www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

El puñetazo al estómago de David Wallace-Wells

Diego Medrano
x
diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 01 de octubre de 2019, 21:13h

Si el golpe hubiera sido a la cabeza perderíamos el equilibrio y morderíamos el polvo, aturdidos, en sueño de siglos; al haber sido al estómago, andamos sonados con el libro todavía a cuestas. David Wallace-Wells es periodista neoyorquino, lírico y barroco, graduado por la Universidad de Brown, adjunto a la revista New York Magazine, mucho antes en The Paris Revieu, Wired, Harper´s o The Guardian. Sus artículos son híbridos entre cultura y ciencia, especialista en cambio climático, prosa veloz y con la temperatura y ritmo del peor martillo. Llega a las librerías su gran artefacto: El planeta inhóspito (Debate). The Guardian lo tuvo claro: “Un libro que define una época”. The New York Times, en la pluma de Farhad Manjoo, no titubeó: “El libro más espeluznante que he leído jamás”. David Sexton (Evening Standard) no se quedó atrás: “Si tienes que escoger un libro de no ficción para este año, escoge este”. Mucho más que cambio climático.

Wallace-Wells, a nivel inicial, analiza todas las descompensaciones habidas y por haber respecto a cambio climático (incendios, huracanes, sequías, inundaciones, etc) pero tras esa primera mitad del libro entra de lleno en lo espeluznante, lo que será la vida en el planeta para millones de personas sin posible vuelta atrás: hambrunas, plagas, aire irrespirable, migraciones masivas, colapso económico, conflictos armados globales. Su caleidoscopio tiene todas las luces, las mejores informaciones, jamás es sectario ni monocorde, y su crudeza no es otra que nuestro fracaso al tratar los bienes disponibles. Pensamos el planeta como una herencia que recibimos de nuestros padres cuando es un préstamo con respecto a hijos y futuras generaciones. Subestimamos la vida humana dentro del mismo, cuando no tenemos otro, y de fallar éste el infierno estaría aquí. Nuestro mundo se rebela: no va a sobrevivir mucho más tiempo cautivo y esclavo de una humanidad que lo maltrata y aniquila.

La violencia de El planeta inhóspito es la trituración que hace Wallace-Wells del mito de la lentitud: despacio, despacio, el planeta se acaba, pero eso no lo verán nuestros ojos. Pues sí, amigos, sí lo verán, la crisis del mundo natural será envolvente a la humana, la naturaleza desprotegida debido al crecimiento económico continuado y sus combustiones fósiles, unidas a la tecnología desabrida y desbridada, sin una espera posible en su hambre, acabarán con la vida humana tal y como la conocemos, al aire libre y al natural. No es posible volver atrás, dicen las doscientas cincuenta páginas de El planeta inhóspito, la catástrofe en veinte años será peor, la normalidad es imposible, otro mundo imparable llegará para quedarse, imponiéndose, feroz y vengativo con respecto a pasadas revoluciones industriales, combustiones a toda mecha, efectos invernaderos, gases y más gases volcados desde la II Guerra Mundial en completa barra libre que ahora estallarán con nosotros dentro y sin la menor clemencia. No, aunque bajemos el cisco, no es posible que la temperatura del brasero merme, esto ya no lo soluciona nadie.

El quid del libro de Wallace-Wells no es otro que el calor: elemento primero del caos, emblema absoluto de su ebullición, origen de futuras hambrunas, deshielos, desastres e incendios inagotables. Los océanos, repletos de ácido, subirán y subirán, sin vida posible en su seno. Las inundaciones se repetirán con la fuerza y periodicidad de las mejores plagas, muchos muertos bajo sus olas mayores. El aire, irrespirable, se colará por todos los agujeros: superaremos, con pánico, a los diez mil tíos que mueren anualmente por esta causa. El clima dificultará transacciones económicas y financieras. “Ningún humano ha vivido jamás en un planeta tan caliente”, repite David Wallace-Wells como mantra primario. Llegará la vida extraterrestre, sí, que no será otra que la de aquellos que no soportaron el clima donde vivían y tuvieron que meterse en aparatos para sobrevivir, según la paradoja de Fermi. El progreso será regreso, cada generación vivirá peor que la anterior, nuestro enemigo es quien nos antecede y ellos son –por vez primera- quienes nos colocan la bomba con el relojito entre peto y espaldar, dándonos un beso de buenas noches.

¿Hambrunas? Claro. Sobra comida hoy pero será devastada por el calor en sus plantas elementales, en el carbono adicional de una atmósfera que no se libra de él, en hojas y raíces tóxicas cuyo fin es producir hongos y enfermedades. David Wallace-Wells nos saca los coloretes sin despeinarse: “”Desde siempre, los hijos privilegiados del Occidente industrializado se han burlado de las predicciones de Thomas Malthus, el economista británico que pensaba que el crecimiento económico a largo plazo era imposible, pues cada cosecha excepcionalmente copiosa o cada episodio de crecimiento acabaría teniendo como resultado un aumento del número de niños que la consumirían o lo absorberían; y, en consecuencia, el tamaño de cualquier población, incluida la del planeta en su conjunto, era un contrapeso para el bienestar material”. El cuento se acaba. Adiós, Mundo. Subamos a la nave industrial preparados para comer jamón con las antenas y beber vino con sabor a delicioso lingote de amonio.

Diego Medrano

Escritor

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
0 comentarios