La publicación de la sentencia del procés ha abierto las verdaderas cloacas del periodismo, esas de las que no habla David Jiménez en su libro. De ahí salen los Escolar y las Fallarás para sentar cátedra y reprender a los magistrados, mientras que Antonio Maestre reparte carnés de buenos demócratas desde una equidistancia impostada. Los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen.
Menos ruido hacemos quienes admitimos nuestra ignorancia en estas cuestiones y confiamos en que la Justicia española se encarga de dar a cada uno lo suyo; quienes creemos en el principio romano que reza: dura lex, sed lex. Para un servidor, la cuestión de Estado es que Pep Guardiola, intelectual de cabecera del independentismo, ha hablado de “una afrenta directa a los derechos humanos” y de “una deriva autoritaria” del Gobierno de España.
Poco sabemos del pensamiento sistematizado del filósofo del balompié. Más allá de que no se le conocen más de dos o tres lecturas, gasta modales británicos y posee una elocuencia solo equiparable a su ingente compromiso con los derechos humanos: “¿Mourinho? El puto amo”. “¿Ganar al Real Madrid? Me da morbo”. Y, personalmente, mi favorita: “Yo no soy psicólogo. Soy un tío que jugó al fútbol y sólo tengo el título de entrenador y la selectividad”. Qué mejor exponente del cruyffismo con lazo indepe.
Algo más sabemos de su rudimentario modus operandi: filosofa de cuando en cuando, defeca sobre la democracia española y mea colonia. Y no son pocos quienes abren la boca ante la micción del mesías de Sampedor; quienes ansían ser ungidos en esa agua bautismal que concede la superioridad moral para poder denunciar al dictatorial Estado español mientras se predican las virtudes de regímenes criminales.
“España, siéntate y habla”, ordena la cabeza más lúcida -y despoblada- del prusés. Guardiola habla con autoridad entre el mundo indepe; con autoridad y, sobre todo, con desvergüenza; la desvergüenza de quien cobra 18 millones anuales de un jeque de los Emiratos Árabes Unidos -dueño del Manchester City-, un país tan lleno de libertades que encarcela a los críticos con el régimen, detiene a los homosexuales y prohíbe los sindicatos. Su silencio ante estos abusos desmonta su compromiso con los derechos humanos y le retrata como un auténtico aprovechado; un judas que, por treinta monedas de plata, es capaz de expresar devoción por el régimen de los ayatolás. Y, si se pone -esto, gratis-, te emociona con una sentida loa a la gestión política de Jordi Pujol. Qué piquito de oro.
Guardiola pastorea y el rebaño le sigue. Ahí tienen a Xavi Hernández, compatriota en el exilio. Desde que probó la ‘Eau de Pep’, se ve preparado para enseñarnos al resto de españoles en qué consiste la democracia; que viene ser algo así como votar de blanco y casual en una urna o -en su defecto- en una papelera de reciclaje. Igual te da lecciones democráticas que te convence de las virtudes del régimen catarí, una monarquía autoritaria que -según él- “funciona mejor que España”. Xavi ignora -porque de lo contrario deberíamos concluir que es un miserable- que el código penal catarí castiga con pena de muerte a “cualquier persona que intente derrocar el régimen del país” -artículo 130-.
Los malpensados dirán que esa defensa a ultranza de Catar tiene que ver con que exmediocentro blaugrana es embajador del mundial 2022 que se celebra en el país. Un mundial que pasará a la historia del fútbol por la sospecha de amaño en la concesión, así como por la muerte de 1.400 trabajadores -esclavos- en la construcción y acondicionamiento de estadios. En cuanto se entere, seguro que expresa su vergonya a través de Instagram.
Paco González, en un brillante discurso, ha llamado “lamejeques” a Guardiola y Hernández. A falta de un mejor apodo, me acuerdo de Marshall McLuhan y su frase célebre: “La indignación es la estrategia del imbécil para parecer digno”. Pues eso, amics.