Vengo de ver la película sobre Miguel de Unamuno de Amenábar. Culebrazo de látigo como el vesperal fue don Miguel. Como los caballos salvajes. Nadie le cosió jamás la boca. Y es que Unamuno se ha vuelto a poner de moda. La moda es toda esa revisión a una vida, a los huesos húmeros, a toda una soledad removida en tumulto. Unamuno ha vuelto a recoger el instante del tumulto, el tumulto de esta España nuestra que, según leo en don Miguel y en aquellos periódicos en los que escribía Ortega -por ejemplo, este mismo El Imparcial-, tornará a ser el mismo de todos los siempres.
A mí me produce ya fatiga, pensamiento envuelto en pavesas y este pozo que me traslada con los ojos cerrados a este arcaísmo que se esparce brumando esta técnica que se abalanza sin pudor sobre la naturaleza del alma española.
La mitología política en este país de múltiples sociedades nerviosas será vez tras vez el mismo mito imborrable de los viejos libros. España es una democracia para los cerdos, que somos todos y todas. Ortega decía que España a cada momento de las diferentes épocas se sostendría por miedo al cambio definitivo en una democracia morbosa. La democracia española es, sigue siendo y será, únicamente perturbación de las distintas razas que somos, estas divinidades de las otredades impostadas, religión y todo ese olor a mierda de nuestra larga Historia tan pésimamente narrada y barajada como naipe en póquer.
Continuando con Ortega -reconozco que soy un orteguiano, pues a él acudo cuando me duelen los dos testículos, siempre el derecho más que el izquierdo-, la vida psíquica, la vida de la conciencia española, se traduce en constantes movimientos. Tal es nuestra amargura. De este movimiento nos viene el absoluto y eterno problematismo de las diferentes patrias que, enfrentadas como una guarrería descendiente, cada una de ellas desea alcanzar la higiene pura, plenaria, definitiva. Pero no. España es el problema. Ya digo que lo dijo Ortega. Leo en mi edición de Taurus -obras completas 2004- que, para aquel deportista de la vida política de todas las Españas que fuimos y que somos, existen dos formas de patriotismo: “es una, mirar la patria como la condensación del pasado y como el conjunto de las cosas gratas que el presente de la tierra en que nacemos nos ofrece. Las glorias más o menos legendarias de nuestra raza en tiempos pretéritos, la belleza del cielo, el garbo de las mujeres, la chispa de los hombres que hallamos en torno nuestro, la densidad transparente de los vinos jerezanos, la ubérrima florescencia de las huertas levantinas, la capacidad de hacer milagros insita en el pilar de la Virgen aragonesa, etc. etc.”
Creo que no hay ni habrá nadie más preclaro que Ortega para ojear y llevar a los papeles esta dualidad de la España atrincherrada por una vaquilla, tal y como lo llevó al cine el gran Berlanga. En resumen, ocurre que seguimos hoy por hoy padeciendo este patriotismo dinámico que, tal como insinuó Gabriel Alomar, siempre se trata de un patriotismo futurista a garrotazos familiares y de una vulgaridad que nos avergüenza -Goya- contra ese otro patriotismo quietista y erótico o de carne que copula. Y así nos vamos dando cuenta -yo por lo menos- que el verdadero patriotismo es atrozmente sólo una crítica de la tierra de los padres, pero a la vez construcción de la tierra de los hijos. Debemos saber muy bien por qué razón follamos y para quién o para quiénes.
No de forma trivial -aunque a ustedes, señores y señoritas catedráticos y con el cincel de gran pensamiento no lo hayan percatado: o eso creo- España es una organización en donde el amor y el odio están constantemente echándose la siesta de toda virología inmanente, mientras, sabiéndolo -que es lo que por lo menos a mí más me jode-, continuamos sin adivinar que España continúa, como siempre lo ha estado, afectada por una enfermedad de contagio para la que no existen fármacos ni presentes ni futuros. España es peligrosa alucinación, lentitud táctica, dolor de todos los dolores y amarga de genética amargura.
España es la vida en torno a España, esto es, un acto de eterna zozobra. España amputada, biológicamente ideologizada, trozo de grandes muertes diarias y un héroe que por lo normal acaba siendo apuñalado. Ya lo dijo Quevedo: “España: yo, pajas.”
Y es que vamos de golpe a golpe, de golpe en golpe, de chiste bergantón, de cobardes que gozan con la angustia de la España que calla. A España se la maneja -no me digan lo contrario que me enfurruño- a base de los titulares de los telediarios. Coexiste, así pues, este gran crimen social que se ejerce desde todos los altos poderes y que arrastra a esta política menina en que nos hemos, mejor, nos han convertido.
De esta forma, créanlo, se parquea esta obra completa que es el españolismo último y verdad. España cada amanecer ametralla a la otra España, la del silencio y la silenciada. Para ello bastan 6.666 soldados que están condecorados por hacer bravuconerías con este analfabetismo que nos viene de la legión tebana. Tebas sigue mordiendo el coño de toda ética que pudo ser revolucionaria, pero que va muriendo, como el color azul del Graco, porque nuestro país, tiempo tras tiempo, reverdece en la muerte, novio legionario, invasión de crueles politicismos y el vino falso y mal escrito de la Biblia estrictamente ibérica, pene de Dalí y tragedia de puteoritas.
Es entonces cuando salen de sus sepulcros los herejes veraniscos y un loco -siempre el loco- que se empeña desde su gregarismo insistir en reeditar más y más guerras civiles en los campos de Salamanca, donde don Miguel de Unamuno sigue subiendo al Gólgota entre la niebla y con el paraguas abierto como su voz y sus propias contradicciones.
España es arcano admirable y espantoso de la existencia universal cada vez -siglo a siglo- que suena el trágico soñador del hastío.
Hasta la República de Azaña reprimió en Casas Viejas al anarquismo de los primeros hombres del mundo, por poner un ejemplo.
La finalidad última de toda forma de poder en este país es inyectar con palabras escondidas en la fortaleza de nuestra infamia el más ancestral dominio espiritual alrededor de un concepto ya desaparecido a mi entender: la españolidad.
Españolidad -lo saben ustedes porque la practican- ya únicamente es violencia. La violencia de la existencia catorce.
España: yo, pajas.