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Barcelona: más hilo y carrete a la cometa

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 18 de octubre de 2019, 19:32h

En las próximas horas se prevé el mayor infierno para Barcelona. Lo dijo, varias veces, don Ramón María del Valle-Inclán: “De buenos propósitos está el infierno empedrado”. Cinco mil radicales están perfectamente identificados pero no detenidos, son los que gallean, seguidos de dos o tres mil palmeros, en la hostilidad más agresiva (“¡Aquí con nuestros huevos por delante!”) y en espera de un número sin precisar de gamberros venidos de Francia e Italia, alertados por el caladero de redes sociales y prensa internacional. La batalla se espera campal, sangrienta, sórdida y siniestra. El Gobierno en Madrid mira desde la lejanía, Torra alienta con una mano y con la otra frena, Puigdemont come palomitas mientras asiste divertido al ferial.

Todos, absolutamente todos los presidentes españoles dieron carrete e hilo al fantasma del independentismo durante cuarenta años, siempre por lo mismo, un puñado de votos. Cuarenta años así. Nadie se entera de la mayor: rota la unidad nacional caerá todo lo demás, la Monarquía, las Cortes, el Congreso de los Diputados, la Constitución y cualquier mínimo y garantista Estado de Derecho. Todo han sido parches, pañitos calientes, pomada y vaselina, ante un problema que solo puede resolverse con autoridad. ¿Qué más precisa el Estado para aplicar ya el artículo 155? La respuesta es breve y terrible: muertos. Con los primeros muertos no les quedará más remedio, a pesar de lo iracundo del campo de batalla actual, la sociedad civil pidiendo a los terroristas que no ardan más calles, enfrentándose a los encapuchados, ante la impunidad de todos ellos.

Se blindan los principales monumentos –Sagrada Familia-, las empresas aplazan su producción –fábricas que en un día dejan de construir tres mil automóviles-, todo lo cultural baja al cincuenta por ciento en ventas por ventanilla y los restaurantes –además de una merma igual o superior- se enfrentan a cuantiosos daños en reparaciones y mobiliario. Se mandan más lecheras, más efectivos, pero por la otra parte, en las próximas horas, desembarcarán en la Ciudad Condal las horcas caudinas al completo. La Policía Nacional ya se encuentra desbordada y piden lo legítimo, la entrada del Ejército, porque la presencia militar está más que justificada. No se garantiza la vida humana en calles ni plazas ni soportales ni lugares públicos. El Rey debe ponerse ya el traje de Capitán General y ordenar, sin dilación, la entrada de tanques en plena subversión.

Somos la atención y hazmerreír de media Europa, mientras América nos toma a chufla, y para Asia o China esto es una fiesta flamenca añadida donde solo falta Lola Flores. Por abajo, lo que es la calle, puede reestablecerse el orden manu militiari. Por arriba, a nivel político, hasta la encarcelación de Torra y Puigdemont todo es perder el tiempo. Una vez llevadas a término ambas direcciones, desde la paz y política, puede plantearse lo que se quiera menos embelecos en pleno desierto, apariciones provocadas por la falta de agua o alimentos primarios, una República de nada en el país del viento moruno. Sin unidad nacional no hay democracia. Nadie puede chantajear al país, a la nación, sin sufrir todo el peso de la Ley sobre su arrogancia. La no amputación inmediata del tumor intoxicará al resto del organismo con peligro inmediato de su propia vida.

Habrá quien utilice el contencioso actual para hacer negocio en su propia huerta, cambalaches varios a cambio de votos, campaña electoral a costa de lo que sea, pero España está muy por encima de tales miserias. Autoridad, autoridad y autoridad pueden resolver la situación donde, con los primeros muertos, algunos pedirán otra Guerra Civil. Los tiempos largos dentro de la inacción y el paréntesis permiten tales barbaridades. Nadie actúa, se programan acciones frente a las ofensivas descritas, pero lo que cuenta es la iniciativa, en vía muerta, siempre en posición de contrarréplica, todo absurdo.

España no se merece lo que le están haciendo un puñado de miserables en Cataluña. El entrenador Guardiola habla de “deriva autoritaria” y no se da cuenta que los primeros intransigentes son ellos. La paz está amenazada, la paz está comprometida, la paz peligra en Cataluña y, solo el Estado de Derecho, solo la Justicia en sus más altos Tribunales, debe poner fin a esta agonía. Hemos puesto la primera mejilla, la segunda mejilla, hemos doblado la rodilla, y solo nos queda esperar en el suelo la estocada final. La situación no puede continuar y la contienda bélica debe solucionarse aplicando el botón indicado: 155. Lo contrario será buscar la muerte, libre dentro de la actual violencia desatada, desbridada y desabrida, hambrienta de las primeras víctimas, irracional siempre, desafiante y retadora. Los disturbios requieren ipso facto la magnanimidad y limpieza de la Ley.

Diego Medrano

Escritor

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