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TRIBUNA

La farola y la Luna

domingo 13 de octubre de 2019, 20:06h

Desde el 12 de octubre hasta el 10 de noviembre España entra en trance. Los españoles debemos disciplinar nuestras emociones y guiar nuestro discernimiento. Todo está en juego, nada es seguro. Comenzamos con la celebración de la Fiesta nacional que, espoleando las fuerzas genuinas de España, ha elevado el entusiasmo patriótico a pesar de una impertinente farola en Chamartín y de un fatídico penalti en el último minuto contra Noruega. Tenemos por delante pruebas decisivas y exigentes que nos interpelarán y obligarán a plantearnos nuestro pasado, presente y futuro como nación y como españoles.

Inminente la publicación oficial de la sentencia sobre las ilegalidades sucedidas en Cataluña (la oficiosa y vergonzosa ya se ha producido por medios de comunicación sin prestigio e ignorantes de su misión). Como la tradición es algo que forma parte de nosotros sin la cual no seríamos lo que somos, el fallo judicial es fiel a aquella: los ataques al orden constitucional constituyen rebelión si proceden del Ejército y son meras alteraciones del orden público si sus autores son civiles. Próxima también la exhumación de Franco. Según el Gobierno, absoluta prioridad para la democracia y la libertad en España, de ahí que Sánchez muestre más contundencia y rigor ante el Prior y los familiares del enterrado que ante Torra y sus correligionarios cuando atacan a esas mismas democracia y libertad. Además, para las nuevas generaciones siempre resultará más formativo y aleccionador conocer la perversión del franquismo que el terrorismo de ETA y la cómplice equidistancia de sus protectores.

Y tras ambos episodios, de consecuencias convulsas en la ya crispada opinión pública española, el primero, por enfrentar a España y a la antiEspaña, el segundo, por revivir las dos Españas, desembocaremos en la jornada electoral del 10 de noviembre, en donde se decidirá nuestro gobierno durante los próximos cuatro años. Toda una atmósfera propicia al desquiciamiento, por odio y por revancha, que dificultará emitir un voto sereno y sosegado. Sin olvidar que se cierne amenazante una nueva recesión económica, precisamente, cuando gobiernan quienes siempre demostraron ser afamados especialistas en desembarazarse de ellas, unas veces negándolas, otras ignorándolas, pero, en todo caso, agravando sus letales efectos para el bolsillo de los ciudadanos.

La mayor deslealtad contra el constitucionalismo no es pactar la unanimidad en una sentencia que rebaja la gravedad de los hechos. La verdadera infamia es diluir el compromiso con la Transición y la concordia nacional. Hartos de tanta inoperancia y bisoñez en la clase dirigente, sentimos nostalgia de aquellos políticos que supieron pactar y gobernar en aras del bien común para no volver al enfrentamiento civil. En Raíz y decoro de España, se queja Gregorio Marañón de la insensibilidad de algunos espíritus tanto sabios como iletrados ante la inexorable repetición de la historia. Por eso, cuando nos toca vivir algún período turbulento, igual a cualquiera de los anteriores, nos sentimos tan lejos de su sentido y de su realidad histórica como si estuvieran ocurriendo en la Luna. Pero somos nosotros los que estamos en la Luna.

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