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TRIBUNA

Enfriamiento global

jueves 03 de octubre de 2019, 20:13h

Es muy probable que se acuse de catastrofista a quien manifiesta un grave pesimismo en relación al mundo actual y que se busquen intereses oscuros tras un diagnóstico semejante. ¿Qué se dirá si el pesimismo raya con la desesperación? Sin pretensión de exhaustividad y carente de toda visión geopolítica, me basta con señalar las más visibles noticias en la prensa diaria: el presidente de los EE. UU, que ha puesto límite al proceso de globalización levantando sus fronteras comerciales, toma partido indudablemente por el Estado que gobierna. Hoy se enfrenta a un proceso de destitución que contradice – una vez más – la voz del electorado. Por su parte, la salida del Reino Unido de la Unión Europea tiene el valor de una anteposición de los propios intereses británicos a los de Europa, una Europa que ocupa, desde hace más de un siglo, un lugar secundario y subordinado en el mundo y cuya unidad no ha encontrado otro fundamento que la desnuda economía. La respuesta china a la multiplicación de los aranceles en Estados Unidos ha de ser muy matizada, dada la balanza comercial, pero puede parecer paradójico que China resulte ahora el paladín del intercambio, del humanismo abstracto y de un planeta abierto al género humano. Ese Imperio del Centro de tan prolongada tradición de hermetismo y clausura se presenta ahora como república cosmopolita y empresa universal.

Por otra parte, frente al proceder de Obama y Clinton, el gobierno de los Estados Unidos parece haber distendido un ápice la tensión con Rusia, aunque está lejos de poder considerarse una situación apacible. Ucrania y Crimea no han desaparecido del foco, aunque el silencio de los medios parece haberlos hecho desaparecer. Y la guerra en Siria, en el hervidero de Oriente Próximo, cuyo final se anunciaba cercano, se prolonga indefinidamente. Pero esa situación superficial y sumariamente apuntada es el fenómeno aparente bajo el que el forzado crecimiento económico parece haber llegado a su extenuación. Parece agotarse un crecimiento incesante que se ha llevado por delante formas de vida en común, principios de acción y relación milenarios, estructuras constitutivas de la condición humana… hasta arrojar un mundo inhabitable, no sólo por la huella ecológica del crecimiento infinito, sino también por la desolación, que ha producido sobre la vida humana una epidemia de soledad y hastío cuya profundidad apenas hemos empezado a medir.

Masas de población, que basculan a toda velocidad de la angustia de una escasez inducida a un consumo insensato, se encuentran, hoy como nunca antes, enteramente desamparadas y a la deriva. A merced de una visión del mundo que los condena a la atomización y al hastío en nombre de la libertad. Se extiende un manto de desconfianza agresiva en las sociedades “más desarrolladas”, a las que tratan de incorporarse muchedumbres de individuos fascinados por el espectáculo degradante del consumo lúdico-libidinal; a la vez que empujados por la aniquilación de sus tradicionales formas de vida. Cruzan mares y desiertos para alcanzar las costas de un paraíso artificial que los acoge con una desconfianza creciente y un temor inocultable a su número. Las áreas maltusianas del mundo, ricas en medios y ayunas de fines, reciben al excedente de población de continentes arrasados pero abundantes en vidas humanas. También en relación a estos movimientos de masas asistimos a un prodigioso experimento de ingeniería social.

La opinión es en Europa de una ceguera nerviosa, empeñada en no ver que han desaparecido las condiciones que garantizaron durante las últimas décadas una vida vacía, pero saturada de bienes insustanciales y placeres intrascendentes. Estamos fuera de tiempo, el final fue ayer y el presente es únicamente una breve prolongación inercial que ha de conducir a un estado frío, entrópico, final. Ese estado de ruina, que se manifiesta en el terreno económico-político con creciente evidencia, ha alcanzado hace tiempo también el sustrato antropológico de la vida humana sobre el que se ciernen ingenieros genéticos y tecnólogos de la identidad.

El mundo de nueva planta, ofrecido como habitación luminosa e higiénica al hombre nuevo, se muestra como un paraíso fármaco-pornográfico de individuos incomunicados y peligrosos que sobrellevan sus desvanecidas y fantasmales existencias en un paisaje de cenizas y desastres. Dibujado este panorama, es evidente que no evitaré la acusación de catastrofista y sus consecuencias – hay quien dice que la melancolía es reaccionaria –, aunque añada que todavía encuentro en el perímetro acosado de mi piel y en el círculo cálido de mi casa un fundamento para la restauración. Las hojas caen de nuevo este incipiente otoño y tras el frío del invierno… ¿podremos todavía esperar la primavera?

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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