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Ensayo

Rafael Abella: La España falangista

domingo 13 de octubre de 2019, 18:45h
Rafael Abella: La España falangista

Edición de David Pallol. Arzalia Ediciones. Madrid, 2019. 415 páginas. 21,95 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

Pese a haber nacido en la España que muestran estas páginas, o quizá precisamente por eso, no ha dejado de sorprenderme el impacto que La España falangista. Un país en blanco y negro. 1939-1953 causa, se tengan o no recuerdos de esas primeras décadas tras la Guerra Civil. Y uno se pregunta cómo los españoles hemos sobrevivido a las consecuencias de todo aquello; no solo ya, en la primera posguerra, a la represión, purgas, falta de libertades, hambre, miedos, etc., sino también a ese ambiente cerrado, zafio, triste, amoral, desesperanzado y de una pobreza cultural asfixiante, que se mantuvo los siguientes años y que luchaba como podía por abrir alguna rendija. Y nos llega tan directamente porque, como dice en el prólogo Carlos Abella -quien, por su parte, tuvo un papel activo desde la UCD en la construcción de una España reconciliada-, estas páginas han surgido de la “experiencia personal e íntima” del tiempo que le tocó vivir a su padre, el historiador Rafael Abella Bermejo (Barcelona, 1917- 2008). En 1978, Abella publicó Por el Imperio hacia Dios. Crónica de una posguerra, que consiguió un éxito inmediato; ya tenía en su haber La vida cotidiana bajo el régimen de Franco, que se completaba en dos tomos, uno primero dedicado a la zona nacional (1973) y un segundo a la zona republicana (1976); y otros mucho entre los que destacan Anécdotas para después de una guerra, 1939-1957 (2002) y Los años del No-Do (2008). Por el Imperio hacia Dios inauguró la tan exitosa colección “Espejo de España”, que contó con títulos como Casi mis memorias del falangista “virado” Dionisio Ridruejo; Mis conversaciones con Franco, de Franco Salgado-Araujo, teniente general del ejército en la dictadura; En busca de José Antonio, de Ian Gibson; o La oposición democrática al franquismo, de Javier Tusell, libros que abrieron ciertas rendijas en los secretos y el oscurantismo característicos de la dictadura franquista. Rafael Abella fue también colaborador en revistas especializadas y en diarios como Historia 16, Historia y Vida, Destino, La Vanguardia o Blanco y Negro; así como en la radio -RNE y Onda Cero-.

El presente volumen, preparado por David Pallol, es una composición de varios de los trabajos de Rafael Abella, refundiéndolos y evitando repeticiones. Con él -dice Pallol-, ha pretendido dejar a un lado el revisionismo “peleón y de brocha gorda” que se ha instalado hoy día, y con el que se falta “al respeto a miles de españoles” que sufrieron resignados lo indecible y que, pese a ello, superaron las adversidades levantando el país de paso, “no por cuestión de orgullo patrio, sino de supervivencia. Pura y dura”. Y también con él, vuelve a estar en primera fila el trabajo de uno de los principales historiadores de un periodo del que aún parece complicado hablar a las claras. “Hablando de memoria histórica -afirma Pallol-, Abella debe mantenerse siempre vivo en ella como referente imprescindible”.

El volumen se abre con una cita del parte que Radio Nacional emitió el 1 abril de 1939, primer día del “Año de la Victoria”, que ordenaba de forma directa: “Todas las noches, a las once, los españoles escucharán, brazo en alto, las consignas, la voz de mando y el himno nacional”. Realmente, la cita sobrecoge. Esta obligación de incondicionalidad al régimen hasta en el encierro y soledad del hogar fue la que se impuso tras la guerra; procedimiento más propio de totalitarismos populistas o comunistas -los de derechas digamos que se conforman con el aniquilamiento del enemigo y la total represión de cualquier disidencia-, quizá porque en esos primeros momentos se les permitió más protagonismo a los falangistas, que creían necesaria una “revolución” total que admitía pocos matices. El nuevo estado necesitaba una ideología, y del falangismo -dejándolo en un cascarón vacío, utilizando solo su parafernalia e instalando un conservadurismo radical, contrario en muchos casos al extremismo radical de Falange- se sirvió Franco para conformar lo que se llamaría el “Movimiento nacional”, cuya “ambición histórica” era “hacer de España el Imperio de cruces y de espadas que le marca un destino inexorable”. Con sus puntos programáticos y con “la base del más autoritario ‘ordeno y mando’, España iba consolidando su estructura externa con arreglo al modelo totalitario más aparente”. El ejército era el garante del sistema, junto a la instauración del “nacional-catolicismo”, que implicaba la injerencia del Estado en la Iglesia y viceversa, y que reguló y controló tanto a nivel público como privado, hasta límites insospechados e incluso tristemente irrisorios, todos los aspectos de la vida.

Justo se acaba de estrenar estos días el último filme de Amenábar, Mientras dure la guerra, que nos coloca a las puertas de esa España que dejó tan bien retratada Rafael Abella. La película recrea la posición de Miguel de Unamuno en esos primeros meses de 1936, su conflicto interior y su cambio de posición -al hilo del desarrollo de los acontecimientos-, desde su apoyo inicial y la utilización que los golpistas hicieron de su figura por su prestigio, hasta el conocido momento de su enfrentamiento con Millán Astray en la Universidad de Salamanca, que al grito de “¡Mueran los intelectuales!” cortaba el “venceréis pero no convenceréis” de un indignado, desengañado y furioso Unamuno. Y lo saco a colación porque la imagen que se ofrece del futuro dictador me parece bastante certera -frío y sibilino, sin otra preocupación y objetivo que el del control total del poder, “Franquito, cuquito”, se decía de él-, y es precisamente la que refleja La España falangista.

Abella es, como apunta Pallol, “descarnado y sincero”, pero con una “retranca de fondo” que concuerda con la de su contemporáneo el genial Antonio Fraguas, Forges. Pero también es rigurosamente minucioso, no dejando ningún aspecto, público o privado, sin tocar, hasta dejar sin aliento al lector: la organización del Estado, las tensiones de poder internas, la doctrina, la represión, las cárceles y campos de trabajo, la resistencia, la política exterior, el expolio, la propaganda, la religión, el hambre, el estraperlo, las cartillas de racionamiento, las restricciones, las plagas, la situación de los niños, el oscurantismo, la obsesión judeo-masónica, la justicia, los maquis, los bandoleros, la guerrilla urbana, trabajos, salarios, emigración, la enseñanza, todas las facetas de la cultura, moda y espectáculos, la moral pública y privada, prostitución y sexo, la radio, el cine, el fútbol, las quinielas, los toros, etc., etc., etc.

Durante muchos años se nos negó el derecho a la información y a la política, se tergiversó la historia, se nos aisló y se nos trató como a menores sin criterio propio, como a personas que debíamos ser “salvadas” de nosotras mismas y del mundo exterior; por eso son tan preciadas unas páginas que nos devuelven parte de lo robado.

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