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Metro de Madrid (1919-2019) y Gregorio León

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 25 de octubre de 2019, 20:12h

Lo cantó Leopoldo María Panero al comienzo de ese cuento espléndido que es Paradiso o “Le Revenant”: “Amaba al Metro más que a una mujer: sus laberintos, sus encrucijadas, sus dobleces, sus sorpresas, el jeroglífico de sus flechas, el misterio de sus hombres, la infinita aventura de vivir siempre la otra vida: amaba al Metro más que a toda mujer. Era algo así como el “juego de la oca”, Le noble jeu de l´oie, en aquella edición antigua que me regalara mi madre, tan improbable, tan lejana ya, tan insultada y violada por el tiempo: pero había días en que Havre-Caumartin era la cárcel, o el pozo en que se está tres jugadas, otras en que Étoile-Nation era un puente para ir más lejos, más lejos”. Leopoldo María Panero (juntos firmamos Los héroes inútiles y Juanito Casamayor le contrató los Cuentos completos gracia a mí) habla del Metro de París, del azar subterráneo o pegajoso en París, pero Madrid es igual y Gregorio León homenajea al Metro en novela que es mucho más que un piropo fácil: Estación Sol (Algaida).

León (Murcia, 1971) es periodista en su localidad natal y mucha de su obra se cuenta por premios, lo que no es poco: Murciélagos en un burdel (Premio Ciudad de Badajoz), El pensamiento de los ahorcados (Premio Diputación de Córdoba), Balada de perros muertos (Premio Valencia de Novela), El último secreto de Frida K. (Premio Alarcos), etc. Su poética la ha repetido con la puntería del obseso: “Siempre busco cuando escribo una historia fácil de leer pero difícil de olvidar” (muchos quieren hacer justo lo contrario, escribir difícil para después morirse de hambre, porque los libros se olvidan sin venderse, lo que es doble condena). Cree en el mandamiento supremo de Billy Wilder: “No aburrirás”. Nadie como Gregorio León, hasta la fecha, había contado en una ficción la historia del Metropolitano madrileño, tan dado a la fantasía, tan popular y desbocado, corcel de hierro por encima de todas las ansiedades, paz y runrún glorioso.

El ferrocarril subterráneo, áspero, cercano y lírico nace por descarte, en principio, de otros muchos: ferrocarril eléctrico, ferrocarril de vapor, etc. Nadie se creyó un tren que podría circular por debajo de una ciudad. Nace justo, paralelo, al cinematógrafo y ambos, en los inicios, despiertan miedo y requieren cierta dramaturgia, cierta conversión en espectadores teatrales. Ocho millones de pesetas fue su apuesta. La prensa auguraba el hundimiento, también lo esperaba y todos sonreían de medio lado, con la sonrisa traviesa de los muy malos: el Metro, sí, no podría soportar el peso de cuanto vivía encima, ingenieros como Carlos Mendoza sabían entonces de lo hostil y perverso que suponía trabajar en un pretendido fiasco. Su éxito, desde el primer día, fue toda una diversión, superó las peores profecías, los augurios más siniestros.

Gregorio León se bate en duelo al natural con Javier Otamendi, nieto de Miguel Otamendi, uno de los tres fundadores del Metropolitano. Va a verle a su despacho, con objeto de la novela, y le explica cómo su tío, uno de los tres fundadores del Metropolitano capitalino, fue invitado en el Palacio Real a presentar el proyecto, absorto Alfonso XIII ante todo lo que se le contaba, deseoso de sacar el millón de pesetas de faltriquera, solicito con tal de ver ya las vías, se le pasa la hora de la comida por la emoción y sus ojos, en carrusel, viven abiertos y entregados al disparate. Otamendi asiste a la inauguración del Metro en Nueva York, Carlos Mendoza descubre las bondades del tren subterráneo en París (se le hace eterno el viaje en tranvía desde Sol a Cuatro Caminos e intuye otro medio de transporte) y González Echarte, el tercero de los ingenieros, no hace sino creer cuanto le cuentan sus otros dos amigos. Tres ingenieros, sí, y un arquitecto, Antonio Palacios, llamado El Gaudí de Madrid, nacido en Galicia, autor del templete de Sol y del Palacio de Comunicaciones.

