para actuar contra el Estado de partidos. Sino que este aislamiento se reproduce en una construcción de la identidad sobre consignas y posicionamientos ideológicos dados. Cuyos efectos son idénticos a cualquier proceso de manipulación de masas, la confusión. No saber discernir entre el respeto y la popularidad, el deseo y la querencia o el amor, lo tangible y lo intangible, los hechos de los actos, la libertad de la igualdad, lo verdadero de lo falso.

Razón por la cual, se hace cada vez más necesario esgrimir el sentido común, atender a las leyes naturales que gobiernan el mundo, huir de las urbes artificiales y volver la mirada al ámbito rural. No en vano y ante la frivolidad y superficialidad de la burguesía y aristocracia de las monarquías de Luis XIV y XV, Montesquieu expone en El espíritu de las leyes como el hombre en estado de naturaleza es infinitamente más sabio y verdadero en su pensamiento que el urbanita mas instruido en una sociedad regida por leyes falsas. Así se explica que en las pasadas elecciones toda una comunidad rural como la de Benizar y los pueblos colindantes, tomaran la decisión de que ni un solo habitante participaría de unos comicios electorales que no surten efecto alguno sobre sus vidas. Pues no se les habilita la posibilidad de elegir a nadie, tan solo de votar a una u otra lista de personas, de las que no saben nada, que viven en una ciudad en la que ellos no están, ni hace nada por ellos.

Por todo lo expuesto, no puedo sino decir que mientras todo ciudadano que desee decidir sobre las leyes que imponen su modo de vivir, siga abrazando las ideas del progresismo socialdemócrata, se hará imposible llegar a la democracia. O, en otras palabras, que para llevar a cabo una revolución política se hace necesaria una renovación cultural. Se hace imprescindible de una vez superar el franquismo. Porque todo movimiento político o cultural que hoy en día se considera de izquierdas o progresista, tiene como fundamento el antifranquismo. Todo su pensamiento y su acción se dirigen como una revancha contra Franco. Y con todo ello no hacen más que inyectar sangre joven a esta monarquía vieja, caduca establecida por Franco. Actuando como si estuviera vivo no son otra cosa que la representación del franquismo, pues actúan para fastidiar a Franco, sin pensamiento de futuro ninguno. Todo el que hoy triunfa es porque quiere hacer lo contrario que hizo franco, viven pendientes de Franco, para hacer lo contrario que él. Como Franco era centralista, propugnan el Estado de las autonomías que no ha generado más que ruina y corrupción. Como Franco prohibía el uso de toda lengua regional, se prioriza la llamada “inmersión lingüística” y se tilda de conservador a todo el que defiende el español del mismo modo que cualquier lengua regional. Como Franco prohibía la homosexualidad y defendía el modelo familiar de la iglesia católica, Madrid se proclama capital homosexual, y hay quien llega a defender que la heterosexualidad no es más que un invento de la sociedad conservadora capitalista para generar trabajadores, como si el joven español medio de hoy fuera minero o jornalero en vez de un hedonista mimado más pendiente de dominar un videojuego que de conocerse a sí mismo y saber que quiere hacer con su vida… ¿Debemos soportar que Franco condicione la vida de los españoles para cien años? ¿Qué es esto? Acabemos ya con ese tema, hay otros temas más importantes que el franquismo, como la libertad política que el pueblo español no ha conocido jamás.

Ya está bien de vivir a través de las consignas de los partidos y los medios de comunicación del Estado. De ser siervos voluntarios de esta oligarquía de partidos que no hacen más que exprimir al pueblo y pelearse por las mejores poltronas. Ya es suficiente que la oligarquía financiera y las grandes corporaciones mercantiles se aproveche de nosotros, pero es intolerable que además sean quien nos manden, dictando las leyes que redacta el ejecutivo a través de un falso parlamento. Es ahora cuando llamo a cada lector a tomar conciencia de quien es, a verse como individuo en un pueblo sometido, que se encadena al golpe de cada papeleta sobre una urna de plástico. Y a pesar de lo incomprendida e infructuosa que pueda aparentar su acción individual de no participar en unos falsos comicios, el hecho de tomar dignidad como parte de un colectivo es el primer paso para construir la libertad política de toda una nación. Pues tan enterrada está en la mentira y frivolidad que gobierna este país, que al invocarla nos respondería como Lear diciéndonos “habéis hecho mal en arrancarme de la tumba. Tú eres un ser de la bienaventuranza; pero yo estoy atado a una rueda de fuego, y mis propias lagrimas me escaldan como plomo fundido”.

Así pues, como individuos no podemos seguir abstrayéndonos de vivir en una sociedad gobernada por falsas ideas de prêt à porter, por más acento que pongamos en nuestra individualidad. Seamos bienaventurados y empecemos por salvarnos a nosotros mismos no participando de una mentira. Pues, aunque algo sea arriesgado o suponga incomprensión, si somos sabedores de la verdad no podemos permitir que las dificultades sean un condicionante de nuestra libertad. Tal como escribió Calderón de la Barca:

“Porque el hado más esquivo,

la inclinación más violenta,

o el planeta más impío,

solo al albedrio inclinan,

no fuerzan al albedrio”

Si no tomamos conciencia de quienes somos como colectivo, jamás podremos vivir nuestra autentica individualidad. Pues sin la fuerza de todos como individuos, jamás seremos lo que nacimos para ser, libres e independientes.

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