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TRIBUNA

Volver a las estrellas

Miguel Ángel Gómez
lunes 30 de septiembre de 2019, 20:28h

Mientras tomo un café antes de ir al cine, ese milagro que nos permite desconectar de la realidad, radiantes de vida, leo unos versos de Tess Gallagher de El puente que cruza la luna, de un poema del mismo nombre: “Si me quedo mucho rato junto al río / en noches de luna, / no creáis que mi atención obedece / a lo meramente estético, / aunque / eso salve a la luz del día”. A veces cuando estoy quedándome medio dormido me aterra pensar que somos fantasmas con un despacho privado del tamaño de la Tierra, subiendo por escaleras de agua, haciendo subidas imaginarias, caídas vertiginosas, no descubriendo nada de los secretos mejor guardados del universo y volviéndonos ásperamente los unos contra los otros. Pasadas las cuatro de la tarde, dejo para más adelante It, basada en la novela de Stephen King, cuyo presente siempre le fecunda y alimenta, para ver en Cinesa Bahía de Santander Ad Astra, la última película de James Gray a quien conocía ya por Two Lovers y El sueño de Ellis, de una oscuridad suprema.

El carácter eterno de la lucha espacial viene a mis adentros con Brad Pitt, quien interpreta a Roy, un astronauta que bien podría haber sido un guerrero, un poeta maldito, o un filósofo al que le hubiera gustado la arquitectura y la música. Se nos habla desde un comienzo de su padre, el astronauta más famoso de todas las épocas, Clifford McBride (Tommy Lee Jones). La vida inteligente sabemos que no la podemos encontrar ¿o quizá sí? Clifford viaja durante décadas decidido a vivir la experiencia en cuanto se cruce en su camino. Todos somos exploradores pero cada viaje varía extraordinariamente según el individuo. En Ad Astra se nos trae un futuro amplio en el que puedes comprar un billete para ir a la Luna bebiendo de su belleza hasta los posos, pero se ha convertido en una atracción para los turistas que ni brillan ni resplandecen ante ese hecho. Se nos dice que pertenecemos a la soledad y reflexiono y pienso que viajo en pos de lo irreal, de lo maravilloso. Tengo sed de peligro, de heroísmo. Supongo que no exagero si digo que quiero dar cuanto tengo. Garabateo, buscando el recogimiento, una prosa surrealista: Las pesadillas se meten en demasiadas honduras y me paso la noche en vela, Maestra de Obras. El amor, en la tierra salvaje, te hace sentir inmediatamente descubierto. Escribo sobre cuatro volúmenes que he leído. Oh, bailamos juntos y me llevaste de la mano para vivir en cualquier plano. Y sacar el mejor partido de él. Confieso que la Manzana de Adán siente la necesidad de volver a redactar la historia. Dijiste que tu inglés era impecable, sin el menor resto de acento, dijiste que tenías una paciencia interminable. ¿Quién puede acabar con la alegría?

Quedo preso en Ad Astra de misiones hacia un mundo que no sé si podré alcanzar con los brazos abiertos. Qué compacto. Qué breve. Qué provisional. Qué amenazado. Hay giros en la película que nos permiten flotar hasta la unidad. Al verla me sentí como una figura derrotada, trágica, de uno de los dramas de Chéjov. Es como un libro de ensayo, una cosa de pensar, y hay que abrirlo por el párrafo acertado siendo capaces de salirnos de las tragedias y la crueldad de la vida diaria. Todo está afuera. Adentro está la sensación de culpa, remordimiento o arrepentimiento.

Al llegar a casa me pongo a revisionar una película (probablemente lo he hecho más de una decena de veces) de un director que siempre me deja una expresión de deleite en mi rostro y nunca me traiciona (2001: una Odisea del espacio, de Stanley Kubrick). Recuerdo unas palabras del propio James Gray sobre el de Reino Unido: “Kubrick ya habla de extraterrestres, ¿son buenos o malos? Queríamos hacer lo contrario y decir: No hay nada ahí fuera, los seres humanos son todo lo que tenemos. No busques dioses falsos. Pequeños hombres verdes no vendrán aquí para salvarnos”. Brad Pitt, entre los papeles y la celebridad. La madurez del que se contenta con vivir y gozar, el pelo caótico, como una obra de fantasía. 55 años de visión deslumbrante de la verdad. 55 años despertando la conciencia de su poder para ofrecer o negar. Quiero una larga perorata de Brad Pitt, quiero que me diga las cosas más ciertas y profundas que haya oído. Me da la impresión de que posee una gran experiencia. Brad Pitt, fumador de marihuana que entra en el mundo lleno de esperanzas, la entrevista con el vampiro que es tiempo y es pasado. Va Brad Pitt tan devastador como las guerras mundiales, con su cadena de entrelazamientos. ¿Estoy contento mientras me fijo en las estrellas tan heladas como un daguerrotipo? La película aunque con fisuras, brilla con el deseo de crear algo nuevo. Como dice Amos Oz: “Cuando no estoy de acuerdo conmigo mismo y escucho diferentes voces en mí, entonces estoy cerca de comenzar una novela”. Escucho diferentes voces estando a la deriva en el espacio, viendo odio y piratas espaciales que son un peligro para el amor y partes profundas (que se someten a las inevitables repeticiones).

Ya es de noche cuando termino estas líneas y me siento Roy McBride en una patriótica misión y me imagino así muchos buenos inicios para mis libros ahora que publico mi primer diario, acogedor y atractivo. Me viene a la memoria una lectura reciente de Henry Miller: “En el mundo de la mente, las ideas son los elementos indestructibles que forman las constelaciones engalanadas de la vida interior”. Me deja muy buen sabor de boca penetrar en la ilusión de un mundo que ofrece experiencias traumáticas, miedo, dudas, ansiedad, debilidad al envolverte con niebla.

La película de James Gray defrauda a todos menos a mí. Vamos a verla, ven conmigo esta vez, mi amor, responde a mi imaginación con la tuya, los besos por sí solos no bastan.

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