Gregorio León, pluma de viento y prodigio, homenajea al Metro en la misma medida que al Periodismo. Periodistas entre 50 y 75 pesetas al mes (los más afortunados, 250), todos extraviados en la bohemia de los cafetines de Sol (entre 65 y 100), trabajo de mula y vida alegre para soltar lastre, muchos barrenderos además de plumíferos con tal de llegar a fin de mes. Reporteros gráficos de cámaras Goerz, Nettel o Ernermann, mundo reservado a los hombres y mujeres en el medio, sí, que tenían que rebelar las fotos en los baños de los hoteles con tal de no despertar mofa. Crisis externas, crisis exteriores: ABC pierde ochenta mil pesetas en sus primeros dieciocho meses por culpa de la subida al doble del papel debido a la Gran Guerra (todos los periódicos en ese tiempo con cuatro páginas y gracias). Novela de Periodismo, en mayúsculas, y café, cucharillas de plata del Suizo, de Fornos, Jacinto Benavente en el Café Lisboa, las cupletistas en el Colonial, las putas reventonas en el Antillas, lo cantó Galdós en Fortunata y Jacinta: “El café es como una gran feria en la cual se cambian infinitos productos del pensamiento humano”. Lo cantó Unamuno en sus tristezas barbadas y capillitas húmedas: “El café ha sido la mejor universidad española en mucho tiempo”.

Gregorio León, con el Metropolitano como motivo, hace la gran novela del Madrid que lucha por sacar la cabeza del fango mefítico: ciudad de setecientos mil habitantes, los primeros automóviles circulan por la izquierda como en Inglaterra, Arturo Soria hace sus dibujitos en servilletas sin gambas para Ciudad Lineal, El Ensanche, La Guindalera, Pozo del Tío Raimundo o Cuatro Caminos. Madrid en guerra, Madrid con ecos atroces de la Revolución Rusa, Madrid de agosto de 1917 donde la Monarquía peligra porque se la comen, Madrid de huelga general y furia obrera, Madrid de putas en la calle Jardines y Peligros, Madrid del mercado de la Cebada, Madrid del desayuno con la copa de coñac (dos reales), la tacita de café (cuarenta céntimos) y chocolate con bizcochos de soletilla (una peseta). Madrid del primer dejarse ver y posar (Paseo de Recoletos) y de abrir mucho la boca en el verano para no freírse (Jardín del Buen Retiro).

El sueño llegó un 17 de julio de 1917: unos pocos locos, carretera de bueyes provista de material y sueños, descargó en la calle de Alcalá una grúa, un torniquete, cinco palas y picos. El plazo para el proyecto serían dos años y tres meses: la Compañía Metropolitana no desfalleció en sus días y afanes. Pronto, a disposición, billete de segunda clase (0,15 céntimos), de primera (0,20 céntimos) e idea y vuelta (20 en segunda, 30 en primera). El primer día de funcionamiento las taquilleras vendieron 56.220 billetes con una recaudación de 8.433 pesetas. Entren en la novela de León, pasen sin llamar, la vida de la joven fotógrafa Julia es apasionante en el periódico El Universal: con su cámara capta la imagen de Alfonso XIII mientras entra en un chalé de una mano femenina que no es la reina, Victoria Eugenia de Battenberg, sino su amante. A partir de ahí, nadie quiere publicar esa imagen, el reportaje sobre el Metro es una excusa para tapar el del Rey, no tarda en aparecer un cadáver en aquel primero y mucha pluma brillante (Blasco Ibáñez, Galdós, Eduardo Dato, etc) nos va a traer en vilo hasta el desenlace inesperado. Metro de Madrid: la oscuridad luminosa, légamo tentador.

Diego Medrano

Escritor

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