La anarquía española
sábado 09 de agosto de 2008, 21:24h
Confieso que no vi la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín. Nada sé, por tanto, de los juegos de luces, del espectáculo de colores y formas, de las coreografías imposibles, de la sublime escenografía que ha maravillado a todo el planeta. No seré yo, pues, la que discuta aquello que el mundo ya ha juzgado como la más excelsa apertura de unos Juegos Olímpicos.
Sin embargo, he de reconocer que me cuesta mucho apreciar en las imágenes de la ceremonia que han copado los informativos de televisión esa emoción que ha dejado sin palabras a la gente. Para ser sinceros, el sentimiento que despierta en mí la visión de todos esos cuerpos perfectamente acoplados y sincronizados es de cierta angustia, cuando no directamente grima. Mi cerebro es incapaz de disfrutar de la fiesta sin preguntarse las horas de trabajo que hay detrás de la puesta en escena. Los chinos llevan años preparando este momento y ningún detalle ha sido dejado al azar, todo está calculado al milímetro. Desde hace meses, vemos en las noticias cómo las autoridades chinas adoctrinan a sus habitantes para ser los perfectos aficionados, los animadores ideales. La alegría espontánea que debería despertar el evento no es para el Gobierno chino sino una pose que debe ser ensayada hasta la saciedad, hasta convertirla en el trampantojo de una felicidad desnaturalizada.
En 2005, el presidente de China, Hu Jintao, anunció que el propósito del Partido Comunista era alcanzar una “sociedad armónica”. De hecho, la palabra armonía es una de las más repetidas por el Gobierno chino. Efectivamente, si por armonía entendemos proporción y equilibrio, la ceremonia de apertura fue el ejemplo más paradigmático de las pretensiones del PCC. No obstante, las imágenes del viernes me sugieren otra acepción del término, según la cual la armonía es equiparable a la uniformidad y el orden. Eso es lo único que mis ojos son capaces de distinguir entre los fuegos artificiales de Pekín: la homogeneidad social impuesta por un Gobierno que aspira a controlar todos los aspectos de la vida pública de sus súbditos (puesto que no se trata de ciudadanos), desde las páginas de Internet hasta la celebración de un gol.
Felipe González dijo una vez que él prefería “morir apuñalado en el metro de Nueva York, que de aburrimiento en Moscú”. Aunque suene un poco fuerte, lo que el ex presidente quería decir es que es mejor asumir los riesgos que entraña la libertad que vivir bajo la seguridad del yugo totalitario.
Cuando el viernes le tocó el turno de desfilar a la delegación española, los organizadores chinos vieron peligrar la perfección de su gala de apertura. El equipo español se salió del guión marcado y paseó de forma anárquica e irreverente, incapaz de contener un júbilo instintivo. Fue lo único que me hizo sonreír de la ceremonia. Entonces, me acordé de Felipe. Pensé en China, en su diabólico crecimiento económico, miré el fastuoso espectáculo y me dije: “bendita crisis”.