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TRIBUNA

La otra belleza

miércoles 09 de octubre de 2019, 20:14h

Vivimos en una cultura y en una época tan inmensamente rica en basura como en tesoros y eso nos crea serios problemas de convivencia. La violencia se está apoderando de la belleza, de ahí que lo mismo se roba un retablo del siglo XII que se utiliza un sarcófago egipcio a modo de cubo de basura. Es este momento, sin duda, una especie de canto del cisne, aunque para su tranquilidad les diré que mi reflexión lo es desde un punto de vista alegórico.

Lo que no es una fábula es la sensación de inquietud reinante. No me negarán ustedes que aunque a los españoles nos vaya la marcha, cierto es que andamos cansados de tanto aquelarre político; de manera que he optado por refugiarme en la belleza. Para la ocasión he dejado de ver televisión. Ni tan siquiera los documentales de la 2, algo que coexistía con mi afición, pero últimamente no salen más que hienas y buitres leonados provocando en mí una dicotomía difícil de superar, tanto es así que en mis desvelos nocturnos me ocurre lo que al protagonista infantil de la película “El sexto sentido” lo único que en vez de ver muertos, veo políticos. Por eso la belleza siempre es una solución tan recurrente como puede serlo el propóleo para cosa de resfriados.

Y se preguntarán ustedes por el mérito que tiene mi artículo de hoy. Razones no les faltan, sin embargo parte de esta respuesta radica en la importancia de estar vivo para poder ser útil a quienes más lo necesiten. A partir de ahí cobra especial relevancia la belleza en cada una de las manifestaciones que hacen posible que las cosas sucedan. Ray Bradbury decía que para él cada nuevo día era como si al levantarse de la cama pisara una mina, siendo él la propia mina. “Después de la explosión, me paso el resto del día juntando los pedazos” –remataba el símil. He ahí la importancia que tenemos sobre nosotros mismos a la hora de elaborar una performance cada vez que el sol descorre las cortinas de nuestros sueños.

Por belleza debemos entender aquello que nos rodea e incluso de lo que cabe esperar de nuestra voluntad en regalar a los demás. La belleza bien puede estar escenificada rescatando la dignidad arrebatada o en recuperar el arte del respeto bien entendido. Porque el arte, en cada una de sus diferentes expresiones se representa por el nexo de aquellos que tuvieron decencia a la hora de crear sus obras más seductoras. Hoy es idéntica la manera de conseguirlo siempre que el individuo actúe con la exigencia de los capaces en el buen hacer.

La belleza es pasar lista de lo que aún nos queda por recuperar: humildad, honradez, moralidad, justicia. Ya sé que además de este reproche también está lo atractivo en la contemplación de lo magnífico, sin menosprecio respecto de la propia degustación de lo efímero, pero sabido es de aquello que no siendo imperecedero el tiempo cincela la hermosura exterior hasta otoñar nuestras mejores galas. Lo bello, lo esplendoroso, siempre estará asociado al arte, sin embargo, el poder de la generosidad también irá unido al ser humano como algo indisoluble, sin olvidar que de esta sólida fusión nace la armonía entre iguales.

Aunque no lo parezca es la concordancia de actos la vía que nos conduce a la igualdad de oportunidades. No la progresía de salón, tan de moda hoy en día, sino la que se genera a través de un bien común siempre que ello sea tratado por personas de gran preparación intelectual e intachable cordura. Por difícil que parezca hay hombres y mujeres de objetividad bien administrada capaces de regir nuestros destinos sin necesidad de estar en manos de esa clase política compuesta de haraganes y nada ilustrados.

Ya sé que con este breve tratado acerca de la belleza he podido maniatar las expectativas de mi público lector, sin embargo no me negarán que he sido más benevolente a la hora de resaltar el esplendor de lo sublime para convertir lo fastuoso en algo más terrenal, menos excelso, más pensando en los desajustes de un mundo sobrado de egoísmo y a su vez falto de humanidad.

La cuestión es alejarnos de lo impuro, de lo injusto, de lo contaminante, acercándonos a nuestra silente condición de seres racionales nacidos para la ocasión y que desaprovechamos por falta de estímulo deliberado. En estos momentos tan delicados como los que rodean a la especie humana se precisa contemplar la belleza desde una perspectiva diferente, quizás convirtiendo nuestro propio yo en una mejor lealtad hacia los que esperan de nosotros algo más que el envoltorio de nuestros desperdicios.

En resumen, este es un homenaje a la otra belleza, la orientada hacia el que nada tiene y que además sonríe como balsámico ejemplo. Es la belleza de quienes esperan sin saber hacer otra cosa que sobrevivir porque para ellos cada nuevo día es un despertar a la contemplación del olvido incurable que les profesamos.

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