Ya de nuevo en el café Charlotte espero, sin un abismo bajo mis pies, a que pase Susan Sarandon mientras escribo El libro del conocimiento, pero no aparece. Espero luego a Stefan Zweig, cuando todavía hay tiempo para pensar en mi artículo, pero inmediatamente digo adiós a mi plan de que surja de la nada y hable conmigo Día y Noche hasta llegar a enseñarme la perfección en la escritura. A la espera de tal plenitud entro en el diario-blog de José Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956), escritor conocido por sus libros de relatos y de haikus. Abro a continuación A punto de ver (Polibea), su última novedad, que se inicia con una nota de autor: “Advierto aquí del doble contenido. Junto al centenar de haikus, escrito durante casi un lustro, hasta finales de 2018, conviven las piezas breves aforísticas integradas en el epílogo Anotaciones”. Lo hojeo, lo releo y veo que llega a los reflejos de sí mismo, ante espejos múltiples, el núcleo del yo en el que se alojan las alegrías y el dolor. Descripciones de ambientes que se nos vuelven tranquilizadores. Cuando no escribe haikus, José Luis Morante hace ediciones críticas como si todo viniera de una combustión interna. En este libro el lector busca la magia que se queda con nosotros para que la examinemos durante semanas. Trata de conquistarnos con el cultivo del lenguaje: “Qué perezosas / las huellas en el barro; / siguen ahí”, nos dice en “Pisadas”. Se dirige a sí mismo, tiene el presentimiento de que el viaje siempre es bueno para no meterse en complicaciones. Su mirada es como la del argonauta encerrado que vive y respira por las arenas del tiempo.
El haiku. El encontronazo con el haiku. Los haikus escritos espaciadamente. La sencillez parece ofrecer solución a las dificultades de la propia vida. Cada composición de José Luis Morante tiene una coloración, una gracia, una entrega, una inercia que le ata. Le gustan las greguerías de Gómez de la Serna, le gustan Nietzsche, Ortega, Schopenhauer y Juan Ramón Jiménez. En este último encontró alojamiento de lujo que le llevó a reunir, de entre su prosa, una selección titulada Aforismos e ideas líricas. No importa dónde descubramos los haikus, si murmuran inmediatos. En la brevedad encuentra nuestro autor un horizonte distinto al filo de una sierra y somete sus escritos a exámenes tensos que lanzan chispas. El haiku en los últimos años ha conseguido el respaldo que necesitaba.
En las palabras preliminares, otra gran escritora de haikus, Susana Benet, dice insistente y minuciosa: “José Luis Morante posee el arte de sugerir. Conoce bien el haiku y sus misterios. Muestra su realidad con breves destellos como el brillo de la lombriz en el surco removido, tal como revela su haiku “Tierra húmeda”, uno de sus mejores logros: Húmedo brilla / el surco removido: / una lombriz”. Avisa Susana Benet al lector de la incertidumbre que está a punto de verse y late antes de la última parte dedicada a los aforismos metaliterarios que no cesan de murmurar sin incongruencias.
A punto de ver utiliza palabras como “invisible”. Quiere Morante risa, y alegrías sencillas. “Quien siente una arbitraria mutilación del paisaje cuando cierra los ojos, se mira hacia adentro”, nos dice tratando de soñar muchos días seguidos reteniendo lo que alivia. El haiku “Ancianos en el parque”: “Fuera de sitio, / como viejos cacharros / en el trastero” da por descontado que el tiempo influye en nosotros. El volumen está lleno de espléndidos versos en los que el escritor es como un detective, quien no ha ido perdiendo con los años su lucha por expresarse bien al ver iluminarse valles y ríos que no pudo ver en otras noches anteriores. El paso del tiempo no destruye la fe en la buena literatura.
Dentro del propio yo, José Luis Morante consigue que la escritura simbólica y el lenguaje estilizado no impidan la comunicación humana. “Ubicación” es el título que escoge para otro de sus haikus, el que dice con aire de Li Po: “Entre dos luces. / Y mantiene su sitio / mansa la luna”. Los haikus de A punto de ver se caracterizan por hablar de las sombras que nos son conocidas y parecen acercarnos más a la tierra (por ejemplo “En la sombra”: “Ecos profundos. / El pozo cava fondo. / El niño duerme”; o “Los otros”: “Manos de sombra / en las casas vacías / fingen caricias”). Casi todas las tardes hay un mundo que permanece abierto sin miramos con la atención suficiente. André Gide dijo una vez: “Los personajes de Dostoievski están movidos fundamentalmente por orgullo o por falta de orgullo”. Los personajes aquí están movidos por pisadas que llevan a una sala con cientos de espejos y sillas de terciopelo rojo, despertares que poseen poderes auténticos, palomas bebiendo humo en chimeneas apartadizas.
José Luis Morante depura, quizá, soles entre la niebla. Tiene mucho talento este autor que regresa. Nos trae anotaciones con sentimientos reales y sinceros sin sensación de exageración. Llega un momento en que uno se da cuenta de que “el haiku teje en silencio, sin dogmas”. Es curioso cómo el amor puede hacer que estén “absortas las agujas. / Lentas. Sin tiempo”. “Dar aliento al atajo, esa comunicación directa entre poema y receptor que cultiva la empatía y el afán de compartir”. La empatía tiene buena materia prima. Uno de los fragmentos que escribió Francisco Umbral sobre Lorca: “Hubo un momento en que el piano estuvo a punto de devorar a Federico García Lorca, que necesitaba irse a Nueva York para hacer astillas todos los pianos de la poesía, de la canción, de la copla, dándonos así una poesía hecha de cosas rotas”. José Luis Morante necesita andar feliz siendo el viajero que descarga su mochila “de lo innecesario”, precisa del espíritu oriental y del sosiego budista que da interés a cualquier situación, le hace falta ir por Marrakech como un nadador cargado de sonambulismo porque sigue siendo el chico que está sin un rasguño en el refugio de la literatura.