La sentencia del procés va a provocar de forma inminente una respuesta ciudadana en Cataluña, un suponer. Y el Ministerio de Interior va a enviar a sus legionarios, a los que no piensa pagar un plus de peligrosidad, una retribución extra que llaman de “territorialidad”, pero que unos dicen que sí se la merecen y otros que no. La cosa es que el consejero catalán de Interior, Miquel Buch, ha nombrado a un nuevo jefe de los Mossos, el comisario Eduard Sallent, de meteórica carrera partidario de la independencia y responsable del área de Inteligencia de la Comisaría General de Información. No sabemos quién es más procesista, si Trapero o Sallent, pero sabemos que el major es del agrado de Quim Torra.
Sallent ha estado al frente del llamado dispositivo Minerva, que así han bautizado la estrategia para afrontar el lío que se va a preparar cuando el Tribunal Supremo dicte sentencia contra los doce apóstoles del referéndum y la declaración ilegal de independencia, que andan rezando el rosario entre rejas. En todo caso, el independentismo seguirá siendo el pasatiempo favorito de aquellos que conocen suficientemente que la mejor manera de ganarse el peculio en la región catalana es la agitación civil, empezando por el president Torra, que ha amenazado con “pasar a la desobediencia institucional” porque él está muy bien en su papel de ultra: no podría vivir de otra cosa. Y la tentación de controlar a los Mossos d’Esquadra recomendando pasividad es demasiado grande, pues ya nos desayunamos con las protestas del president Joaquim, que se define como un “independiente emocional”, ante las cargas que ya han llevado a cabo los Mossos contra los CDR más violentos. Mientras, el jefe del cuerpo anterior, Josep Lluís Trapero, se enfrenta a un juicio por rebelión –la fiscalía pide para él una pena de 11 años de prisión e inhabilitación–, Sallent se enfrenta a una rebelión con escaso juicio.
A los tumultos que preparan la ANC, Òmnium Cultural y los CDR bajo el lema “Marcha por la libertad”, se suma ahora una plataforma, Tsunami Democràtic, que propone “generar una situación de crisis generalizada en el Estado español y que se prolongará en el tiempo”. Se prepara una gran asonada y en la Policía y la Guardia Civil se comenta que se van a tener que emplear a fondo. Durante la celebración de la Diada, en Barcelona, las hordas “indepes” increparon a las periodistas Laura Mesa, de TVE, y Laila Jiménez, de Telecinco. Fueron insultadas, zarandeadas y amenazadas. Todo está grabado, no hay ningún detenido: impunidad absoluta. Pues bien, la manifestación convocada está prevista con sus tres días y sus tres noches, y cabe preguntarse quién paga esta fiesta: van 160 millones de euros gastados solo en propaganda independentista desde 2012. Porque lo honesto es tener un padrino financista que te regale un colapso de autopistas y carreteras.
Los furibundos autodeterminantes se enfrentarán, pues, a los tres cuerpos, que son peritos en antidisturbios y en aguantar las verbalizaciones y salivazos del personal, que duda entre dar rienda suelta a su ira o reprimirla, como antes se les reprimía el sexo a los españoles. Torra ha tenido a gala ser procesista desde su más tierna infancia, y el que no lo era, se lo inventaba. Están hartos de españolismo, del Cid, Hernán Cortés, Cervantes, Lope y Quevedo, porque ellos son más de Lo somni, de Bernat Metge; Roís de Corella, y El llibre de les dones de Jaume Roig. O sea, que si en Cataluña ahora mismo no eres un escritor “indepe”, dicen que eres un fascista y te aniquilan profesionalmente, en una hipocresía a la inversa cuya intolerancia es tan hiperbólica como la que supuestamente dicen denunciar entre llantos y cócteles molotov.
Ahora que ha muerto Pepe Oneto en un hospital guipuzcoano, somos todos un poco más huérfanos transicionales y ya no nos peinaremos más el flequillo noticiero, ni a las derechas, ni a las izquierdas. El maestro ya no podrá ver el gran show post-sentencia del procés… pero nos barruntamos que va a ser cosa fina. Hará falta mucho distanciamiento brechtiano, en cualquier caso, para sobrellevar, una vez más, la gimnasia incesante de los cachorros de Pujol. Que es como una jaqueca, pero en versión tsunami.
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